Anorexia nerviosa: obsesión mortal

Opinión por Carla Leiras.
Por o 19/09/2017 | Sección: Opinión,Opinión por Carla Leiras
Anorexia nerviosa: obsesión mortal

Opinión por Carla Leiras

Hace unos años colaboré con un grupo de apoyo para mujeres con trastornos alimentarios severos, algunas de las cuales no se encuentran entre nosotras hoy. Los mass media durante cierta época desarrollaron una fuerte campaña al respecto que mantenía a la sociedad más o menos informada sobre esta problemática, de modo que habitualmente uno sabía a dónde dirigirse al contemplar señales de alarma en su entorno, o había aprendido a analizar cuándo una conducta empezaba a parecer peligrosa.

Hoy parece que el tema ha perdido fuerza mediática y ya no se trata a menudo, no por ello habiendo desaparecido su incidencia. La presión social sobre las medidas corporales y el sacralizar un estilo concreto de cuerpo se incrementa cada día, afectando a ambos sexos, pero sobre todo calando entre las mujeres, que representan el más alto porcentaje de afectadas por patologías alimentarias.

 En el grupo que yo atendía estaban representados todos los estratos sociales: nada del cliché de chica joven post adolescente e insegura que intentaba coincidir con los cánones de su instituto: había amas de casa de media edad, empresarias de enorme éxito profesional, mujeres del mundo del escenario, o personas totalmente ajenas a un ambiente que se pudiese considerar a priori como contextualmente dirigido a imponerles un peso concreto; igualmente, todas ellas compartían unas conductas recurrentes que marcaban a fuego su día a día: el terror por la comida.

Algunas, afectadas por anorexia (“ana”, en jerga internauta) restringían al máximo las calorías ingeridas, estudiaban con cuántas mínimas se podía sobrevivir, y se informaban de una manera muy precaria y peligrosa en internet (obviamente un dieta tiene que estipularla personal especializado en nutrición y no una página web), lo que hacía que muchas se jugasen la vida o directamente la perdiesen por paros cardíacos provocados por bajones de potasio, precedidos de señales de alarma que los que frecuentábamos ese ambiente habíamos aprendido a identificar; el color blanquecino de la piel, la debilidad muscular, las llagas en los dedos en las aquejadas por bulimia (“mía”, en jerga internauta), la pérdida de pelo o las conductas erráticas en las comidas sociales: los constantes viajes al lavabo, las excusas sobre problemas estomacales…

Todas ellas tenían algo en común: el visitar la enorme lacra de las páginas web que se contaban por decenas dedicadas exclusivamente a promocionar lo que llamaban “un estilo de vida” evitando tildarlo de la gravísima enfermedad que supone. En estos sites se animaban unas a otras a “elegir su propio camino cueste lo que cueste” y veían sus éxitos sobre el control en retos alimentarios imposibles, como pasarse una semana comiendo sólo manzanas, un mes ingiriendo sesenta calorías diarias, masticar hielo picado para engañar al estómago, o incluso aconsejaban locuras como rociar la comida con laca para estropear el sabor y mantenerse lejos de ella.

Recuerdo el caso complejo de una chica muy enferma de bulimia que, preocupada por poder afectar a su embarazo, tenía un ritual alimentario de lo más siniestro: darse atracones de comida basura, “marcar” en determinado momento la ingesta con un alimento con mucho colorante (doritos, por ejemplo), para saber dónde había empezado con la comida sana y limitar las purgas sólo a la otra: cuando veían aparecer la marca naranja se frenaban, y de este modo, el resto que habían ingerido (alimentos vegetarianos y “sanos”) “se quedaban dentro para asegurar el bienestar del bebé”.

Todas estas conductas delirantes tenían lugar a buen recaudo en la intimidad de sus casas y por lo tanto, una vez salían al mundo, quitando ciertos tics muy sutiles que solo una persona muy informada podía ver, parecían personas perfectamente estándar, que bajo sus capas de ropa y maquillaje, no evidenciaban ningún problema de salud. Cuando llegaban a su hogar empezaba el calvario: los espejos tapados con cinta para no verse reflejadas, la báscula de precisión médica, las grandes purgas, los atracones por ansiedad, el esófago destrozado por los jugos estomacales, y un corazón cada vez más débil por una nutrición deficiente y errática.

A las que contaban el problema en su entorno, se las acusaba de bobas superficiales obsesionadas con su físico, cuando el trastorno poco tiene que ver con ser una persona presumida que quiere sentirse atractiva a toda costa: encierra causas mucho más profundas, entronca a menudo con gravísimos problemas de autoimagen, ansiedad y depresión, y desde luego el número de afectadas está totalmente silenciado, temiendo el “efecto contagio” al darle demasiado eco.

En este tipo de grupos podemos ver la diferencia entre la apariencia de una persona y su realidad interna. Exitosas mujeres de negocios aparentemente seguras y tranquilas que pasaban el día solo con una taza de té y un valium, y bajo sus carísimas chaquetas de Prada escondían cicatrices de las últimas lesiones autoinflingidas para calmar los brotes de ansiedad. Algunas, las que no podían evitar comidas de empresa, hasta llevaban en sus bolsos un “kit” de supervivencia: spray ocular para evitar las rojeces y lágrimas al purgarse en el lavabo del restaurante, fundas de goma o caucho para los dedos con el fin de ahorrarse las heridas en las manos y lucirlas perfectas… una verdadera locura enraizada en lo obsesivo, realidades que si uno no bucea en ese mundo no se puede ni imaginar.

Hoy, el número de adeptas a esta religión “pro ana o mía” no ha disminuido en absoluto, y estas páginas se siguen abriendo cada día pese a las denuncias, por los intentos de burlar los filtros usando eufemismos para ocultar el nombre de las enfermedades. Resulta un problema sanitario grave en nuestra sociedad, ya que la presión sigue aumentando por parte de los anunciantes, el aspecto sigue primando en ciertos mundos laborales por encima de otras cualidades, y como decía una bailarina que acudía al grupo de apoyo: “lo véis todo muy fácil, pero si yo no quepo en el traje no me dan el papel”. Había chicas que, si se “pasaban” en la ingesta corrían hasta veinte kilómetros, se exponían a sesiones maratonianas de ejercicio o simplemente pasaban a ayuno compensatorio bebiendo zumo durante días, sin ingerir nada más.

También había afectados que se pasaban a los fármacos adelgazantes, probando toda anfetamina disfrazada de medicamento que pudiese pasar por sus manos, a fin conseguir la energía que les restaba la restricción alimentaria. Estas drogas tienen efectos nocivos y en ocasiones letales, más en un organismo malnutrido. Incluso en cierto momento llegaron a desarrollar un distintivo, una especia de símbolo de comunidad que constaba de una pulsera identificativa, para reconocerse entre ellas o ellos y así saber que no “estaban solas”, además de tener un recordatorio permanente de que no podían descuidar su alimentación o sus hábitos: una especie de marca común que se componía de una serie de bolas violetas unidas por hilos, en el caso de la bulimia, y rojas, en el caso de la anorexia.

Todo esto está, aunque escondido, en realidad muy cerca de todos nosotros. Ha habido chicas que siquiera habían causado alarma remota en sus entornos, pero luego fallecieron de manera súbita, dejando patidifuso a todo el que se enterase de algo sobre su grave enfermedad secreta. Otras, fueron ingresadas de manera preventiva, haciendo pasar a su familia por calvarios como ver a sus hijas arrancarse los tubos alimentarios hasta morir de inanición.

No hay soluciones fáciles, porque el propio sistema en el que vivimos alienta estas conductas, vendiendo a las chicas jóvenes que un “cuerpo perfecto” es el que se parece a los esqueletos escuálidos que desfilan por las pasarelas, y que su felicidad depende de cuánto se parezcan a los maniquíes de las tiendas. La delgadez en nuestra cultura se asimila a la belleza, y la belleza y el dinero son dos pilares de la filosofía consumista que nos rodea.

Igualmente son trastornos que tienen que ver con la obsesión por el control, y la necesidad de sentir cierta seguridad o dominar algún aspecto de la vida diaria en existencias desordenadas o caóticas: buscar un punto de equilibrio que haga sentir a la persona que tiene cierta capacidad de elección e inflexión, en este caso sobre la apariencia de su propio cuerpo y sus conductas diarias. Es una pelea constante contra la inseguridad a la que nos vemos sometidos en todos los aspectos vitales; “al menos controlo lo que como y me acerco a cómo quiero que me vean los demás, es un inicio para conseguir otras metas”.

Desde luego hay una batería de medidas que generalmente se obvian: controlar la imagen que transmiten los anunciantes, especialmente a sus clientas más jóvenes, evitar que chicas de cuarenta kilos desfilen como reinas de la moda, asegurarse de que haya tallas realistas en las tiendas de ropa, y poner a disposición de los familiares afectados las herramientas de consulta y apoyo a las que poder acudir en caso de alarma.

Cuando uno conoce las consecuencias corporales y mentales de estas enfermedades aprende a ver con claridad las señales de que algo no va bien. A veces no hay más que mirar a las muñecas para ver la pulsera, mangas hasta media mano para tapar las autolesiones o las llagas características en los dedos índice y corazón de cada mano causadas por provocarse el vómito; la fragilidad del pelo y de las uñas, el halo lábil y los cambios drásticos de humor.

Finalmente os dejo este vídeo muy ilustrativo donde una mujer francesa cuenta su calvario diario con la enfermedad: una imagen vale más que mil palabras. Muy recomendable para entender este infierno, mal considerado por muchos como un problema meramente adolescente o estético, cuando no lo es.

¿Qué podemos hacer como sociedad para combatir esta terrible enfermedad?

Estudiar, aprender, cooperar, informar, analizar, escuchar al que tenemos enfrente, porque a veces, nos está pidiendo ayuda a gritos. Seguir las señales de peligro, prestar atención a las conductas de nuestros allegados.

Y, sobre todo, pelear por tirar abajo los muros de la dictadura de la moda, la tiranía de la publicidad y el engaño consumista que sublima ideas irreales sobre falsas necesidades o metas para construir “felicidad” que nada tienen que ver con lo que define la verdadera esencia de un ser humano.

Portavoz de la asociación foro socioeducativo Os Ninguéns. Licenciada en derecho. Diplomada en mediación educativa y como formadora didáctica. Titulada en prevención- formación sobre VIH-SIDA y detección-tratamiento de patologías adictivas-drogodependencias.

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