¿Cuánto vale calmar un delirium tremens?

Artículo de opinión por Carla Leiras
Publicado por o día 15/02/2017 na sección de Opinión,Opinión por Carla Leiras

¿Cuánto vale calmar un delirium tremens?

Opinión por Carla Leiras

Cualquiera que haya tenido un familiar enfermo a cargo sabe el trabajo que produce sacar adelante los cuidados a esas personas que, por razón de su situación, no suelen tener la actitud más positiva.

Quien haya atendido a un anciano con demencia senil sabe lo difícil de convivir con una sintomatología tan inestable, en ocasiones violenta.

Quien haya tenido a cargo una persona con alzheimer sabrá de lo delicado del proceso, la necesidad de paciencia en el trato, lo doloroso de la degeneración cerebral vivida tan de cerca.

Quien haya tenido una pareja bajo patología adictiva sabe lo que es vivir un síndrome de abstinencia ajeno.

Quien tenga un familiar alcohólico puede saber lo que es ser espectador de un delirium tremens, y calmar a una persona desesperada por sentirse atacada por seres que no existen.

Quien tiene a un padre en silla de ruedas sabrá del enorme esfuerzo físico, mental, emocional, de tirar de esta persona y convertirse en sus piernas y en su pilar fundamental.

En resumen, cuidar de alguien cercano que genere dependencia es un proceso que puede resultar muy traumático, sin olvidar que en ocasiones éstos duran meses, años o toda una vida.

Ahora pensemos en quien está unido a estas personas, no por un vínculo familiar ni personal sino laboral. Quien no tiene esos lazos previos y acepta la responsabilidad de llevar sus cuidados de manera profesional.

La realidad nos dice que el sector está siendo vilmente maltratado en cuanto a las condiciones elementales. Tanto a nivel convenial como en el cumplimiento de los mismos, un trabajador de los cuidados se encuentra en uno de los entornos profesionales más precarios.

No cesan de aparecer casos de contratos pagados por cantidades ínfimas, que no reflejan las horas reales de trabajo, que obligan a un esfuerzo físico excesivo sin respetar la prevención de riesgos, dejando secuelas físicas que se manifiestan años después de cesado el puesto.

Sin embargo, las empresas que gestionan este tipo de servicios proliferan, muchas veces enriqueciéndose rápidamente a costa del trabajo sacrificado y mal pagado de estos profesionales.

Tampoco son menos los particulares que, abusando de la situación de crisis, ofrecen salarios de miseria a la persona que más horas va a pasar con su madre, padre, abuelo, hermano o hijo: a la persona encargada de su bienestar.

Si un familiar está pasando por un proceso de enfermedad severa y no hay nadie para hacerse cargo, se debe asegurar que quien lo haga bajo salario se vea motivado, valorado, respetado, protegido, respaldado.

E importante, un cuidador no tiene por qué ser necesariamente una mujer. Parece una obviedad, pero hay un gran porcentaje de mujeres que escogen exclusivamente a otra mujer para el cuidado de sus familiares. En general sin mala intención, simplemente presuponiéndoles más experiencia.

Rompamos con eso. Hay excelentes enfermeros, auxiliares de geriatría, niñeros… no seamos nosotras mismas quienes nos perpetuamos como cuidadoras por estigma, manteniendo una feminización eternista de esta profesión, conducta que resulta antifeminista.

Y para esos anunciantes que ofenden con ofertas de cuidados a grandes dependientes por cuatro euros la hora, una pregunta:

¿Es eso lo que vale para vosotros la calidad de vida de vuestro enfermo?

Pensad en ello.