Están torturando a Alfon

Publicado por o día 17/09/2015 na sección de Opinión,Opinión por Miguel Diéguez

Están torturando a Alfon

El pasado viernes 11 de septiembre la Dirección General de Instituciones Penitenciarias decidía pasar a Alfonso Ortega, Alfon, al régimen FIES-5.Una modalidad de reclusión, la del FIES-5, también conocida como “la cárcel dentro de la cárcel” debido al recorte de derechos que se aplica a los presos que lo sufren, especialmente en materia de comunicación con el exterior.

Hasta ahora, Alfon recibía cartas diarias de familiares, amigos y personas solidarias que le enviaban ánimos para afrontar la condena que se la impuesto. Con el nuevo régimen, Alfon pasa de tener derecho a dos llamadas diarias a ocho semanales, 6 menos, siendo grabadas todas las que realice.

Más sangrante es su restricción para comunicarse por carta: pasa a poder recibir sólo 2 cartas semanales, que se fotocopian para ser guardadas. Una violación absoluta del derecho fundamental a la intimidad, que sólo se justifica en aquellos casos en los que se tiene pruebas fehacientes de que la comunicación de los presos se realiza en el marco de una organización cuyo objetivo es la realización de delitos, como las mafias o los grupos terroristas.

¿Alguien en su sano juicio puede pensar que las cartas que le llegan a Alfon de sus familiares y amigos contienen instrucciones para llevar a cabo la comisión de un delito? ¿Le sirve de algo a la DGIP guardar un registro de cuántas veces le dice su madre que le echa de menos, de los abrazos que quiere darle, de las lágrimas que derrama por él?

La respuesta, tristemente, es que sí. Le sirve para humillarle gratuitamente. Le sirve para torturarle.

El término no está usado a la ligera. Lo que está sufriendo Alfon no son meros tratos vejatorios, es tortura. Tortura meditada, tortura planificada, tortura blanca, de la que no deja marcas. Pero tortura, en el sentido más jurídico de la palabra.

El artículo 1 de la “Convención contra la tortura y otros tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes” define la tortura como todo acto por el cual se inflija intencionadamente a una persona dolores o sufrimientos graves, ya sean físicos o mentales, con el fin de obtener de ella o de un tercero información o una cofesión, de castigarla por un acto que haya cometido, o se sospeche que ha cometido, o de intimidar a esa persona o a otras, por cualquier basada en cualquier tipo de discriminación, cuando esos dolores sean infligidos por un funcionario público u otra persona en el ejercicio de funciones públicas a instigación suya, o con su consentimiento y aquiescenncia.

En principio, el único elemento de debate que podríamos debatir es hasta qué punto es grave el FIES. Pues bien, pienso que no podría resumirlo de una forma mejor a como lo hizo Nuria Güell en el párrafo que reproduzco a continuación (el documento completo puede encontrarse al final del artículo):

“Psiquiátricos clínicos consideran que las normas que regulan estos regímenes de aislamiento son medidas de tortura blanca, ya que someten a los reclusos a privación sensorial, monotonía estimular y pérdida de contraste con la realidad. Según los expertos, estos métodos aseguran un daño emocional que inevitablemente es generador de un intenso sufrimiento y un deterioro del sujeto. A través de la represión, bloquean la mente del recluso, neutralizan el espíritu reivindicativo del mismo, su conciencia, afectando su sistema nervioso hasta lograr su anulación efectiva. Son estrategias que conllevan un largo proceso de despersonalización, donde la condición de ser pensante termina torturándote.”

Evidentemente, Alfon no es el único preso que sufre el régimen FIES sin cumplir ni una sola de las condiciones que se le presuponen a los presos que, en principio, pueden ser objeto de sometimiento a este. Estas condiciones, como ya he señalado, se pueden resumir en dos: conflictividad y pertenencia a organizaciones crimiales. Son muchos los casos de tortura los que se producen en España al año, tanto por tortura “dura” como por tortura “blanda”, a través del FIES y otros mecanismos.

Tanto es así que el 6 de febrero de 2004, tras una visita en octubre del año anterior a España, el relator de Naciones Unidas Theo Van Boven afirmaba que la tortura y los malos tratos no eran sistemáticos en España, pero que su práctica no podía calificarse como meramente esporádica e incidental. En su informe señalaba que el sistema legal permitía la ocurrencia de tortura o malos tratos, especialmente en los casos de personas detenidas en régimen de incomunicación. Debido a esto, aconsejaba eliminar los períodos de incomunicación de los detenidos y grabar en vídeo los interrogatorios. El Gobierno español por aquel rechazó los consejos y replicó al relator Van Boven que “sus conclusiones carecen de rigor y fundamento”.

Aquel informe ni recibió la más mínima atención en los medios de comunicación, ni tuvo una acogida significativa en la sociedad española. Como tampoco lo tienen los actuales casos de tortura, como el de Alfon. Para la sociedad española, hablar de tortura es hablar de décadas pasadas, existiendo la creencia de que en España la tortura ya no existe.

Me contaba un día tomando un café una compañera que, cuando se acercó a la reunión de Podemos Vigo en las que se votaban las propuestas que se impulsarían para el programa electoral de cara a las generales, sucedió una situación sólo definible como tragicómica. Cuando propuso aumentar la lucha contra la tortura en España, la primera respuesta que recibió de otra persona asistente fue “pero… te estás refiriendo a la tortura de animales, ¿no?”.

Lo triste de este país es que hay más conciencia y movilización contra la tortura de animales que contra la tortura de personas. Triste pero lógico si tenemos en cuenta que defender los derechos de los animales es una postura más simpática e integrable, hasta el punto de que a nadie nos llevaría mucho pensar en alguien que conozcamos que no para de compartir publicaciones en Facebook sobre derechos de los animales cuando no ha movido ni medio dedo jamás por las personas que le rodean.

Sin embargo, posicionarse contra la tortura de personas no es ni simpático ni integrable. Ninguno de los famosos que se ofrecen a cantar por la abolición del Toro de la Vega se ofrecería a cantar para presos en régimen FIES o para víctimas de la tortura. Y es que denunciar los niveles de tortura en España es nada más y nada menos que señalar un elemento, el de la represión, que si bien ha cambiado mucho desde el franquismo, mantiene un cierto olor a él.

En cierta medida, quienes somos conscientes de la situación debemos hacer cierta autocrítica sobre nuestros errores a la hora de difundir la problemática. Fuera de algunos núcleos concretos y de Euskal Herria, la denuncia de la tortura es un fenómeno híperpolitizado y con unas dinámicas y unas formas comunicativas identitarias, con un lenguaje y una imagen que en muchos casos asustan a quien se acerca por primera vez a la cuestión.

Desde luego, no se trata de frivolizarlo, ni de hacer una crítica destructiva de este fenómeno. Ante una sociedad indiferente a la cuestión, el mecanismo más viable de autoprotegerse ante el sufrimiento de ver a una persona querida en prisión es apelar a una identidad de grupo que nos refugie, una identidad muy marcada, con sus automatismos y sus símbolos.

Pero por doloroso y frívolo que pueda parecer en un principio, es necesario que la defensa de los derechos de las personas presas y la abolición de la tortura superen los ámbitos más “militantes”.

Si el argumento es que debemos solidarizarnos con los presos comunistas, anarquistas o independentistas porque son víctimas de la represión del Estado opresor por luchar por la liberación proletaria o nacional a la que nos somete, nos vamos a solidarizar los que somos comunistas, independentistas o anarquistas. Y nadie más.

Creo que el argumento debe ser otro. Quizás no muchas personas nos identifiquemos como comunistas, anarquistas o independentistas, pero todas (o casi todas) nos identificamos como defensoras de los Derechos Humanos. Y la integridad física y moral es un derecho humano, recogida en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en la Convención anteriormente citada. En ese campo, creo que son muchas las personas que se sentirán apeladas a unirse, y cómodas con lo que defenderán. Quizás así formemos un movimiento no sólo de resistencia, sino de victoria.

Alfon sigue en la cárcel. Hay quien pensará que, si el juez dictaminó que era culpable de portar material incendiario en una huelga, es que sería cierto, y debe cumplir condena. A esas personas, mientras no las convenzamos de que eso no fue lo que pasó, no les pido que se posicionen a favor de su liberación. Pero si se consideran demócratas, sí les pido que se posicionen a favor de su salida del régimen FIES. Aún cuando el Estado debe reprimir para mantener el orden, su labor es neutralizar, no regodearse en el castigo contra una persona que no va a causar ningún daño. Eso es lo que hacen los estados democráticos con su política penitenciaria.

OPINIÓN POR MIGUEL DIÉGUEZ