Corbyn, ¿la última esperanza de la socialdemocracia?

Publicado por o día 13/09/2015 na sección de Opinión,Opinión por Miguel Diéguez

Corbyn, ¿la última esperanza de la socialdemocracia?

Ayer Jeremy Corbyn, veterano parlamentario inglés de 66 años, era elegido nuevo líder del Partido Laborista. Corbyn, que ocupa el escaño del distrito londinés de Islington, el mismo que fue el hogar de Tony Blair y donde nació el Nuevo Laborismo y la Tercera Vía, ha ganado con una mayoría aplastante: 60% de los votos, 50% entre los militantes del partido y casi el 80% entre los simpatizantes que se han registrado para votar.

La victoria de Corbyn es un hecho sin precedentes en las últimas décadas en Europa. Por primera vez un partido socialdemócrata, uno de los dos pilares de los regímenes parlamentarios de Europa Occidental, es liderado por una persona que proviene de la izquierda “de calle”, de la izquierda militante, de la que no quiere repartir migajas sino repartir la tarta de otra manera.

Sin embargo, Corbyn no es el primero en representar “la nueva esperanza de la socialdemocracia”. Muchos han sido en la última década la gran esperanza de una corriente política que no acaba de morir ni de recuperarse, dubitativa entre volver a sus orígenes o tratar de crearse un nuevo espacio. Quizás el mejor ejemplo de toda Europa lo tuvimos en España con Rodríguez Zapatero, ese joven leonés que llegó a la Secretaría General del PSOE con aires de renovación, con una primera legislatura que, sin ser ninguna revolución proletaria, sí tuvo momentos muy significativos, como la aprobación del matrimonio gay.

Tras una primera legislatura aceptable, a la hora de la verdad, Zapatero se plegó al diktat del neoliberalismo que Berlín impone a sus “colonias”. Con gesto serio y pidiendo perdón por ello. Más por obligación que por convicción. Pero un despido te quita de comer, te despidan riéndose de ti o con una palmada de ánimo en el hombro.

Zapatero no ha sido la “última esperanza blanca”. Tras la victoria de Hollande en Francia, El País sacaba pecho: “la socialdemocracia ha vuelto, aquí estamos para reconquistar Europa”. Y el líder de los socialistas franceses comenzó fuerte, con subidas de impuestos a los ricos. Pero poco le duró. La gran esperanza de Europa, el hombre que iba a plantarle cara a la Alemania de Merkel, tardó poco también en entrar por el aro del neoliberalismo.

Tales fueron los fracasos de las grandes esperanzas de recuperación de la socialdemocracia, que los últimos aspirantes, a nivel europeo y estatal, que ha intentado aupar El País han sido hombres jóvenes completamente alejados de la socialdemocracia clásica: Mateo Renzi y Pedro Sánchez.

Por ello, muchas personas hemos recibido la elección de Corbin con bastante cautela, cuando no como la última esperanza blanca de la socialdemocracia.

Evidentemente, Corbyn no es un truco publicitario. Es un militante de toda la vida, de esos que Brecht llamaba “los imprescindibles”, que ha logrado sacudir internamente su partido y hacerse con el apoyo de las bases, atrayendo incluso a sectores jóvenes que ni siquiera militaban en el laborismo y que se han registrado para votarle. Y lo ha hecho contra los deseos de la cúpula de su partido y con todos los medios de comunicación en contra. The Guardian, el periódico “de izquierda” de Inglaterra, apoyaba a Yvette Cooper, no a él.

No, Corbyn no es una jugada por arriba para, como en El Gatopardo, “cambiarlo todo para que nada cambie”. Pero tampoco lo era Tsipras, que se tuvo que enfrentar a toda la oligarquía y los medios de su país. Y en el momento de la verdad, Tsipras claudicó. Como Zapatero, con cara seria, y a diferencia de Zapatero, teniendo la honradez de adelantar las elecciones al no cumplir su programa.

Pero claudicó.

Por eso recibo el nombramiento con mucha cautela, alegrándome por Corbyn, ya que nunca está mal darle una bofetada en toda la cara a la aristocracia de la “izquierda”, pero dudando mucho de lo que pueda lograr.

Y es que Corbyn tiene mayoría en las bases, pero no en el Parlamento. Ni siquiera en su propia bancada. La mayoría de escaños laboristas están ocupados por defensores de la “tercera vía” blairista. Tendrá que combatir al Primer Ministro Cameron con un ejército parlamentario que está más de acuerdo con el adversario que con él. Y no tiene unas elecciones el año que viene para aprovechar la ola de su nombramiento y cambiar la correlación de fuerzas interna. Estos diputados son los que tiene para aguantar una legislatura que ha comenzado hace apenas unos meses, en un país de cultura política anglosajona, donde la disciplina de partido pesa muchísimo menos que la defensa de los intereses de tu distrito.

En clave española, su nombramiento me parece un arma de doble filo. Por una parte, animará a las bases del PSOE a apostar por posturas más cercanas a las de Podemos o IU, posturas que por otra parte un buen sector de las bases del PSOE ha apoyado siempre, pero a las que han renunciado como mal menor para no dividir al partido y evitar facilitar el camino al PP. Pero por otra parte, el nombramiento de Corbyn refuerza una idea que muchos militantes del PSOE defienden: “sí, el PSOE actualmente se queda muy muy corto, pero la solución a esto no es irnos a otro partido, sino quedarnos y dar la pelea dentro para cambiarlo”.

¿Supondrá el nombramiento de Corbyn un aumento de la afirmación identitaria de las bases del PSOE? ¿O por contra será otro elemento de tensión y un motivo más para sumarse a otros partidos cuando vean que Pedro Sánchez está mil pasos más cerca de Hollande y Renzi que de él? En este caso creo que la respuesta, tristemente, se encuentra en dar la vuelta a una de las frases más conocidas de Gramsci: “frente al optimismo de la voluntad, el pesimismo de la inteligencia”.

Lo que es seguro es que este giro en la dirección del laborismo es un elemento novedoso más en una Europa cuyo ritmo político ha dejado de ser hace mucho tiempo un preludio de Satie para convertirse en una canción de The Clash. Un elemento que convierte en el más difícil todavía pronosticar qué Europa tendremos en la próxima década. Bienvenidos a tiempos interesantes, que dice Zizek.

OPINIÓN POR MIGUEL DIÉGUEZ