Daños colaterales

Artículo de opinión por Carla Leiras
Por o 11/10/2017 | Sección: Opinión,Opinión por Carla Leiras
Daños colaterales

Opinión por Carla Leiras

Esta semana se celebraba el día mundial de la salud mental. Al hilo de esta fecha, unas reflexiones sobre la importancia de la misma:

Tenemos que alegrarnos de los grandes avances que ha habido, tanto en los tratamientos de estas enfermedades como en la percepción social de la persona afectada. Recordemos que hasta hace no mucho en nuestro país se daban conductas impresentables en esta esfera: manicomios protegidos con rejas como prisiones, descargas eléctricas para tratar simples ataques de nervios, una desinformación total y hasta exorcismos para intentar curar lo que resultaban ser esquizofrenias de libro, totalmente controlables con una medicación adecuada. A estos pacientes también se les encerraba a menudo considerados como peligros públicos, cuando hoy sabemos que pueden, bajo control médico, llevar una vida casi normalizada.

Aunque efectivamente hemos progresado mucho, también retirando por fin del directorio de enfermedades mentales conductas totalmente sanas que se catalogaban como patológicas, como ciertas tendencias sexuales, todavía hoy, el tener un trastorno mental sigue siendo un estigma. Cualquier afectado es tildado directamente de “loco”. Contra esto tenemos que unirnos todos y destruir este cliché.

Se continúa considerando por ejemplo la depresión como un rasgo de personas débiles que no saben enfrentarse a la vida. Se sigue teniendo que batallar durante años con los médicos para conseguir un diagnóstico oficial de trastorno bipolar, mientras tanto, los afectados viven un infierno diario sin nombre.

Las compañías farmacéuticas siguen imponiendo su lobby para sobremedicar a una población que en ocasiones, solamente necesita atención directa y terapias conductuales.

Recuerdo haber visitado hace años a un amigo en el antiguo Rebullón, que había ingresado por un simple ataque de ansiedad muy fuerte, que le había desencadenado impulsos violentos hacia los que intentaban que se calmase; esta conducta fue producto del miedo que sentía por una sensación que nunca había experimentado: perdió el control unos minutos (era la primera vez que le ocurría y sintió que estaba perdiendo la cabeza, lo cual debe de ser una sensación aterradora). Le tildaron de agresivo y esquizoide de manera preventiva, y, cuando se pudo por fin ir a visitarlo, nos encontramos con un sujeto impersonal que miraba al vacío y totalmente embriagado por una medicación desmedida que apenas le dejaba vocalizar con nitidez. Había perdido la energía, la vitalidad, y estaba hinchado como un globo. Ya no estaba nervioso, cierto, pero tampoco sentía nada más.

Por suerte, la tomadura de riendas de la dirección por parte de psiquiatras progresistas como Teijeiro Rois consiguieron encauzar a este hospital, haciendo campañas contra las rejas en las puertas, obligando a la mesura en los tratamientos y en ser conservadores a la hora de recetar ciertas sustancias para trastornos que podían tratarse por otras vías menos invasivas, y confiando a la psicoterapia el rango menor.

Hay algunas enfermedades que necesitan, efectivamente, de medicaciones fuertes. Una psicosis ha de paliarse con haloperidol, no es posible reconducirla con suaves consejos de diván. Pero hay trastornos de otra índole que se están sobremedicando por puro interés económico, convirtiendo a nuestros jóvenes (y hasta a los niños, como por ejemplo con el famoso TDH) en boticas andantes.

Las benzodiacepinas y los tranquilizantes se recetan, en ciertos gabinetes impregnados de intereses comerciales, como jarabe para la tos. La gente no es consciente de la tolerancia que generan, la adicción y los efectos secundarios para la memoria y la motricidad, de unas sustancias que en ocasiones no hacen más que perpetuar los síntomas. La cura no interesa: porque sólo se vende una vez. Se prefieren los tratamientos de por vida.
En un mundo lleno de agresiones constantes, no es nada anormal que una persona somatice el desasosiego y desarrolle algún rasgo atípico como producto del mismo: es la propia sociedad histriónica en la que vivimos la que nos empuja a sentirnos enfermos.

Por lo tanto, seamos comprensivos, empáticos, y lo suficientemente audaces para entender que cualquiera de nosotros, mañana, puede despertarse sin ganas de levantarse de la cama, o puede notar una sensación de pánico repentino ante la inseguridad perenne de un mundo individualista que no nos arropa en absoluto. Nuestra propia idiosincrasia sociopolítica capitalista nos conduce a episodios ansiosos.

Se ha comprobado que en África subsahariana por ejemplo, la inteligencia emocional y la sensación de comunidad y familia imperante en las tribus cooperantes entre sí minimizan enormemente el impacto vital y potencian la resiliencia colectiva. Su vida está centrada en la supervivencia y la celebración de la paz: “Los pueblos indígenas africanos viven en sociedades en las que están protegidos de enfermedades mentales como la depresión, la anorexia o el estrés que hace mella en Occidente. Su vida en comunidad, la relación entre los niños o el cuidado de los ancianos están más ajustados a la historia evolutiva humana que la nuestra.

Buscamos los pueblos más aislados y con ellos descubrimos que nuestra vida en las grandes ciudades está desajustada. El individualismo patológico nos genera problemas que estos indígenas desconocen porque viven en núcleos pequeños, como el ser humano vivió hasta hace 5.000 años. Pueden morir de malaria, pero no sufren las enfermedades mentales que tanto nos hacen sufrir”, asegura Giner Abati.

Resulta que en un continente rico poblado por los más pobres de la tierra, la gente sonríe mucho más que nosotros. Sin pastillas.

“En esta sociedad masificada y globalizada, estamos desaprendiendo lo que es la felicidad. Hoy existe un modelo de felicidad impuesto desde arriba que nos gobierna. Es un modelo materialista, que está enfocado totalmente al dinero. De aquí viene la enfermedad: si no tienes todo lo que crees necesitar, siempre te sentirás vacío”.

Portavoz de la asociación foro socioeducativo Os Ninguéns. Licenciada en derecho. Diplomada en mediación educativa y como formadora didáctica. Titulada en prevención- formación sobre VIH-SIDA y detección-tratamiento de patologías adictivas-drogodependencias.

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