La cara menos rosa del cáncer

Opinión por Carla Leiras.

Opinión por Carla Leiras

Hoy es un día señalado. Habitualmente, las campañas contra el cáncer de mama salientan, en entendible intención esperanzadora, la parte más estética: una legión de modelos, actrices y presentadoras se envuelven el cabello en un pañuelo rosa, y transmiten su solidaridad y fuerza a las afectadas: maquilladas, peinadas, perfectas; “todo volverá pronto a la normalidad”.

En ocasiones, las causas benéficas relativas a esta enfermedad se vuelven pomposas: lazos, galletas, carreras, fotos de facebook: son instrumentos útiles y a agradecer, pero que a veces oscurecen las partes más importantes del movimiento de conciencia que se intenta despertar: hacer hincapié en la prevención, en la necesidad imperiosa de investigación como piedra de bóveda para lograr una cura definitiva, en la financiación de los estudios, la utilidad de los grupos de apoyo, y también, por qué no, explicar la cara menos “rosa” de la enfermedad sin aspavientos: el brutal tratamiento, las náuseas, los mareos, las consecuencias del tamoxifeno, el bombardeo por saturación que es la quimioterapia, la sensación de pérdida de control que se siente al ver a diario mechones de cabello en el cepillo, el calor y el picor de las pelucas, los sofocos, la primera vez que una mujer se mira al espejo tras la intervención quirúrgica, las consecuencias hormonales y por lo tanto, sexuales, el nuevo tono lechoso de la piel…

En una sociedad en la que esta enfermedad se lleva el récord de incidencia (con 27.000 casos nuevos al año en España), y sabiendo que ninguna mujer estamos a salvo de caer en sus garras (1 de cada 8 la padecerán a lo largo de su vida), sigue habiendo jóvenes que no saben que han de ir a revisión, mujeres que no saben cómo autoexplorarse para detectar anomalías, etc.

Pero igualmente, al hablar del cáncer de mama hay que hablar de todo: de la depauperización económica, cuando no te reconocen la invalidez y estás demasiado enferma para trabajar, pero no lo suficiente para continuar de baja: las secuelas, el no poder utilizar los brazos con libertad o coger pesos por la pérdida de ganglios de la axila, el cansancio perenne durante el tratamiento, el deterioro de la vida social, la delicadeza de un concepto etéreo de mejora que en gran parte depende del estado de ánimo, de las defensas, de la fortaleza y aprender a controlarla… y por otra parte, de la pura suerte aleatoria: son tantos factores, tan complejos, profundos, que acometer, que el pilar básico debería ser la educación: en inteligencia emocional para que nuestros jóvenes aprendan desde pequeños, los mecanismos para tolerar un golpe como este, tanto los afectados, como su entorno, que aprendan a empatizar con las necesidades de quien está pasando por ese trance, y que sepan cómo actuar.

Recuerdo a un amigo, con otro tipo de cáncer, en la cabeza, que no había querido contárselo a nadie. Pero no se sabe cómo, se corrió la voz, y, cuando pasado el tratamiento, encontró fuerzas para salir, y sólo quería sentirse normal, ir a un bar, tomar una cerveza con sus amigos y escuchar algo de música: en el momento en el que entró en la habitación, se hizo el silencio total. Todo el bar se quedó mudo, sin mala intención obviamente pero con la incapacidad de manejar la situación, saber qué decir. Pues cualquier cosa, buenas noches, buen concierto, qué te pongo, etc. Pero sólo hubo un largo silencio. Porque a veces no estamos preparados para estas cosas: para que de repente, un amigo que hemos visto ser pura vitalidad durante años, aparezca tan delgado, débil, pálido, ojeroso, sabiendo lo que ataca su cuerpo, y lo que le puede pasar mañana, pasado, dentro de unos meses. Somos humanos, y a veces las cosas nos superan. Pero hay que estar preparados para esto. Aprender a no mostrarse condescendiente, compasivo, dejar de preguntar “cómo estás”, con tono fúnebre como si estuviésemos en un eterno tanatorio, porque a lo mejor, esa persona, en un semestre estará recuperada y volverá a su vida normal, y quienes se la hemos hecho anormal hemos sido nosotros.

Ni dramatismo, ni frivolización. Es un equilibrio complejo.

Debemos derribar los tabús. El miedo a hablar de la muerte, a comunicarnos, el miedo al propio miedo.

No todo es rosa en el cáncer. Pero tampoco en la vida, y para eso estamos las personas del entorno: para apoyar, tirar, luchar, arropar, y estar listos para ver con entereza a esa persona hecha polvo, pero también, al fin, recuperada del todo, para siempre.

No olvidemos que el 82,8 % del cáncer de mama se cura.

Vamos juntos a por el 100%, y mientras, todos juntos y fuertes, “a cabalgar, hasta enterrarlo en el mar”.

Veciña de Coia. Coportavoz do foro socioeducativo Os Ninguéns, espazo (inspirado en Galeano) de loita contra a exclusión e a pobreza severa na contorna de Vigo. Formada en tratamento de drogodependencias, mediación educativa, VIH-SIDA, traballo social en centros penitenciarios, orientación laboral e pedagoxía didáctica. Licenciada en dereito económico.

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