Lo que quieras, pero hablemos

Opinión por Carla Leiras.
Por o 23/03/2017 | Sección: Opinión,Opinión por Carla Leiras
Lo que quieras, pero hablemos
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Opinión por Carla Leiras

Cuando uno se para a observar los rostros de las personas que viajan en un metro o un autobús, puede contemplar en sus semblantes las mismas cosas: apatía, cansancio y estrés.

Cuando uno va o vuelve del trabajo, si es que lo tiene, y dispone de un momento en el que puede no interactuar con clientes, amigos o familia, muestra su estado de ánimo real. Y lo que subyace por encima de otras impresiones, son estos tres estados. Raro es encontrarse a alguien cantando, sonriendo a solas o con aspecto despierto, relajado o descansado. Generalmente el lenguaje corporal de un extraño refleja cansancio extremo, nerviosismo, rictus agitado, ceño preocupado, o simple apatía; a veces tristeza. A nadie llama la atención que un compañero de asiento lleve los ojos empañados: seguimos nuestro camino, “bastante tengo con lo mío”.

¿Qué factura está pasando el alto nivel de estrés que estamos padeciendo?

Las maratonianas jornadas laborales, la difícil conciliación con la vida familiar, la inseguridad económica, la enorme tasa de actividad diaria, el poco descanso, los madrugones, más el tiempo y el estrés añadido que generan las pautas de conexión internauta a quien se haya subido a ese carro de la gestión de otra vida virtual añadida, que genera inercias estresantes, dependientes, que nos hace ver en cafeterías amigos en silencio tecleando en sus pantallas… están teniendo en cuanto a un modelo de personalidad ciertas  secuelas: pobreza de reacciones, abatimiento, niebla intelectual, descompensación del ánimo, apatía, problemas de sueño, hostilidad, trastornos adaptativos, palpitaciones, problemas de concentración, deterioro cognitivo, trastornos obsesivo compulsivos, ciclotimias, úlceras, cefaleas, conductas alimentarias ansiosas…

Una parte del estrés diario viene dado por la influencia externa sobre nuestro impacto social, a nivel de autoimagen, compuesta por los logros profesionales, relaciones sociales, y también el aspecto físico. Hombres y mujeres somos constantemente bombardeados con falsas necesidades creadas para promover nuestro consumismo: peinado perfecto, dentadura perfecta, poco peso, facciones armónicas, una estética a la moda y que cumpla con los cánones, etc. Se nos recuerda el tiempo diario que deberíamos dedicar al gimnasio, y a la cosmética, al cuidado, depilación, maquillaje…

Igualmente se nos presupone un tiempo concreto de ocio que debemos cubrir de manera satisfactoria, a ser posible reflejado en las redes, aportando la foto en el cine, en el concierto de moda, en una cena exclusiva: todos debemos poder pagarnos este ocio, dedicarle varias horas y comunicarlo en tiempo real.

En cuanto a las relaciones personales, tenemos que encontrar tiempo, entre la yincana laboral y familiar, para dedicar atenciones a los amigos, recordar y asistir a sus eventos importantes, tener ahorros disponibles para agasajarles como merecen en bodas, comuniones, cumpleaños, bautizos…

Tenemos que sacar tiempo para citas, si las deseáramos: estar en ellas disponibles, despiertos, animados, deseables, arreglados, perfumados, divertidos, o, si tenemos pareja, asumir los problemas comunes, interesarnos por lo del otro, ser un binomio unido, sin descuidar la chispa, bregando con las complicaciones del día a día que se multiplican por dos sin dejar que eso pase factura a la armonía entre ambos.

También debemos descansar las horas recomendadas, dormir adecuadamente, para lucir radiantes en el trabajo, en el ocio, en las citas… y a mayores sacar tiempo para uno mismo, para reflexionar, leer, escuchar, música, escribir, ser creativo, cuidarnos, mimarnos, analizar nuestros actos, planear viajes, el trabajo, pensar sobre las expectativas…

Es un hecho que veinticuatro horas diarias no aguantan estos ritmos, sin contar con quien debe dedicar gran parte del día a hijos pequeños y no perderse ciertos momentos: reuniones escolares, cumpleaños, la hora del baño, actividades deportivas… lo cual se vuelve cuesta arriba y exige de un malabarismo constante, cuando uno no tenga la suerte de contar con apoyo: niñeros, abuelos, hermanos que colaboren con el tetris de horarios imposibles.

A esto tenemos que sumarle el miedo diario de perder nuestras pobres condiciones de vida. El miedo es un agente que agita y agota en sí mismo, y no podemos desprendernos de él.

El programa de Évole recientemente hacía una encuesta sobre a qué derechos estaría dispuesto a renunciar un ciudadano por conservar su puesto de trabajo. En un primer momento había algunos que consideraban irrenunciables: libertad de expresión, educación y sanidad públicas, etc. Finalmente muchos decían renunciar a cualquiera de sus derechos con tal de conservar el trabajo, porque sus obligaciones diarias y el enorme nivel de sobreendeudamiento familiar primaba por encima de sus necesidades personales.

Pensemos en lo terrible que es esto; sentirse totalmente obligado a mantenerse en una situación inestable y precaria sin poder tener capacidad de plantearse si hay otros caminos porque el agua al cuello no nos permite tener más visiones. Ese peso, esa losa, de ser un pilar fundamental que no puede fallar, añade más estrés, y nos encontramos personas en la treintena envejecidas, agotadas, que han perdido no solo la inocencia, sino la frescura, el humor y la capacidad de afrontar el día a día sin un halo de pesimismo atroz y unas ojeras de las que carecían nuestros abuelos, que pasaron una guerra y no conocieron más que trabajo e incertidumbres.

Nosotros, a una manera moderna y retorcida, estamos pasando por nuestra guerra personal. La del despotismo financiero, la de carecer de red de seguridad, la del entreguismo de derechos: por eso es importante contar con una inteligencia emocional fuerte que sea capaz de bregar con estas situaciones: debería ser introducido en el sistema educativo un programa que contemple la enseñanza de cómo tolerar la frustración.

La resiliencia es la capacidad de encontrar la forma de salir de una espiral de desánimo y trauma y construir con las vivencias pasadas estresantes un presente firme y emocionalmente sano: para adquirirla hay que trabajarla constantemente, a veces con apoyo externo, profesional o no.

En ocasiones, resulta imprescindible dejar el orgullo a un lado y pedir ayuda. No tiene que pedirla solamente un alcohólico o un adicto: a alguien a quien el estrés pesa tanto que flagela su vida diaria y por lo tanto le ronda la depresión, sin dejarse atrapar por ella “por falta de tiempo”, también hay que ayudarle, arroparle, tirar de él hacia delante.

En este trago social que estamos pasando, en un mundo que no entendemos, en un futuro que no esperábamos, sin saber cómo luchar o contra quién, porque nuestros molinos son invisibles, intangibles y lejanos , sintiéndonos solos y asustados, amenazados, inestables, perdidos: ayudémonos unos a otros. Peleemos contra el individualismo acérrimo que nos imponen los intereses creados. Dejemos de plantearnos las cargas de la vida como personales e intransferibles. Creemos lazos, construyamos comunidad.

Contemos lo que nos asusta, lo que necesitamos para levantar cabeza. Al menos empecemos por hablar de ello. Dejemos de llamarlo “nuestras miserias”, porque la miseria es otra cosa.

Entre todos, una sangrienta cruz de madera se transporta mucho mejor.

El silencio es un cáncer. Literalmente.