Cortina de humo

Publicado por o día 27/11/2015 na sección de Opinión,Opinión por Oscar González

Cortina de humo

Cualquiera que haya seguido con un mínimo de atención las noticias de las últimas semanas debe estar debatiéndose entre la preocupación porque España se desmiembra y el miedo a saltar por el aire en un terrible atentado yihadista. No es mi intención trivializar con algo tan serio y que ha causado tanto dolor como es el terrorismo, aunque yo sea de esas personas que, con Galeano, creemos que hasta que los leones no tengan historiadores, los relatos sobre cacerías los seguirán escribiendo los cazadores.

Los atentados de París han causado una importante alarma social, hasta el punto de haber devuelto el terrorismo a la primerísima plana de cualquier diario que aspire a vender muchos ejemplares. No hay nada atípico en ello: nuestra rutina de occidentales “del primer mundo” –como diría nuestro ínclito alcalde– nos hace vivir con la sensación de que los atentados fundamentalistas son cosas de países lejanos y subdesarrollados y mientras se mantengan ahí… ¿a quién le importan? ¿Acaso ha visto alguien una extensa cobertura en los medios de comunicación del día a día de países como Libia, Líbano o, en general, cualquiera de Oriente Medio? No, claro que no: salvo la atrocidad puntual de los pirados de turno nuestros medios de masas ignoran esas regiones lejanas, como si la violencia continua a la que se ven sometidas fuese algo tan cotidiano que no mereciese siquiera una reseña en la sección de breves y, desde luego, mucho menos importante que la última expulsión de la casa de Gran Hermano.

De hecho, ha sido necesario que varias decenas de miles de refugiados sirios hayan llegado a las fronteras de la UE para que esta haya reparado en que la aparición más o menos constante de negros en balsas de juguete, jugándose la vida para llegar a Italia o España –donde son recibidos por alegres comitivas de guardias civiles que celebran su llegada con una lluvia de pelotas de goma– no es un fenómeno natural como la calima o las tormentas. Los líderes de la UE, tan solidarios ellos y Ella, iniciaron su liturgia de reuniones, encuentros bilaterales y cumbres más o menos borrascosas que pocas soluciones aportan, precisamente para encontrar una solución a esa “crisis humanitaria”. Esto fue en septiembre. Hoy siguen reuniéndose para encontrar soluciones. Se ve que están muy escondidas.

Como suele ocurrir, en medio de la burocracia saltó una nueva noticia y los refugiados pasaron a ser nuestra segunda preocupación, ya que algo nuevo y mucho más terrible (pero, sobre todo, más nuevo) estaba ocurriendo en una pequeña nación del este de la Península Ibérica: de repente, sin saber cómo, los independentistas se habían hecho con el poder y amenazaban con romper la sagrada integridad de la madre patria.

Corrieron ríos de tinta que acabaron formando mares de miasma. Lo más zafio del periodismo patrio, esa gentuza que siempre fue la voz de su amo, invirtió muchas horas y muchos recursos en señalarnos el terrible peligro que corríamos por la ruptura de nuestra gloriosa nación y lo indigno que era Artur Mas de presidir nada. Tremenda revelación esto último, desde luego. El Presidente Mariano se disfrazó de estadista y se puso solemne, mientras su equipo de campaña se arrodillaba y daba gracias a la condecorada María Santísima del Amor por mandarles ese balón de oxígeno en forma de declaración del Parlament. Los demás parásitos tardaron poco en subirse al carro de la defensa de la patria; Jiménez Losantos, Paco Marhuenda y el director de La Gaceta se apostaron una noche de juerga a ver quién era capaz de escribir el titular más bestia. Y, de pronto, en todas partes se hablaba del “órdago soberanista” de Mas. Se había convertido en nuestro principal problema y todos teníamos que estar preocupadísimos por la integridad de nuestro Estado.

La integridad de los millares de refugiados que se apelotonaban en la frontera sur de Europa… bueno, digamos que pasó a ser menos noticiable. Ahora todo orbitaba en torno a Cataluña y, de pronto, Mariano Rajoy, como el Verbo, se hizo carne y abandonó el plasma para habitar de nuevo entre nosotros e iniciar su lavado de imagen.

Por una de esas ironías de la vida, el independentismo le acabó haciendo un gran favor a los mismos indeseables que hacen bandera del cierre en banda a sus reivindicaciones: pocos mensajes tienen tanto calado como la cuestión nacional. Poco importaba que Rajoy hiciese uno de los ridículos más bochornosos que se recuerden en la historia reciente al preguntar un “¿Y la Europea?” a un desconcertado Carlos Alsina: el PP garantizaba la unidad de la Nación –aunque su presidente no supiese cómo se adquiere la nacionalidad– con mano firme y Tribunal Constitucional mediante. Es lo que pasa cuando Pérez de los Cobos tiene carnet de tu partido, que quizá hay favores para ser cobrados.

Tras habernos recortado los derechos a todas y todos, tras haber intentado callarnos con una Ley Mordaza a la que el New York Times calificó de franquista, tras haberse financiado de manera irregular, expulsar a una gran parte de nuestras jóvenes del país, cargarnos a todos y todas las pérdidas multimillonarias de un rescate a la banca y actuar como el perro fiel de la Kaiser Merkel, el Partido Popular empezaba a recuperar terreno en las encuestas de intención de voto, quizá gracias a las convulsiones que experimentó Soraya Sáenz de Santamaría en el programa de Pablo Motos.

¿A esto ha quedado reducida la política española: a hacer el gilipollas en El Hormiguero y demagogia con el dolor ajeno?

Mientras esto ocurría en España, en Europa ya llevaban más cumbres que Edurne Pasabán y los refugiados seguían esperando que el Viejo Continente les abriera de una puñetera vez sus puertas, pero estas seguían siendo estrechas y trufadas de concertinas (un eufemismo para denominar a unas cuchillas que causan profundas heridas).

Y entonces llegaron los fundamentalistas y se cargaron a 130 inocentes en París, en otro atentado tan cobarde como sangriento que devolvió el terrorismo a la primera plana de los diarios de buena parte del mundo. El Pacto de Estado Contra el Yihadismo, aquel acuerdo que firmaron Rajoy y Pedro Sánchez hace unos meses y que considera que la forma de combatir a terroristas dispuestos a auto inmolarse es la cadena perpetua, volvió a ponerse de actualidad y se convirtió en arma arrojadiza contra el rival político. Todas las cadenas de televisión, todos los periódicos y todas las radios del país desarrollaron una de las más extensas coberturas mediáticas que se recuerden en mucho tiempo.

Los mismos que alegaban “primero los de aquí” cuando se discutía el Derecho de Asilo se convirtieron en expertos en geopolítica y terrorismo internacional por la universidad de ForoCoches, concluyendo que “estamos en guerra” y “son ellos o nosotros”.

Si la cuestión nacional une mucho, los enemigos comunes son mejores que el Loctite, así que contra esos locos que hablan idiomas raros y tienen costumbres que no entendemos, lo que hace falta es mano dura. ¿Alguien lo duda?

Si fuera que sí, lo único necesario sería irse a la hemeroteca y revisar los editoriales y portadas de la mayoría de la prensa reciente: hay que bombardear ciudades porque hay en ellas más terroristas que civiles; Hollande es un hombre de Estado, porque tiene pulso firme y sabe que la fraternité está démodé ; los belgas sí que “los tienen bien puestos”, ya que han hecho que el ejército tome las calles de Bruselas… en fin, ese tipo de argumentos de peso.

Mi tesis sobre todo esto es sencilla: mientras hablemos sobre terrorismo internacional y las posibles soluciones, no hablaremos de que Europa dará más fondos “para la asistencia a refugiados” a la Turquía del oscuro Erdogan que a toda África. Tampoco hablaremos de que a Hollande le ha venido como agua de mayo el atentado de París, porque le ha permitido dar una imagen de autoridad y hacer un guiño a esa parte de su electorado que empezaba a mirar con ojos golosos al Front National de Marine Le Pen, ni prestaremos demasiada atención al vergonzante desinterés de la UE por la acogida de los refugiados sirios y, por supuesto, no mencionaremos que en España aumenta la temporalidad en los nuevos contratos, que ha crecido el número de hogares con todos sus miembros en el paro un 0.3% respecto al año pasado, que Abengoa va camino de la mayor suspensión de pagos de la historia de España o que el próximo día 15 de diciembre se juzgará al joven Adriel, convecino de esta ciudad acusado de atentado contra la autoridad y lesiones por participar en una manifestación contra la LOMCE. No saldrá a relucir que la base de la acusación es la abochornante “presunción de veracidad” de la palabra de la policía, ni tantas otras cuestiones que podrían afear los relatos oficiales de recuperación económica, desarrollo social, calidad democrática y Estado de Derecho, ese con que se les llena la boca cuando tienen que justificar lo injustificable; no a veinticuatro días de unas elecciones.

La magnífica película de Barry Levinson “La cortina de Humo”, nos presentaba una situación en la que un presidente americano era acusado de abusar sexualmente de una menor unos días antes de unas elecciones, por lo que sus asesores se inventaban una guerra para intoxicar con ella a la opinión pública y distraer la atención de la ciudadanía. La cinta, trufada de un exquisito humor más o menos negro, arrancaba con una ácida reflexión que cito a modo de conclusión:

“¿Por qué agita el perro el rabo? Porque el perro es más listo que el rabo. Si fuera al revés, sería el rabo el que agitaría al perro”.

¿Qué queremos ser: perro o rabo?

OPINIÓN POR OSCAR GONZÁLEZ