Las mentiras que nos contamos

Artículo de opinión por Oscar González
Publicado por o día 23/11/2016 na sección de Opinión,Opinión por Oscar González

Las mentiras que nos contamos

Hace unos días ha salido a la luz la grabación de una entrevista que la periodista Victoria Prego hizo a Adolfo Suárez en la que este afirmaba, tapándose el micrófono con la mano, que la monarquía se coló en nuestro texto constitucional porque, de haberse convocado un referéndum sobre la forma del estado, las encuestas decían que se habría perdido.

Son muchas las preguntas que ese documento ha puesto encima de la mesa, siendo la menos trascendente de todas de qué coño pensaba Suárez que estaban hechas sus manos, si creía tener jaulas de Faraday o qué exactamente. Entre las relevantes, cabe preguntar si esta no será la clase de información que justifica la existencia de la profesión periodística, una pieza que pone de manifiesto que la “ejemplar” transición española, ese salto hacia la supuesta democracia que para muchos fue más bien un salto al vacío, tuvo bien poco de modélica y mucho de lavado de cara al “atado y bien atado”, de hacer creer a todo un país que soñaba con la libertad y la modernidad que era el verdadero dueño de su destino.

La excusa que Prego esgrime en su defensa es burda y cutre a partes iguales. Decir que se trata de un off the record y que eso es sagrado sería un argumento defendible de no ser por la importancia de lo que Suárez revela: que el artículo 1.1 de nuestra sacralizada Constitución miente, porque España nunca “se” constituyó “en un Estado social, democrático y de derecho”. Si acaso, “fue constituida”, una forma pasiva que vacía de significado ese pronombre reflexivo al que tantísima importancia dan los constitucionalistas porque representa la forma en que el pueblo español eligió cómo quería ser.

Quizá lo más sorprendente de la confesión de Suárez, ahora que ha salido a la luz, es la forma en que los medios generales han pasado casi de puntillas por encima de la cuestión. O quizá no tanto: Suárez fue uno de los pilares sobre los que se construyó el relato mítico de cómo cambió todo de la noche a la mañana para seguir más o menos igual, y eso de derribar mitos es algo que jode mucho. El demócrata, el moderado, el que fue capaz de aunar consensos para garantizar el futuro del país, un relato precioso que no conviene afear; una serie de leyendas convertidas en sentido común general por la mera repetición, que ocultan esa otra cara de Suárez que a menudo se obvia: la del mando intermedio del régimen franquista, alto cargo de Falange, unido por una gran amistad a Juan Carlos de Borbón, el rey que nos dejó el dictador como regalo y cuya figura había que garantizar a toda costa. El mismo que el 23 de febrero de 1981 salía ganando pasase lo que pasase, amigo íntimo de uno de los artífices del golpe que metió a España debajo del sofá a esperar a que escampase y cuya figura invocaba Tejero mientras entraba en el Congreso de los Diputados.

Desde esa perspectiva se entiende mucho mejor por qué los presidentes del gobierno juran el cargo con una mano sobre La Biblia y frente a un crucifijo de oro, por mucho que diga la sacrosanta que esto es un estado aconfesional.

Suárez era lo que era: la voz de su amo, un hombre de partido que cumplió con su encargo de manera ejemplar y, terminado este, se apartó con elegancia y discreción hacia los rincones del olvido, de los que ya solamente salió para reforzar de vez en cuando aquella idea de lo modélico del cambio de régimen, mientras los fascistas seguían campando a sus anchas y los antifranquistas se pudrían y se siguen pudriendo en tumbas anónimas. Un verdadero héroe, vamos. ¿Por qué será que le gusta tanto a Albert Rivera?