DESINFORMACIÓN: BUFONES MILLONARIOS

Artículo de opinión por Carla Leiras.
Por o 23/08/2017 | Sección: Opinión,Opinión por Carla Leiras
DESINFORMACIÓN: BUFONES MILLONARIOS

Opinión por Carla Leiras

Al hilo del trato sensacionalista de las víctimas del atentado de Barcelona, cuando todos hemos visto cómo ciertos periódicos sacaban en portada una serie de imágenes que nada aportaban a nivel informativo, y que rápidamente fueron defendidas por los pseudoperiodistas cavernarios aseverando que “durante el drama de los refugiados (que desde lo mediático, de pronto, está desaparecido, como si se hubiese solucionado mágicamente) nadie se quejó de visionar escenas impactantes bajo la excusa de que despertaban conciencia, y esto es lo mismo”.

Nada que ver retratar la dureza de un éxodo para no cerrar los ojos a una realidad que asoló y asola, en presente, a un pueblo que escapa del horror y la muerte, de una situación que no nos es ajena, de la cual somos corresponsables; nada que ver con la finalidad morbosa y el efecto colateral y flagrante de islamofobia que fue piedra de bóveda del tratamiento vergonzante por parte de algunos medios del dramático suceso: un bombardeo constante de composiciones sanguinolentas, de víctimas que aún no habían sido identificadas, para que cualquiera que en su casa estuviese preocupado por un vecino, familiar o amigo, pudiese encontrarse la dantesca escena y contemplarla a tiempo real con todo lujo de detalles: todo bajo el falso paraguas del rigor informativo.

Sobre éste, es interesante la discusión que se produce entre Jesús Quintero y Alsina durante un encuentro sobre comunicación, al hablar de la calidad periodística presente y pasada; en este caso Jesús se inflama señalando que lo único que importa actualmente es la audiencia y que encontrar un periodista profesional o una entrevista profunda es una quimera:

“Yo no soporto la entrevista de un reportero interrumpiendo constantemente al otro, el otro sin decir nada. Es el apocalypsis now de la comunicación actual. Los mercaderes y los poderosos aprovechan el medio más fuerte de todos los tiempos para vender su mercancía. La basura, el morbo, la frivolidad, la violencia, el sexo, y el sentimentalismo barato y de lágrima fácil se ha convertido en el único reclamo para atraer la audiencia, para alimentar sus más bajos instintos. Todos buscan una primicia absurda, para ejercer un juicio paralelo, la gran primicia para subir los audímetros, pero mientras tanto se dedican a copiarse. La televisión está llena de bufones millonarios. Los informativos forman parte del espectáculo. Los debates reflejan las bromas de mal gusto, las bromas, los insultos, la más elemental falta de ética y respeto”. “Es que no saben, no crean, no son artistas. Hacen un producto muy malo”.

Alsina le replica: “A lo mejor a ti te parece malo pero a los espectadores les gusta más que lo que se hacía hace veinte años. Cuando escribas tu próximo libro, ¿cuántos lectores quieres tener? ¿Quieres un libro que no lea nadie?”

Me viene a la cabeza una escena vivida este año en una escuela famosa de diseño gráfico de la ciudad, en la cual un fotógrafo local exponía gratuitamente una muestra de imágenes traídas de un campo de refugiados: que tenían en común un profundo simbolismo, el buen gusto y un gran trabajo de detalle, todo para intentar generar conciencia en el receptor sobre lo que allí se vivía.

No había sangre, cadáveres, vísceras, pero sí un excelente trabajo visual sin ningún tipo de filtro ni retoque, con un dominio magistral de la luz y una captura directa del sentimiento que imperaba en el campo que se clavaba en cualquiera que mirase con un poco de atención los ojos, los rasgos, los ropajes, de las personas fotografiadas.

En el momento de la tertulia, algunos alumnos levantaron la mano y coincidieron en que el trabajo no les parecía especialmente llamativo, porque “estaban tan acostumbrados a ver imágenes de guerra, que a menos que fuese algo impactante, para ellos era más de lo mismo, como una película que ya habían visto mil veces”.

Mostraron, sacadas de sus libros de fotografía, las imágenes más vendidas del año anterior y decían que esas fueron el tipo de escenas que se les habían quedado grabadas en la memoria, por su dureza, su visceralidad, y que eran las fotos que no podrían olvidar porque las tendrían para siempre en la retina: por eso opinaban que tenían mayor valor informativo que estas que estaban viendo, tan tibias.

El fotógrafo alzó esas imágenes, a las que habían aludido los alumnos como catarsis, una por una, y preguntó,  “¿alguien puede decirme dónde se ha tomado esta foto, cuándo, en qué escenario”?

Los chavales enmudecieron. La imagen se les había grabado pero no sabían nada del contexto, a pesar de que el mismo estaba perfectamente explicado en todos los pies de foto. No tenían ni idea de si pertenecían al conflicto palestino, si eran en Siria, o en un campo nazi.

Por tanto, no habían contribuido en ningún caso a su formación política, humana, o intelectual: simplemente habían sentido un estímulo momentáneo por la empatía hacia su crudeza, deteniéndose ahí su efecto.

El fotógrafo explicó entonces la historia que había detrás de cada una de sus retratos: de las familias que aparecían, de los símbolos, de la intención de cada una, y les dijo a los chicos que esperaba que la siguiente ocasión en la que las tuviesen delante sí supiesen lo que representaban realmente, lo que se vivió allí, cuándo y por qué.

Me llamó enormemente la atención, en primer lugar, el cinismo y escepticismo hinchado con el que hablaban, neófitos en la materia, sobre un magnífico trabajo de un reputado artista con mucha más experiencia; la poca humildad que demostraron para opinar y desdeñar su labor por no contener tanto morbo como para llamarles mínimamente la atención.

Todos ellos eran estudiantes que el día de mañana piensan dedicarse al sector, conque son una muestra de las próximas generaciones de fotoperiodistas: obsesionados con el titular, con el premio, con lo fácil de emocionar de una pila de cadáveres. De hecho apelaron, de nuevo, al rigor informativo, para argumentar que ese trabajo tan naif no reflejaba la realidad de aquel lugar (la cual de todos modos, desconocían ampliamente).

Volviendo al presente: debemos preocuparnos por la evolución de estas dinámicas; por los enormes profesionales que no consiguen vivir de su trabajo porque sólo se les remunera a golpe de impacto,  por los despidos masivos de fotógrafos en los periódicos, por la cantidad de artistas que no consiguen un puesto estable a menos que se avengan a captar el horror más explícito, en un mundillo que se empieza a binomiar con el de la televisión y a vivir únicamente del share, bajo la más brutal lógica empresarial, aplastando a cualquiera que no juegue con sus reglas y apueste por formatos con más profundidad e imparcialidad. Los niveles de desinformación que, con estos ingredientes, están alcanzando algunos medios son enormemente destructivos porque contribuyen a construir un relato en el imaginario colectivo que nada tiene que ver con los sucesos históricos reales, y por tanto se llega a malograr la educación política de todo un país.

Por eso es esencial en cada uno de nosotros que abracemos la responsabilidad de obtener una información neutra, contrastada, minuciosa, completa, para no descubrir un día que todo lo que creíamos saber, lo que nos contaron de un color, solo eran visiones interesadas en condicionar nuestro pensamiento, nuestra opinión, y por lo tanto, nuestra capacidad de reacción como pueblo gravemente adormecido.

Portavoz de la asociación foro socioeducativo Os Ninguéns. Licenciada en derecho. Diplomada en mediación educativa y como formadora didáctica. Titulada en prevención- formación sobre VIH-SIDA y detección-tratamiento de patologías adictivas-drogodependencias.

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