El gran carnaval

Artículo de opinión por Óscar González
Publicado por o día 28/02/2017 na sección de Opinión,Opinión por Oscar González

El gran carnaval

Opinión por Óscar González

Ayer domingo, tras la manifestación contra la política migratoria de la UE, decidí acercarme un rato a visitar a los compañeros que acampan frente al ayuntamiento. Llevan allí once días y no parece que vayan a lograr ser recibidos por Caballero, porque este sabe perfectamente cuál es el estado de los servicios de bienestar social en la ciudad y se la trae al fresco, no necesita reunirse con la plebe para que le pidan cosas que luego no reportan demasiados votos.

Mientras caminaba hacia Abeleira Menéndez pasé, de manera inevitable, por la Porta do Sol.

Allí, un grupo de animación estaba llevando a cabo un espectáculo con el que disfrutaban un montón de chavalines disfrazados. Me molestó que el animador principal estuviera disfrazado de “señora de pueblo” (ya saben, mandilón negro, pañoleta del mismo color y unas gafas de cristales exageradamente gruesos), pero lo que peor llevé fue el acento gallego que el animador forzaba hasta el ridículo. Soy un gran defensor de la deconstrucción ideológica de los mitos y cuñadeces que conforman la “sabiduría popular”, pero algo me decía que allí no había tal, solo unos señores que no encontraron otra forma mejor de ser graciosos y tiraron de lugares comunes.

Pensé en llamar a la policía porque el espectáculo me estaba ofendiendo, pero luego reparé en tres cosas: que los artistas no eran ni raperos ni titiriteros, que esto no era el ayuntamiento de Madrid y que yo no soy lo bastante gilipollas para denunciar un espectáculo solo porque no estoy de acuerdo con su contenido, así que seguí caminando.

De pronto, me encontré a los pies de una gran bicicleta sobre la que pedaleaba el Dinoseto. La bicicleta, tipo BH de las clásicas pintada de rojo y blanco, era una verdadera chulada. La réplica en poliestireno pintado de verde del jurásico arbusto, en cambio, era una broma de mal gusto, como el 80% de las figuras de famosos que uno puede ver en los museos de cera. Incrédulo, fui dando la vuelta completa a la figura para poder verla desde todos los ángulos. Fue entonces cuando vi la cesta de la bici.

En un ejercicio de elegancia sin parangón, tres fotografías enroscadas representaban algunos proyectos de la corporación municipal, en concreto las escaleras mecánicas de la calle Segunda República, la reforma de Balaídos y una tercera que no logré identificar en la que se veían unos edificios blancos, imagino que representando el PXOM. “Novos Proxectos”, rezaba el frontal de la cesta.

Hasta aquí, la figura era absurda, ridícula, propagandística y estúpida. Pero aún faltaba lo mejor: al lado de la bicicleta, un fantasma con el lema “ANTIVIGO” pintarrajeado en su espalda, metía un palo entre los radios de la rueda delantera de la bicicleta. Por si la metáfora era demasiado sutil, alguien le había añadido una banda de color azul en la que se podía leer “Xunta de Galicia”.

Me sobrecogió la elegancia del “Meco”, pero más aún la desfachatez de la composición. Es cierto que en Vigo tenemos poco que agradecer a la Xunta de Galicia, pero no es menos cierto que los conflictos entre la Administración Local y la Autonómica han sido espoleados por el propio Caballero, a quien le han venido fantásticamente para granjearse la reputación de defensor a capa y espada de la ciudad, un discurso que ha sido amplificado por esos medios de comunicación locales que, tras recibir los preceptivos cheques, han dejado atrás su función informativa y se han convertido en publireportajes continuos sobre las bondades de Caballero y su equipo. Personalmente, siento vergüenza ajena cuando veo a personas como Jacobo Buceta o Paula Montes, a los que tengo por grandes profesionales, haciendo entrevistas al alcaldísimo que consisten, fundamentalmente, en pasarle la mano una y otra vez por el lomo, sin una sola pregunta incómoda, sin un mínimo espacio para la verdadera crítica. No les voy a contar ya lo que pienso de ese catálogo en que se ha convertido el Diario Decano de la Prensa Nacional.

Seguí camino hacia el ayuntamiento y decidí hacer un experimento: paré a diez personas al azar y les pregunté si sabían el motivo por el que había personas acampadas frente a las dependencias municipales. Seis respondieron de forma negativa, dos “no eran de aquí” y el noveno sí sabía el motivo. El décimo me respondió que “a saber, serán los de siempre”; y una voz dentro de mí, se pasó el resto del día repitiendo: “joder, ciudad mía… quién te ha visto y quién te ve…”.