La agresión a la chica de Vox, la hegemonía ideológica y la demonización de la clase obrera

Publicado por o día 26/08/2015 na sección de Opinión,Opinión por Miguel Diéguez

La agresión a la chica de Vox, la hegemonía ideológica y la demonización de la clase obrera

Ayer, tres idiotas agredieron a la presidenta de Vox Cuenca, propinándole una paliza en las inmediaciones de su portal. Paliza que al parecer le hizo perder el conocimiento y ser enviada al hospital.

Tras este hecho, se ha desatado una ola de solidaridad en las redes sociales, en la que miembros, círculos y órganos de Podemos han participado muy activamente para condenar los hechos y solidarizarse con la chica.

Y yo me pregunto dónde está toda esta solidaridad, todo este repudio a la violencia, cada vez que se produce una agresión neonazi en España, lo cual sucede de forma cada vez más habitual.

Vaya por delante que no defiendo la agresión, por si alguien está sacando ya captura de pantalla para que me apliquen la Ley Mordaza. Como estudiante de Derecho, ante un caso de violación del Código Penal como este, la Policía debe actuar identificando a los agresores y recabando pruebas, para que el Ministerio Fiscal presente acusación y se dicte sentencia.

Y ahí se acaba mi opinión sobre el caso.

La ola de solidaridad con una “señorita” con perlas tan democráticas en su Twitter como “Yo al comunismo no lo respeto. Lo bombardeo” me parece que refleja dos cosas, o más bien, una general, y dentro de ella, una más específica, ambas ya reflejadas en el título: una hegemonía ideológica absolutamente desfavorable y una demonización rampante de la clase obrera.

Como ya he dicho más arriba, mi opinión sobre el caso es que se debe cumplir la ley, pero no siento ningún tipo de pena, ni me solidarizo, ni condeno nada. Condenar condenan los jueces, y de momento todavía es legal elegir por quién siento o dejo de sentir empatía. Como la energía mental, y sobre todo, la publicaciones de Facebook, son limitadas, prefiero reservar mi solidaridad y empatía para, por ejemplo, las miles de personas que mueren cada año en el mediterráneo, o los miles de inmigrantes que han vivido en España durante estos años pasando enfermedades en sus casas por miedo a ir a un hospital y que les deportasen enviándoles con ellos la factura de la atención médica. Personas con las que a buen seguro esta “señorita” no se solidarizaría.

Esta hegemonía ideológica desfavorable se muestra en toda su extensión en la desigual respuesta frente a una agresión respecto a quién sea el agredido. Si la agredida es una persona defensora del Régimen, léase esta defensora de bombardear el comunismo o la joyita de Isabel Carrasco, al sector anti­Régimen se nos exige que nos solidaricemos y mostremos toda nuestra repulsa a lo sucedido. Sin embargo, si el agredido es un joven antifascista, el Régimen lanza toda su fuerza para criminalizarlo: “se lo buscó”, “los extremos se tocan”, o “tan malos son unos como otros” son frases que nos hartamos a oír cada vez que un nazi acuchilla a una persona por ser antifascista.

Si en vez de un antifascista acuchilla a un gay o a una persona migrante, hecho ya más difícil de defender, se condena, pero se presentá como una agresión homófoba o racista “sin más”, esto es, sin ir más allá, sin denunciar la ideología nazi del agresor y por supuesto sin denunciar que pertenece a grupos organizados que cuentan con la connivencia del Ministerio del Interior, que no los ilegaliza a pesar de incumplir varios preceptos constitucionales y otros cuantos artículos del Código Penal.

Pero además, lo sucedido me recuerda mucho a lo narrado por Owen Jones en “Chavs, la demonización de la clase obrera”. Jones la reacción de la prensa inglesa ante dos hechos terribles, las desapariciones de las niñas Madeleine McCann y Shannon Mathews.

Madeleine era una niña rubia, de clase media­alta, que desapareció en unas vacaciones familiares por el Algarve en un complejo hotelero también de clase media­alta. Shannon desapareció en las calles de Dewsbury, al este de Yorkshire, en un barrio obrero. La familia McCann apareció ante los medios de comunicación bien vestidos, elegantes. Cedieron a la prensa una foto suya posando con sus dos bebés gemelos en la que se les veía como una auténtica familia modelo, muy fotogénica. El padrastro de Shannon, visiblemente nervioso y sin saber cómo actuar ante los medios, apareció ante los medios con gorra de béisbol, sudadera y pantalón de chándal.

La reacción fue absolutamente desigual. A los 15 días de su desaparición se habían escrito 1.148 historias sobre Madeleine, al tiempo que se habían ofrecido 2,6 millones de libras para quien la devolviese a sus padres. Entre los donantes principales se encontraban los periódicos News of the World y The Sun.

Cuando Shannon desapareció, las historias publicadas en prensa fueron ínfimamente menores, y la cifra ofrecida por su entrega fue de 25.000 libras, aportada por el Sun. Si tuviéramos que medirlo en dinero, que es como los poderosos miden siempre lo que hacen, valoraron la vida de una niña de clase obrera en 150 veces menos que la vida de una niña rubia de clase media­alta. Pero ya no hay lucha de clases.

Esta reflexión no me parece baladí. Cuando en junio de este año tres neonazis atacaron a una menor de edad cerca del Hogar Social Madrid (centro neonazi amparado por nuestra queridísima demócrata Cristina Cifuentes), marcándola en la piel con una navaja con un símbolo nazi, pocos medios más allá de la izquierda dijeron nada.

Sin embargo, ante un patrón muy similar (mujer de corta edad agredida por tres matones), la respuesta es masiva por parte de los medios. La diferencia es que esta vez la agredida ha sido una chica rubia, de piel muy blanca, bien parecida, y de un partido que defiende los intereses de los ricos.

Pablo Iglesias dijo una vez, refiriéndose a Llamazares sosteniendo una pancarta junto a Berlusconi en una manifestación, que a veces hay que saber decir no y plantarse, por muchas críticas que te vayan a caer, para que el sistema no acabe por integrarte y neutralizarte. Creo que, viendo la reacciónn ante este caso, no es mal momento para replantearse con quién estamos sosteniendo la pancarta en la manifestación.

OPINIÓN POR MIGUEL DIÉGUEZ

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