La mala educación

Publicado por o día 26/02/2015 na sección de Opinión,Opinión por Oscar González

La mala educación

Si no fuera porque a ciertas edades uno ha de ser permanentemente consciente de la fecha en la que vive, el BOE del día de ayer podría hacernos pensar que era 28 de diciembre y que el Gobierno nos estaba gastando una broma magistral. Sin gracia, pero magistral. Me refiero a la publicación de los nuevos currículos de la asignatura de religión que, acompañados de una exposición de motivos que nos retrotrae a tiempos pretéritos de fascistas desfilando bajo palio, consagra un nuevo paso en la degradación educativa de los niños y niñas de este país.

Echando mano en ciertos momentos de razones que traen a la memoria a pensadores tan modernos como Tomás de Aquino y sus Cinco Vías –Dios existe porque tiene que existir y otros argumentos de rabiosa vigencia–, el Gobierno del Partido Popular no sólo convierte la religión en materia computable para el expediente académico, sino que pone la educación pública al servicio de una institución como la Iglesia Católica, la misma que ha ocultado durante décadas los abusos sexuales a menores, que predica la paz e invierte en empresas armamentísticas y la misma que, siempre en nombre de la libertad otorgada por Dios al ser humano, ha sido amiga y apoyo de dictadores nauseabundos como Videla, Pinochet o Salazar, por nombrar sólo unos cuantos de sus más destacables méritos. Poner una parte de la educación de un país democrático en manos de una organización hermética, machista, discriminadora, retrógrada y delincuente no deja de resultar una contradicción en sí misma, pero es una más de tantas que existen en nuestro ordenamiento jurídico. Lo verdaderamente preocupante es echar un vistazo a los contenidos de la asignatura en los diferentes cursos.

Así, los alumnos del primer curso de primaria, tendrán que “memorizar y reproducir fórmulas sencillas de petición y agradecimiento”. ¿Cómo las memorizarán? Rezando en clase. Sencilla y llanamente. También deberán aprender a “expresar el respeto al templo como lugar sagrado”, mientras queda ya para el segundo curso aprender a “reconocer la incapacidad de la persona para alcanzar por sí misma la felicidad” o “relacionar la unidad de la iglesia con la unidad de los órganos de su propio cuerpo” o “comprender que la elección que hacen Adán y Eva (es decir, el conocimiento) es un rechazo al don de Dios (que, por eliminación, debe ser la ignorancia)”.

Todos estos extractos son de los programas de los tres primeros cursos. Hay ocho más para completar el ciclo de adoctrinamiento, que culmina en un glorioso “identificar personas que son autoridad en su vida y explicar cómo reconoce en ellas la verdad”.

Con este tipo de enseñanzas, los alumnos estarán desde muy pequeños aprendiendo a ser sumisos, a no cuestionarse la autoridad –ni nada, en realidad–, a creer que serán incapaces de ser felices si no es mediante la devoción ciega a un poder superior (llámese Dios, llámese Gobierno), habrán aprendido a no ser críticos ni hacerse preguntas, que los templos son sagrados y la jerarquía eclesiástica, esa que hace votos de pobreza y se jubila en pisos de 400 metros cuadrados, incuestionable. Aprenderán que su religión es la única verdadera, porque ya no habrá referencias a las otras. Y crecerán más ignorantes, mucho más mansos, y mucho más manejables.

Porque, en el fondo, no nos equivoquemos, de eso va todo esto: de docilidad, de sumisión, de no cuestionarse el poder ni el orden establecido. De perpetuar los privilegios de la Iglesia, tan amiga siempre de los reaccionarios y tan enemiga del pensamiento crítico. De mantener la simbiosis parasitaria entre el que enseña a ser sumiso y los gobiernos devotos de las mayorías silenciosas.

De volver, en fin, a un país de vírgenes condecoradas y ministros de mantilla y peineta, de obispos que expolian bienes públicos amparados en leyes ad hoc y abortos en el extranjero, de presos políticos y pájaros siniestros en banderas.

Águilas o gaviotas, da igual.

OPINIÓN OSCAR GONZÁLEZ