IDIOCRACIA

Publicado por o día 04/12/2015 na sección de Opinión,Opinión por Oscar González

IDIOCRACIA

Idiocracia es una película estadounidense del año 2006 que, a primera vista, podría parecer la típica chabacanería de humor grueso, argumento escaso y abundante escatología. Y sí, en ella hay un poco de todo eso, pero también una de las más ácidas críticas a nuestra sociedad actual y una aterradora proyección de un futuro posible que no por extrema resulta menos inquietante: el apocalipsis en la forma de estupidez colectiva.

Si a uno, como es mi caso, no le gusta el humor grueso, es difícil digerir esta obra de Mike Judge, porque los chistes sobre funciones corporales y excrecencias varias son más o menos constantes. Al fin y al cabo, hablamos de una película que nos presenta una humanidad tan colectivamente estúpida que hacen que los simios de El Planeta de los Ídems resulten un paradigma de la civilización y la cultura.

Pero si nos acercamos a la película teniendo en mente aquello que Valle Inclán puso en boca de Max Estrella cuando definía el Esperpento en la maravillosa Luces de Bohemia, uno puede encontrarse con una película mucho más inteligente de lo que a primera vista podría parecer.

Y mucho más estremecedora, porque para deformar a los héroes clásicos en los espejos cóncavos del Callejón del Gato, Judge se limita a observar nuestra sociedad y ponerla frente a esos cristales curvados.

Así, en los 84 minutos escasos de metraje de la cinta, uno se encuentra con una sociedad que idolatra a sus famosos y ningunea a sus mentes más brillantes, que ha elegido presidente del gobierno a un ex profesional de la lucha libre –y actor porno, para más señas–, que tiene máquinas en los hospitales en lugar de médicos o que rechaza la ciencia pero cree ciegamente en las diferentes “magufadas” que, por supuesto, nutren la sabiduría colectiva. La lectura y escritura se han convertido en versiones para dummies de un verdadero lenguaje, la historia se desconoce y se reinterpreta sin siquiera un conato de cientifismo y el programa más visto en la televisión es un espectáculo en el que un tipo corriente, un idiota, se hostia una y otra vez contra cualquier cosa, de las maneras más creativas y dolorosas que cualquier mente pueda concebir. No se puede evitar aquí pensar en Jackass, ese programa que, inexplicablemente (o quizá no tanto tras leer este artículo), arrasaba allá por donde iba.

Y hay más, mucho más, pero quizá a ustedes les pase ahora lo mismo que a mí, que el mundo que plantea esta película les resulta demasiado familiar, demasiado cotidiano. Se podría argumentar que la película es una crítica a la sociedad actual mediante la exageración y, por  tanto, es sencillo encontrar elementos de familiaridad en ella.

Y tendrán razón, es así. Pero no por ello debería dejar de preocuparles que la campaña electoral que esta noche comienza haya sido planteada por muchos partidos como una carrera demente por ver quién es capaz de hacer la gilipollez más grande. La renovación que la política española necesitaba era ver a Soraya Sáenz de Santamaría soltarse el pelo y bailar como una gorrina epiléptica o a Mariano Rajoy jugar al futbolín con Bertín Osborne. El nuevo periodo que se abre en la historia de España necesita para poder fraguarse ver como Pedro Sánchez se  cuelga de una cuerda junto a Jesús Calleja o cómo le pica la nariz a Albert Rivera, con quién pasa el año nuevo Juan Carlos Monedero o que Pablo Iglesias tiene un poster de Pulp Fiction en la cocina de su casa, donde, por cierto, todavía mantiene la decoración que tenía su abuela.

El debate y contraposición de ideas, de seguir por este camino, se quedará opacado por los focos de los platós y la guerra fraticida de los shares, porque hablar de programas, ideas y modelos es algo demasiado sesudo y demasiado complejo para esa masa ignorante que parecen considerarnos.

Y así, mientras miramos al cielo con el miedo a esos chemtrails que los diferentes ejércitos esparcen sobre nosotros para alcanzar un fin que no queda demasiado claro en ningún momento, mientras nos cobramos nosotros mismos en cajeras automáticas a la vez que negamos que este mundo automatizado destruya los empleos de más baja cualificación a un ritmo vertiginoso, mientras Ana Rosa Quintana sea nuestra referencia en lo que a debate político se refiere durante las mañanas de un día cualquiera y Roberto Martínez siga siendo un desconocido para la gran mayoría de los españoles, quizá estemos caminando hacia nuestro propio holocausto idiota.

Creo que aún estamos a tiempo de evitarlo, aunque les diría que nuestros partidos de gobierno se han dado ya por vencidos. O, para ser exactos, se han dado cuenta que algunos de ellos tendrían mucha más facilidad para salir elegidos si el mundo se pareciese más al que nos describe Idiocracia, así que no se sorprendan si en los próximos días ven a Mariano Rajoy salir en televisión con una nariz roja y haciendo malabares con pelotas de goma, o dando un mitin subido en un banco, cocinando unos mejillones al limón –¿en serio? ¿esas son todas tus dotes culinarias y tienes los santos moluscos de ir a lucirlas? – o preguntando con gesto bobo ¿y la europea?, afirmando que los españoles son muy españoles y mucho españoles o cualquier otra frase por el estilo, más dignas de un cuadernillo Rubio de nivel 1 que de un candidato a la presidencia del gobierno.

¡Ay, Idiocracia, suerte que tan solo eres una película!

¿No?

OPINIÓN POR OSCAR GONZÁLEZ