EL ABUELO (in memoriam)

Publicado por o día 14/08/2015 na sección de Opinión,Opinión por Oscar González,Vigo

EL ABUELO (in memoriam)

Fotografía: Ernesto “Iker” Ikerman

A Manolo Vilaboa lo bautizaron en el año 2011 como “el abuelo del 15-M” por ser el vigués de mayor edad que se acercaba a los indignados a contar su hartazgo. Peinaba por aquellas 76 años de canas y, según me cuentan, tenía exactamente la misma mala leche que cuando yo lo conocí a mediados del año pasado, también en una plaza. Yo presentaba un acto de Podemos Vigo junto a otro compañero y, cuando abrimos el micro al libre uso de los asistentes, Manolo fue uno de los primeros en tomar la palabra.

No recuerdo bien el contenido de su intervención, sólo recuerdo que me tocó la honestidad con la que habló. También recuerdo el mal rato que pasé buscando una forma elegante y amable de invitarlo a que fuera soltando el micrófono. Fue, con diferencia, el discurso más largo de aquella tarde.

Es curiosa la memoria: en el párrafo anterior no recordaba el contenido de la intervención de Manolo, tan solo su polo azul oscuro y el libro sobre la izquierda abertzale que llevaba bajo el brazo. Ahora, mientras tecleaba, he recordado fragmentos de su discurso: la tomadura de pelo que fue la Transición, la traición de Carrillo, el fraude del eurocomunismo, la opresión que viviríamos las próximas generaciones si no nos rebelábamos contra el poder establecido y un largo etcétera. También dijo que Pablo Iglesias le gustaba y que le gustaría conocerlo, que le parecía un líder nato, de esos que generan cambios sociales y que miraba con ilusión a Podemos. Yo observaba su libro y se me deslizaban por la espalda gotas de sudor frío: con Podemos en el disparadero, no nos iba a venir nada bien que aquel hombre de gafas finas y voz ronca hiciese algún comentario reivindicando a los independentistas vascos.

Por desgracia para los medios que cubrían el evento, no ocurrió.

Me acerqué a él al terminar el acto, para agradecerle sus palabras de apoyo. Charlamos unos minutos y me pareció un buen tipo. Empezó a venirse a las asambleas semanales del Círculo del Calvario. Yo conocía su historia por mi compañera, que se había hecho amiga suya en el 15-M: La CNT, el anti franquismo, el sentimiento libertario, la cárcel: la lucha obrera. Conocía su trayectoria y esperaba que, en cualquier momento, estallase en una explosión de cólera por lo lentas y difíciles que resultaban las asambleas, pero eso nunca pasó.

Al contrario, lo veía aguantar estoicamente el paso de las horas, participar activamente del debate, mosquearse alguna vez conmigo al tener que cortar sus intervenciones, generalmente largas… pero, por encima de todo, sentía el cariño con el que me trataba, imagino porque me consideraba uno de los suyos, o quizá porque así consideraba a mi pareja y suponía que ella habría elegido a un igual, no lo sé. También recuerdo la complicidad con la que me pedía un cigarrillo, aunque el médico se lo tenía bastante más que prohibido. Me sentía culpable al darle tabaco y oírlo toser de una manera que no sugería nada bueno pero, al fin y al cabo, ¿quién era yo para decidir por él cómo matarse? Fumábamos juntos, nos cruzábamos luego por el barrio y nos tomábamos un café. Me hablaba de historia, de política, de sus experiencias; me daba consejos, me sugería ideas y me alertaba contra “los quintacolumnistas”, que siempre aparecen en los partidos. A veces se enfadaba, y a lo grande, pero se le pasaba rápido. En poco más de un año, se ganó mi cariño y mi respeto a partes iguales. Y me gusta pensar que yo también me gané el suyo, aunque fuera un poco.

La última vez que lo vi fue hace algo más de quince días. Había estado hospitalizado un par de semanas y, por fin, “eses cabróns” lo habían soltado. Tenía buen aspecto, aunque seguía con aquella tos inquietante. Hablamos de Podemos y de cómo no le estaban gustando los últimos movimientos estratégicos del partido. Una vez más, estuvimos de acuerdo. Me preguntó por las municipales y, cuando le expliqué cómo se había tomado la decisión de no participar, me felicitó por haber sido honestos al abordar la cuestión. Me dijo que él no llegaría a ver el próximo gobierno, pero que esperaba que fuera el nuestro. Yo le sugerí que no dijese tonterías y le dije que claro que lo vería. Discutimos por quién pagaba el café y gané yo. Suavicé mi victoria diciéndole que a él le tocaría pagar el siguiente. Me miró con esa condescendencia amable del que sabe más que tú y me sonrió. Después, nos despedimos.

Y, como dice la canción de Ismael Serrano, “un día sin darnos cuenta el viejo, con sus historias, se consumió”.  Y me queda el mal sabor de boca de no haber podido presentarle a Pablo Iglesias, el nefasto regusto de pensar que Manolo se nos fue con el Partido Popular en el gobierno y la tristeza de saber que él tenía razón y que no, no llegará a ver el próximo gobierno, ese en el que depositaba esperanzas de libertad y cambio.

Mientras escribo esto, todavía resuena en mi cabeza el eco de su voz ronca y profunda, una voz de trueno que sembraba ideas de libertad en la gente que se le acercaba. La voz que te pegaba una hostia y te hacía una caricia sin cambiar siquiera de frase. Una de esas voces honestas que pasaron demasiado tiempo acalladas por personajes oscuros y siniestros; la voz de esos y esas que perdieron una batalla tras otra pero siguen peleando por ganar la guerra.

Manolo era rebeldía y libertad, honestidad y camaradería, mal genio y corazón de platino. También inspiración.

Que la tierra te sea leve, Abuelo. Los que nos quedamos aquí, seguiremos luchando.

OPINIÓN POR OSCAR GONZÁLEZ