Desconectados para recuperar la conexión

Publicado por o día 17/02/2017 na sección de Opinión,Opinión por Carla Leiras

Desconectados para recuperar la conexión

En los últimos meses ha surgido una tendencia creada por un conjunto de personas que han decidido que el número de horas que dedican diariamente a internet y a las redes sociales está perjudicando gravemente sus relaciones familiares y sociales.

Los estudios aseveran que los españoles dedicamos de media dos horas diarias a internet, que consultamos por lo menos cincuenta veces el móvil para cotejar las novedades y que el primer gesto por la mañana consiste en coger el teléfono de la mesilla (que casi siempre pasa las noches encendido) para chequear mensajes. Todo esto sin contar con el tiempo que también dedicamos a la televisión.

Por ello, este grupo de personas intentan crear tendencias de desintoxicación, basadas en prescindir del wifi o usar terminales desde los que solo puedan recibir llamadas.

Comentan que después de unos días su calidad comunicativa y sociofamiliar habría mejorado considerablemente, además de descender sus niveles de estrés.

Todos hemos visto reuniones de amigos en las que cuatro personas quedan para ponerse al día pero finalmente no hablan y solo teclean en sus pantallas. Si alguno de ellos no entra en la rueda, se queda aislado en silencio en la mesa.

Ya hay negocios que empiezan a publicitarse como centros de desconexión, hoteles sin wifi, o cafeterías con carteles que rezan “no tenemos red, hablen entre ustedes”.

La ansiedad provocada por la adicción a las redes es conocida por varios estudios, que aseguran que menores de quince años muestran signos claros de dependencia tan fuertes que una desconexión obligada les causa un análogo a un síndrome de abstinencia reglado.

Igualmente cada vez más padres instan a sus hijos a entretenerse con sus terminales o tablets para poder conversar mientras tanto, fomentando esta dependencia a la tecnología por comodidad y evasión de algún menor inquieto.

Algunos de estos seguidores de la corriente de la desconexión esgrimen teorías como la falta de privacidad y su negativa a participar en el negocio con sus datos:

“Nos negamos a aportar voluntariamente y con fines comerciales datos tan sensibles como lugar de trabajo, gustos, estado sentimental… para ser después bombardeados con publicidad constante. Es un disparate, el negocio perfecto. Nos negamos a ir de viaje y pasar más tiempo documentando los paisajes que viviendo la experiencia, para mostrarle a un conjunto de extraños nuestras vidas y basar en sus comentarios y feedback nuestra autoestima.

Igualmente se corre el riesgo de creer que ese cibermundo es real, cuando lo cierto es que de un día para otro uno pasa a la total irrelevancia”.

Otros utilizan el argumento de que el bombardeo de dependencias es orquestado aposta de manera cupular como elemento desmovilizador.

“Sin entrar en la estadística que reconoce un descenso drástico del conflicto social, relacionado directamente con la sensación que producen las redes de que el alcance y la difusión efectivas superan a las de los actos presenciales, irremisiblemente más sacrificados, incómodos, complejos, laboriosos…no perdamos de vista la gravedad de estos hechos, ya que la presencia en la calle es esencial y un pilar fundamental: al poder le viene muy bien tenernos entretenidos, creyendo que contamos con unos lazos y una red de apoyo que no son reales. Todo ese tiempo que utilizamos en saltar de un hipervínculo al otro es tiempo que no leemos, que no nos reunimos, que no convivimos, es decir, se está fomentando el aislamiento social que conviene a muchos más a algunos que la organización entre iguales, que es la que conseguirá que respondamos unos por otros más allá de un retweet. Todo responde a una operación de control y aislamiento flagrantemente promovido.

Sucedió en el pasado y ha vuelto a ocurrir: simplemente, la profusión de adicciones evasivas es ahora tecnológica, sutil y aparentemente voluntaria. Parece que es un camino escogido y libre, pero realmente todo nos empuja hacia ahí ¿no nos hace pensar eso? En ocasiones, ante conductas tan claramente inducidas la única solución es desconfiar, romper con todo, y dejar de ser un títere arrastrado por la fuerza de la corriente.

Hace años no contábamos con estos instrumentos y las relaciones sociales, las reuniones, salían adelante igual o mejor. Desde luego no está de más plantearnos el trasfondo de las conductas que abrazamos por pura inercia: a quien benefician y cómo influyen en nuestros intereses o en los de otros. Reflexionemos sobre nuestros momentos de máxima felicidad: ¿se han dado estando solos, delante de una pantalla?”.