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Opinión por Óscar González
Publicado por o día 31/03/2016 na sección de Opinión,Opinión por Oscar González

Me temo que el PSOE vigués no ha entendido bien eso de la «nueva política». La ciudadanía demanda mayor apertura y transparencia, a la vez que una cierta relajación en las formas y los modos, que se han quedado bastante anquilosados y huelen a ropero antiguo. En este sentido, cualquier cosa que suponga la normalización de la clase política, su acercamiento a los ciudadanos (que no a los Ciudadanos), ha de leerse como algo positivo, aunque todavía esté a años luz de lo que desearíamos, y el hecho de que los que dicen gobernarnos se dirijan a nosotros en gallego o castellano vulgar, en lugar de hacerlo en esa suerte de neolengua orwelliana a la que nos tienen acostumbrados, sea un soplo de aire fresco.

Ocurre que algunos de esos políticos confunden la cercanía con la actitud tabernaria. Es el caso de la presidenta de la Diputación de Pontevedra, Carmela Silva, que en el pleno de ayer día 30 interpelaba a la popular Elena Muñoz con un «qué amargada estás siempre, cariño, de

verdad», que desataba las risas incontrolables de varios compañeros de partido. Alguno de ellos, como Rivas, imputad… perdón, investigado, en un caso de prevaricación, tenía serias dificultades para mantener la compostura. Es lo que tiene la sensación de ser intocable, que todo te hace gracia porque, en el fondo, te la pela.

Y no es que Elena Muñoz sea santa de mi devoción, que no es el caso ni de lejos. Muñoz tiene en su haber algunos puntos oscuros que no estaría de más que un día clarificase, como por ejemplo qué clase de superpoder le permitió estudiar el proyecto del Álvaro Cunqueiro y emitir un informe favorable en ocho horas cuando era Interventora Xeral de la Xunta.

También resulta indigesto su falsario interés en el bienestar social, una materia que nunca ha preocupado demasiado a su partido al que, hasta donde sabemos, nunca ha censurado sus asesinos recortes en este campo. En fin, por no extenderme, que no me gusta esta señora, ni su partido, ni su grupo municipal, ni lo que todos ellos representan.

No es el primer ejemplo que el PSOE de Vigo ha dado de padecer dificultades cognitivas. Al señor alcalde, Abel Caballero, le pareció divertidísimo llamar «gordo» a un ciudadano aquejado de obesidad mórbida durante la noche de San Juan del 2014. El insultado presentó denuncia y, finalmente, Caballero pidió disculpas. Intuyo que Silva no lo hará por el bochornoso espectáculo de ayer.

Un político no debería hacer uso de su cargo para reírse en la cara de sus oponentes. Pero claro, estamos hablando del PSOE vigués, el que ha propuesto al astillero Cardama para recibir el premio «Vigués Distinguido» por su trabajo en la instalación del Bernardo Alfageme en Coia.

¿Se puede alguien reír en la cara de todo un barrio? Ahí tienen la prueba de que sí.

Disfruten lo votado.

OPINIÓN POR ÓSCAR GONZÁLEZ