La metabolización de los refugiados sirios

Publicado por o día 15/09/2015 na sección de Opinión,Opinión por Miguel Diéguez

La metabolización de los refugiados sirios

Karl Marx, en El Capital, nos dejó conceptos tremendamentes útiles para el análisis de la sociedad capitalista, principalmente en su vertiente económica, pero también en las vertientes cultural y política. Conceptos como “tendencia a la concentración del capital”, “plusvalía”, o “tiempo de trabajo socialmente necesario”, forman parte de una lista interminable de herramientas con las que no sólo entender la realidad, sino tratar de transformarla. Algunas han perdido vigencia tras siglo y medio de cambios, pero otras mantienen la frescura y la vigencia del primer día.

Uno de esos conceptos, para mí sin duda uno de los más estimulantes intelectualmente, es el de “metabolización”. Un concepto propio de la biología, que obliga a pensar de forma dialéctica, entendiendo el objeto de estudio como un objeto en permanente cambio, y no como un ente estático que diseccionar en un laboratorio.

Marx entendía el capitalismo como un organismo vivo. Y como todo organismo vivo, este se nutre de aquellos elementos que le pueden suministrar energía. Por supuesto, ningún “alimento” contiene únicamente nutrientes, también contiene partes que deben ser expulsadas del organismo. Además, la propia absorción de nutrientes genera residuos que se deben expulsar. Esto es, el capitalismo metaboliza aquellos elementos que le pueden nutrir, expulsando los restos.

A veces, esta metabolización se produce con elementos en principio absolutamente opuestos, especialmente en lo cultural. Así, el capitalismo no ha tenido ningún problema en metabolizar la lucha por los derechos de libertad sexual, o el derecho a disfrutar de formas culturales alejadas de la tradición.

Hay que entender que metabolizar no es sólo neutralizar, sino “alimentarse de”. Como la espada de Gryffindor, el capitalismo integra todo lo que le hace más fuerte. Así se pasó de un rechazo a la homosexualidad y una criminalización de las formas culturales alternativas, a la mercantilización de dichas formas culturales. Si la libertad sexual y el punk son algo que se pueda vender en un mercado donde genere beneficios, bienvenidos sean al capitalismo.

En la última semana hemos asistido al comienzo de esta metabolización. Una metabolización que, en este caso, de momento no tiene tanto de beneficio comercial como de autolegitimación de lo existente. Aunque a nadie extrañaría que se acabe licitando un contrato de obra para construir un pabellón para acogerlos y que esta obra acabe en manos de algún amigo de un concejal o diputado del PP.

La metabolización ha comenzado por la despolitización del problema, presentando la guerra en Siria como un fenómeno natural, como si hubiese caído del cielo sin que sepamos por qué llueve, que diría nuestro Presidente el catedrático. Este fenómeno además viene cargado de un racismo paternalista asqueroso: tenemos que acogerlos porque pobrecitos moros, en sus países la guerra es algo normal porque no saben hacer otra cosa que matarse por religión (y no porque nuestros gobiernos quieran jugar al Risk armando hasta los dientes a fanáticos como el Estado Islámico), así que vienen a Europa a que les acojamos. Adopta un cachorro, o adopta un sirio, ambas son formas de alimentar tu complacencia de civilizado y humanista europeo.

Pero la metabolización tiene visos de no quedarse sólo en una legitimación de lo existente, sino que se utilizará para legitimar una nueva ofensiva contra Al Assad, esa pieza discordante incrustada entre los regímenes-títere de Oriente Medio al servicio de Estados Unidos. El País, lo más parecido a un órgano intelectual de régimen que tenemos en España (lo cual dice mucho sobre cómo anda el patio, y las cátedras universitarias), ya se ha lanzado a sacar en portada la semana pasada la necesidad de bombardear Siria. Curioso que la forma de solucionar la llegada de refugiados sea lanzar más bombas en los lugares de los que proceden.

Pelear contra esta metabolización va a ser complicado. En primer y más evidente lugar, porque los partidarios de la metabolización cuentan con el equipo de sonido de un macrofestival para difundir su mensaje, mientras nosotros tenemos un amplificador que malamente da para tocar en el metro. Pero también porque la metabolización de los mensajes que lanzamos unos y otros, son muy diferentes. Frente a un mensaje “caramelo”, fácilmente soluble y agradable en la boca, como es el mensaje “despolitizado” de la ayuda al refugiado, el cual apela a sentimientos muy loables, los anti-imperialistas tenemos un mensaje “fabada”, muy pesado, con una digestión lenta que requiere su tiempo digerirlo.

Si queremos tener alguna posibilidad de hegemonizar la ayuda a los refugiados y evitar que se convierta en un arma contra su país, debemos ser capaces de pelear en los términos adecuados, sabiendo contrarrestar por una parte este paternalismo apoyado en buenas intenciones, y por otra parte el rechazo que producirá en ciertos sectores de la población, basados en el tramposo argumento de “si no tenemos para los de aquí, ¿cómo vamos a ayudar a los de fuera?”, cuando curiosamente esos sectores no han dicho absolutamente nada en todos estos años sobre los desahucios, el cercenamiento de derechos laborales o la destrucción del sistema de pensiones.

El reto es mayúsculo, pero no tenemos más remedio que lograrlo. De lo contrario nos encontraremos con nuestro enésimo atragantamiento, mientras el régimen se relame disfrutando de una plácida digestión.

OPINIÓN POR MIGUEL DIÉGUEZ