El día a día en una residencia de ancianos

En las residencias de ancianos las personas que allí se alojan deben llevar una vida lo más activa y saludable posible para que su estancia allí sea grata y el envejecimiento no les suponga un hándicap para disfrutar del día a día.

Esto se consigue gracias a una buena organización y distribución de las horas a lo largo del día, que respetando los tiempos necesarios de descanso, se aprovechen para realizar actividades más allá de ver la tele.

¿Cómo debe ser la jornada ideal en una residencia?

Aunque la palabra ideal no parezca que pueda aplicarse de manera individual, en una residencia donde hay ancianos con más o menos capacidades que otros, hay que intentar que lo sea para que ninguno se vea excluido.

El despertar

La hora de despertarse debería ser para todos la misma y hacerse sin brusquedades. No todas las personas tienen los mismos ritmos biológicos y así como se encuentran aquellas que con las primeras luces ya están despiertas, hay otras que necesitan algo más de tiempo.

Lo idóneo es encontrar un punto medio que sea factible para todos y que permita motivarles para que el despertar, el aseo y el vestido sean valiosos, pues van a encontrarse con sus compañeros a la hora del desayuno y así comenzar el día con las pilas puestas.

Esto les da ya la sensación de tener algo que hacer desde temprano, y para lo que se cuenta con ellos, lo cual es muy importante para la autoestima.

La mañana

A lo largo de la mañana se deben realizar las actividades, ya sean físicas, cognitivas o sociales que requieran de mayor energía, ya que esta se va agotando con el paso de las horas y hay que aprovecharlas para que sean más eficaces.

Por lógica, muchas no pueden ser para todos, pero hay que procurar que, a no ser que sea imprescindible, se hagan en grupos afines que luego les permita comentar sus experiencias y sentirse parte de un todo.

Entre la batería de actividades previstas y que requieren de un mayor esfuerzo hay que medir bien los tiempos e intercalar pausas para evitar primero el que se sientan abrumados y segundo para que su organismo se recupere entre una y otra.

La hora de comer

Muchos ancianos pierden el apetito por causa de sus propias patologías o por el hastío de no tener un menú variado. En los comedores de las residencias deben servirse alimentos adecuados a cada uno, pero eso no es impedimentos para que ni todos los días sean más de lo mismo ni que la presentación sea cuidada.

Por muy estricta que sea una dieta, siempre se puede acompañar de pequeños detalles que la hagan apetitosa e inciten al anciano a comer y así evitar posibles desnutriciones tan frecuentes a esas edades.

Después de comer y para asentar la digestión es necesario bajar un poco el ritmo y pautar un reposo, ya sea una reconfortante siesta, un rato de juegos de mesa, de lectura o de ver la televisión. También para los más inquietos, un relajado paseo al aire libre puede ser la forma de descansar del trajín diurno.

La tarde

Estas son las horas que más largas se suelen hacer en las residencias, ya que a no ser que se reciban visitas muy a menudo, muchos de los residentes lo ven como un tiempo muerto hasta la hora de la cena.

Durante esta se deben organizar actividades tendentes a la socialización para evitar que el ánimo decaiga. Habrá días que se puedan realizar tareas en el exterior, como practicar la jardinería, cuidar de una pequeña granja o hacer yoga y relajación al aire libre; y en los días que piden interior a toda costa hay otras como la lectura en grupo o el visionado de películas, en plan, cine que hacen que la tarde se pase en un suspiro.

Y sin darse cuenta, la jornada llega a su fin con la cena y el sueño reparador, con la sensación de que un día más ha sido igual de satisfactorio que lo era cuando ni conocían las residencias de ancianos.

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