Disfrutad de lo votado. En la salud y en la enfermedad

Artículo de opinión por Carla Leiras.
Por o 20/07/2017 | Sección: Opinión,Opinión por Carla Leiras
Disfrutad de lo votado. En la salud y en la enfermedad

Opinión por Carla Leiras

En un par de semanas se cumplen cuatro años del cierre del programa muncipal Sereos do Casco Vello, que funcionó ininterrumpidamente durante dieciséis en el barrio más céntrico de la ciudad.

En este local se atendía a vecinos empobrecidos, a drogodependientes, prostitutas, y a cualquiera que necesitase un café y un bocadillo.

Se hacían intercambios de material de inyección, se repartían preservativos, y consiguió un gran trabajo educativo, en plena pandemia de la droga en Vigo, para que los usuarios de jeringuillas entregasen las suyas para llevarse otras nuevas, lo que evitó miles de contagios de VIH.

Hay que decir que en las prisiones, por ejemplo, se compartían cinco o seis por cada módulo completo de internos, lo que causaba la propagación inmediata de infecciones. Con Sereos, a pie de calle esto estaba controlado. Ni siquiera hubo que abrir narcosalas en esta ciudad: unos usuarios se enseñaban a otros cómo inyectarse correctamente, sin correr peligro: y una vez superaban su rehabilitación, ayudaban ellos mismos a otros a seguir todo el proceso y animaban a salir de esa lacra a otros chavales que caían en sus garras.

El resultado era un entendimiento brutal, desde un equipo formado por profesionales, pero también por personas de las calles, conocidas y respetadas en estos ambientes, que daban confianza y sabían qué lenguaje utilizar, y qué problemáticas había: las que ellos habían sufrido y superado en primera persona, quienes tuvieron la suerte de no quedarse en el camino.

Igualmente, un sintecho que no tenía dónde pasar el día, podía acudir al local a tomar un café caliente o unos bollos, y a lavarse los pies. Durante mucho tiempo, el estado del calzado de estas personas a menudo evidenciaba su situación: porque reflejaba el número de horas que habían estado caminando o que pasaban en la calle. Por tanto había un servicio de lavapiés con mudas limpias para quien quisiese cambiarse.

Algunas madres del barrio acudían a Sereos a buscar a sus hijos cuando no sabían dónde encontrarlos. Les veían allí dentro y sabían que estaban bien atendidos, y podían despreocuparse durante unos pocos días de la gran losa de saber a un hijo encerrado en este bucle. Era la gran muleta para muchas familias que no sabían cómo enfocar el problema.

Uno de los grandes logros del sistema fue politizar a sus usuarios. En el buen sentido: entre café y café, podían hablar de temas sociales importantes para cada etapa (como la guerra de Irak) y organizarse en asambleas para llevar a cabo actos reivindicativos. Fue una manera de dar un espacio de encuentro a personas que en otras condiciones no encontrarían un contexto para dar salida a sus inquietudes políticas. Allí lo tenían, un sitio donde hablar de igual a igual, sin que nadie les juzgase o les preguntase cómo acabaron así: con personas interesadas en escuchar su opinión sobre todos los conflictos que durante los ochenta se sucedían en la ciudad, que no eran pocos.

Bajo los últimos años del mandato de Caballero en Vigo, el programa empezó a molestar. Estaba situado en pleno corazón de la ciudad, en la puerta de entrada a los turistas: cronistas locales escribían que “a nadie se le ocurriría poner un comedor social justo bajo la torre Eiffel”: ¿por qué tenían los visitantes de los grandes transatlánticos que bregar con estas realidades, pudiendo ubicar en ese espacio algo mucho más rentable, como una joyería? Ellos podían ser trasladados a cualquier otro lugar, por ejemplo, a un rincón escondido entre naves industriales cerca del puerto.

Así, sin previo aviso, el programa cerró en 2013. Con una nota en su puerta que decía que se clausuraba y se pasaba a un autobús por la zona del náutico, en el que obviamente los servicios eran drásticamente inferiores.

A los promotores de la decisión no se les ocurrió el mundo que para una persona enferma o con los pies echos polvo suponía la caminata desde sus casas, quienes las tuviesen, en el centro, y el nuevo emplazamiento.

Tampoco les importó que la decisión se basase únicamente en una problemática estética. Cerraron el local sin miramientos y dejaron huérfanos de refugio a la población más necesitada.

Los usuarios, rebeldes, se negaron a abandonar el lugar y todavía, cuatro años después, continúan frecuentando la plaza. Si preguntamos a los comerciantes de la zona, utilizados como una de las excusas para el cierre, sobre qué les parece esto, nos dirán que les preferían en un lugar cubierto, cómodos, tranquilos, rodeados por sus trabajadores sociales y sus agentes de salud que habían sido compañeros de calle, a los que hacían caso en todo momento, y no desperdigados por la plaza de la Princesa sin ningún tipo de apoyo.

Pero eso a servicios sociales no le importó. Usó como pretexto que el barrio consideraba problemática la ubicación y que nadie quería tenerles allí. No les importó que vecinos de Coia solicitásemos que se nos plantase el servicio en nuestro barrio sin mayor problema: se recogerían firmas para avalarlo y acogeríamos el centro sin pestañear. Tampoco valió.

El local nunca se llegó a reabrir: se acabó sustituyendo el autobús por una pequeña furgoneta, que reparte unas pocas galletas cada mañana y que ha pasado de los 633 usuarios de media a unos diez o doce diarios. La excusa de la baja actividad quiere ser usada por la corporación como razón para cerrarlo (=no se usa lo suficiente, luego no hace falta), en vez de plantearse por qué esos números han cambiado tanto.

No es lo mismo acudir a las puertas de una fábrica y esperar a la intemperie haciendo una cola una bebida caliente que tener un lugar donde sentarse, hablar, compartir, en un lugar que visibilizaba y normalizaba a esta población. No es lo mismo aceptar que a uno le aparten y le escondan en una zona industrial como si fuesen, o hiciesen algo malo que no pueda ser blanco del ojo del turista que nos visita.

Y en esto se ha convertido Vigo, en un lugar donde prima la imagen por encima de todo, pero donde se abandona a la gente. Se humanizan avenidas pero no se humaniza nada más, los vecinos siguen bajo un estigma perpetuo que va a depender del dinero del que dispongas para cupcakes. Nuestra ciudad es un escaparate, una gran cafetería.

Un lugar que esconde a los pobres, porque no son bienvenidos en la ruta de los transatlánticos, que deben pensar que aquí no hay de eso, aunque se rebusquen en la basura las sobras del súper. Eso pasa de noche, todo bien.

El gobierno ha decidido que no hay lugar para ellos en el centro de la ciudad. Pero, obstinados, allí continúan, al raso, sentados en los bancos, sin recibir café ni galletas pero juntos, charlando, compartiendo, una plaza que es de todos: no solo del que baja del barco y compra unas postales, no solo del joven fotógrafo de moda que se ha comprado un piso rehabilitado.

Indigentes, prostitutas, adictos, parados, excarcelados. Todos ellos, todos nosotros, también somos Vigo. Y esconderles no sirve más que para seguir alimentando una burbuja de mentiras sobre esta “ciudad fermosa”: casi veinte millones de euros de superávit en las arcas municipales y nuestros hermanos, vecinos, amigos, siguen durmiendo en la calle. Esa es la gestión impecable que se respalda con mayoría absoluta, dejando claro la corresponsabilidad de la ciudad en estas políticas: el brazo ejecutor de las decisiones no está ahí por casualidad, sino que ha sido respaldado por una lluvia de avales que son reflejo de lo que a la ciudad le importa realmente.

Bien, vigueses, disfrutad de lo votado. En la salud y en la enfermedad.

Portavoz de la asociación foro socioeducativo Os Ninguéns. Licenciada en derecho. Diplomada en mediación educativa y como formadora didáctica. Titulada en prevención- formación sobre VIH-SIDA y detección-tratamiento de patologías adictivas-drogodependencias.

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