Los límites del silencio

Artículo de opinión por Oscar González
Publicado por o día 24/11/2016 na sección de Opinión,Opinión por Oscar González

Los límites del silencio

La vida de Rita Barberá se pasó ejerciendo de sátrapa en el ayuntamiento de una de las principales ciudades del estado español. La muerte se le vino, tan callando, en un hotel de lujo de Madrid, apenas dos días después de haber visitado el Supremo para declarar sobre uno de los chanchullos que explotaban a su alrededor, como una Mascletá de mierda que empezaba a salpicarla.

Fue la difunta en sus últimos meses un cascarón vacío, una bomba nuclear de plástico, un siniestro juguete roto. De no haber sido tan despreciable lo que representaba, habría provocado incluso compasión ver cómo su partido la degradaba de ídolo a paria cuando empezaron a pintar bastos. La señorona se convirtió en un recordatorio semoviente de todo aquello de lo que el Partido Popular quería distanciarse: la corrupción, el despilfarro, la ignorancia deliberada. A más de uno se le atragantaría la comunión y se le abrirían estigmas pensando en la posibilidad de que un día le diese por largar por aquella boquita. Hoy, seguro, en esa misma intimidad en que Aznar hablaba catalán, muchos respirarán aliviados, mientras en público nos muestran lo terriblemente afectados que están. Tanta paz lleves como descanso dejas, pensarán. La muerte es el único silencio que nadie puede quebrar.

La noticia inaguraba los informativos de este miércoles que, por lo demás, se presentaba tranquilo. A primera hora, Barberá había sufrido un infarto. Minutos después, se anunciaba el deceso. Un poco más tarde, la polémica estaba servida: los diputados de Unidos Podemos, junto con sus confluencias, abandonaban el hemiciclo por considerar que no procedía un homenaje a la mujer que personificó como nadie eso de creerse por encima del bien y del mal.

En un país cuerdo, la noticia habría sido que en el Congreso se pretendía guardar un minuto de silencio por la señora que se cachondeaba desde un balcón de los familiares de los muertos en el accidente del metro de Valencia que segó la vida de cuarenta y tres personas. La misma que decía que no hay nada de raro en recibir regalos mientras se desempeña un cargo público. La que se hacía fotos en un Ferrari conducido por Camps, el de los trajes, en aquella ruina para Valencia que fue el circuito de F1. La que representaba a la ciudadanía, especialmente a los más pobres, con astronómicas facturas por dietas y manutención. La que, cuentan, llenó Valencia de flores, quizá para tapar el tufo a pozo negro que desprendían unas instituciones en las que ella hizo y deshizo a su antojo y el de sus concomitones durante casi veinticinco años.

La Valencia de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. La que recibió al Papa por cortesía de Gürtel.

Si lo que se homenajeaba hoy en el Congreso era el fallecimiento de una persona, de una ciudadana más, hay que preguntarse por qué no se ha guardado este respetuoso silencio cuando Félix se quemó a lo Bonzo por haberse quedado sin trabajo. O por qué cuando se paró el corazón de L.R.B. tras ser desahuciado de su vivienda la vida parlamentaria siguió sin perder siquiera un minuto en él, mientras Andrea Fabra rebuznaba que los parados se jodan. O por qué no han sido dignas de esa respetuosa circunspección todas aquellas personas que se quitaron la vida, machacadas por unos verdugos que ya no afilan hachas ni dan vueltas al garrote vil, sino que matan con estilográficas y boletines oficiales al servicio de los intereses de unos cuantos.

Lo que hoy se homenajeaba era un personaje, no una persona. Una figura que representaba todo aquello que no debería ser un político decente, y ha sido una burla que nuestras ya denostadas instituciones hayan seguido ahondando en ese pozo de miseria ética en el fondo del cual anida el descrédito y al que, bajo la contumaz dirección de un Partido Popular enfermo de sí mismo, parecen empeñadas en arrojarse una y otra vez. Gran pérdida tamaña profesional en eso de dar mala imagen a la política. Tal vez, incluso, irrepetible.