En un mundo muerto

Por o 21/06/2017 | Sección: Opinión,Opinión por Carla Leiras
En un mundo muerto

La natalidad en España está entre las tasas más bajas de Europa. Los expertos del “comisionado del gobierno frente al reto demográfico” se preguntan qué medidas tomar para incentivarla, ya que el número de defunciones supera al de los nacimientos. Intentan introducir señuelos como cheques motivacionales, algunas ayudas en guardería… parches.

El gobierno se equivoca (nada sorpresivo) al analizar los datos demográficos de manera aislada, sin tener en cuenta el entorno socioeconómico: si bien la excusa es que los niños acaban saliendo adelante, que durante la posguerra se criaron clanes abundantes con muy pocos recursos, que donde comen dos comen tres… la realidad es que la falta de estabilidad económica es un factor clave que hace que un español no se plantee tener descendencia.

Si preguntamos a nuestros allegados que se encuentran en edades clave y siempre han querido tener hijos, por qué no se animan a intentarlo, normalmente responden dos cosas. En primer lugar, que su situación laboral es tan precaria, que malamente pueden comprometerse a mantener a una pareja, y con muchísimos malabarismos consiguen llevar una vida independiente de la familiar (un gran número de jóvenes, ni eso), conque no les sobra ni un céntimo: es sabido por todos que la maternidad o paternidad es una experiencia económicamente impactante.

Con un mercado laboral tan inestable, en el que los trabajos nos duran un mes, dos, o un puesto indefinido se acaba de golpe de un día para otro dejando indemnizaciones de miseria, la responsabilidad de criar y mantener a una persona durante tantísimos años deja sin aliento a más de uno. Totalmente lógico. La enorme incidencia del estrés entre los jóvenes está convirtiendo a la generación de los treinta en un hervidero de ciudadanos enfermizos plagados de afecciones autoinmunes causadas por problemas de agitación, depresión, ansiedad, etc, muchísimos de estos síntomas vienen directamente relacionados con la poca seguridad que perciben: es tangible para todos que cualquier rutina o necesidad cubierta puede terminar de un día para otro sin las más mínimas garantías.

Cuando uno, como sujeto e individuo, no se siente seguro en su propia vida y carece de bienestar, cuando se siente preocupado de si podrá mantener a sus ascendentes si sucede algo con las pensiones, cuando al revés, otro vive de la pensión del abuelo, al que le quedan pocos años; etc, el pensar en introducir un elemento más de incertidumbre; alguien a quien proteger en un mundo en el que mandan los mercados y tenemos tan poca capacidad de inflexión: que va a necesitar ropa, comida, zapatillas nuevas, uniformes… la sola idea supera el umbral de estrés de muchos jóvenes, de manera comprensible.

Otro argumento esgrimido por quienes habían manifestado su intención e ilusión de procrear y que ahora niegan de manera contundente que vayan nunca a hacerlo, tiene relación con la situación social: simplemente, saben que va a ir a peor. Los recortes van a ir a más, la deshumanización a la que estamos siendo sometidos como pueblo se va a agravar paulatinamente, los problemas laborales irán al alza, y lejos de los brotes verdes que ven algunos, está claro que la sociedad camina hacia atrás, encontrándose en un retroceso voraz y sumidos en una época nada luminosa, que no evolucionará para mejor. Lo peor está por llegar. También en valores. Las tasas de suicidio y depresión son descorazonadoras, y en este ambiente, es sensato que uno se plantee con calma si desea traer una vida nueva al mundo, que vaya a tener que pasar por tantos obstáculos para conseguir una mínima estabilidad: todo esto sin contar con condiciones macro o internacionalistas relacionadas con las posibles guerras nucleares y bacteriológicas y los atroces síntomas del cambio climático: ¿queremos que nuestros hijos crezcan en el mundo que les estamos dejando? ¿queremos exponerles al hambre, al frío, a la lucha fraticida, al robo, al terrorismo de estado? ¿nos permite la ética seguir perpetuando una cadena en la que el sistema asesino no deja de avanzar?

Mucha gente tiene la esperanza de que las condiciones mejorarán y pronto, y se recrean en ensoñaciones de tiempos pasados: de cuando uno tenía un trabajo y le llamaban de otro mejor, y recibía ofertas todos los meses: de cuando heredaba un pequeño negocio familiar que siempre estaba ahí como escape cuando las cosas iban mal; de cuando adquiría una casa en siete u ocho años de ahorro y trabajo duro y uno tenía la tranquilidad de que nunca nadie patearía su puerta para ponerle los muebles en la calle: porque era suya y para sus hijos, y desde ahí, con vonluntad de esfuerzo solo cabía mejorar. Pequeños empresarios que poco a poco fueron creando puestos de trabajo y, algunos con más éxito y visión y otros con menos, conseguían ganarse la vida sin que les faltase el pan. Aquella situación, espoleada por las burbujas invisibles que nos llevaron al desastre, dieron una falsa sensación de abundancia y a comparación con la inmediatamente anterior, la procedente de una guerra, se quedó grabada en la retina de nuestros ascendentes como un leitmotiv casi sagrado: uno iría evolucionando, y su prole, siempre a mejor, si trabajaba duro.

La realidad ya no es esa. Somos la generación más sobrecualificada y no es que no hayamos hecho el esfuerzo de trabajar, estudiar, no es (como algunos se atrevieron a señalar, obviamente los privilegiados que nunca han tenido que hacer un análisis serio de sus actos) que hayamos vivido por encima de nuestras posibilidades: nos esforzamos en mejorar, en aprender, en ser flexibles, en trabajar en Andorra si hace falta dejando todo atrás: pero continuamos viendo a nuestros ingenieros sirviendo copas y al país convertido en una gran cafetería, con una proliferación de títulos carísimos que uno ya quita de su currículum porque acaba restando posibilidades de empleo.

Debemos aceptar entonces que aquellos tiempos, no volverán nunca. Ni tampoco los posteriores: nadie con treinta años va a tener fácil vivir solo, tener una casa, un coche, una familia y que haya uno de los dos miembros de la pareja, con posibilidad de quedarse en casa a gestionar el hogar y la familia.

Tampoco volverá el modelo monolítico de unidad familiar, habiéndose introducido muchos otros, que son ya igual de frecuentes que el normativo heterosexual.

Muchas más opciones por lo tanto, pero no por ello más sencillas: la adopción es un proceso costoso y hastiante, los vientres de alquiler ofrecen todas las lagunas éticas que puedan hacer cuanto menos dudar al que piense acogerse a esta fórmula, los apoyos para la reproducción fuera de las parejas heteronormativas no es ningún cuento de hadas, y en el modelo más habitual, tampoco.

Con este panorama, ¿nos sorprendemos? De que un joven que salta del susto cada vez que ve un sobre de hacienda o de tráfico, cada vez que la lavadora hace un ruido sospechoso o el portal no se abre, siempre que el piloto del coche se enciende pidiendo una revisión, aterrorizado de que le entren más gastos, porque no puede con más sobre sus espaldas, ese ingeniero que gana ochocientos euros sirviendo diez horas martinis a alemanes con más suerte… ¿cómo va a pensar en echarse encima una vida más, si no es capaz de gestionar la suya, si se pasa los días con la espada de Damocles sobre su cabeza?

La conclusión es que más le valdría al gobierno gastar menos en los observatorios estadísticos y bajar a la calle a hablar con los sus representados. Enterarse de que con estas tasas de paro y corrupción la confianza de todos en el estado está herida de muerte, y que la situación es tan desesperada que ha empezado a hacer seria mella entre los propios ciudadanos, que en muchas ocasiones se acaban culpando unos a otros de la situación, en plena ola de insolidaridad e individualismo, competitividad descarnada y una lucha sin reglas.

Esta no es una sociedad sana. En el retorcido laberinto capitalista es inviable crear condiciones para tenerla. Y por lo tanto, tenemos que respirar, reflexionar, y en primer lugar, llegar al término de la aceptación: los tiempos que fueron, nunca volverán. Hay que construir otra cosa, desde los escombros.

Pero aquello se terminó, y nunca más seremos los mismos.

Portavoz de la asociación foro socioeducativo Os Ninguéns. Licenciada en derecho. Diplomada en mediación educativa y como formadora didáctica. Titulada en prevención- formación sobre VIH-SIDA y detección-tratamiento de patologías adictivas-drogodependencias.

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