Mayoría silenciosa

Artículo de opinión por Carla Leiras
Publicado por o día 09/03/2017 na sección de Opinión,Opinión por Carla Leiras

Mayoría silenciosa

Opinión por Carla Leiras

¿Qué instrumentos de participación democrática tenemos en nuestro país, además de las urnas? ¿sirven para algo? ¿son meras propuestas estéticas?

En España, sólo el presidente del gobierno puede convocar un referéndum, que es una figura simbólica y en general no vinculante. Históricamente nos acordamos de dos: el que nos permitió pronunciarnos sobre la OTAN y sobre la Constitución europea; con los resultados que todos recordamos. Un ciudadano de a pie no puede proponer una consulta.

Sobre las ILP, son instrumentos legales pero se necesitan 500.000 firmas para sacarla adelante, mientras en otros países, como Italia, solamente 50.000. Igualmente aunque se consigan esas firmas, la aprobación del proyecto no es obligatoria, ya que se decidirá si se pasa a tramitar y si finalmente sigue su curso. Los ejemplos en nuestro país de ILP que hayan conseguido cambiar la ley son manifiestamente excepcionales, y han sido incluso revertidos; ya que el artículo producto del cambio puede ser modificado con posterioridad sin mayor miramiento.

Comparémonos por ejemplo con Suiza, donde acuden a las urnas más que en cualquier otro país. Tienen récord mundial en cuanto a haberse pronunciado a nivel popular acerca de temas legislativos, desde que se articuló su estado federal, además de las numerosas votaciones locales.

En su caso, las Iniciativas Populares, son un instrumento útil puesto que cuando presentan un proyecto, si resultan aprobado se integra directamente en la Constitución.

Si uno, como ciudadano, desea pronunciarse contra una ley, debe obtener 50.000 firmas (a nivel cantonal). Los referéndums sí tienen poder vinculante. Entre otras cuestiones importantes han opinado sobre la supresión del ejército: en Suiza el ciudadano considera que el estado, es él: no existe un ente reflejo etéreo que les controla, sino que hay meros gestores.

El sistema de listas para votar es muy diferente al nuestro. Son abiertas, sin puestos ponderados más que por orden alfabético, y cualquiera puede omitir de una a la persona concreta que considere que no es apta, y sustituirla por otra de lista diferente.

En ciertos matices se ha criticado el sistema suizo expresando que tanta apertura a la participación ciudadana puede resultar problemática, como analizando el hecho de que el voto de las mujeres no llegó hasta el 71 ya que los votantes previos eran únicamente hombres. Igualmente, se plantea que el poder político, al estar tan supeditado a la aceptación popular teme a los grupos numerosos, dejando espacio a la profesionalización de los lobbys como sistema para subvertir las voluntades de partido.

¿Es problemático un aperturismo excesivo a las consultas ciudadanas?

Y en caso de no serlo; ¿están los españoles dispuestos a dejarse oír?

En nuestro país tenemos otro instrumento de subversión del orden establecido (ahora mismo limitado y maltratado por la ley mordaza): el conflicto social.

Anguita nos resume la problemática actual en una lucha binomial entre recortes y recortados, con una respuesta única: el poder constituyente. También habla de que la violencia institucional ha creado las condiciones para una sublevación ciudadana que está por llegar.

Pero sin embargo, un gran porcentaje de la población opina que la movilización no tiene ningún efecto real. Consideran que es una pérdida de tiempo ya que no ven los resultados directos de salir a la calle, ni que esto se refleje en cambios efectivos en su día a día, conque la califican de desgaste inútil y de puro ilusionismo romántico, en añoranza de otras épocas en las que el resultado era diferente y palpable. ¿Para qué rebelarse contra el gobierno, si mandan los mercados? ¿Para qué plantar cara a una crisis nacional, cuando es una crisis de estados?

Otros dicen sentir miedo, de exponerse al estigma laboral de “revoltoso”, o encontrarse tan anestesiado por sus propias vivencias que sólo saca fuerzas para tirar de sí mismo y de los suyos. La propia educación nos aleja de la idea colectiva, abocándonos al más tenaz de los nihilismos; y las evasiones que se nos ponen al alcance de la mano, las redes para sentirnos conectados desde nuestra soledad, un arma de doble filo.

Sin irnos a ejemplos internacionales como la revolución naranja de Ucrania, o la de terciopelo de Checoslovaquia, parece claro que ha habido movimientos populares que han conseguido cambiar el rumbo político imperante, siempre que se cumplan unos requisitos: no se obvie la estrategia y el contenido político sea solvente; ya que al ejercer un papel antagonista ante el poder, si las reivindicaciones están dotadas de discurso entendible, contenido, exigencias concretas y se huye de marcos generalistas, la insistencia en las mismas tiene más posibilidades de transformación social que renunciar a intentar un contradiscurso decidiendo simplemente, no hacer o decir nada.

Los actos en la calle tienen un efecto inicial ya de por sí transformador: el de visibilizar, señalar, un problema, que es el primer paso para que el foco de atención ciudadana se centre en él, o por lo menos sea consciente de su existencia.

También, en tanto en cuanto se informa y por ello se puede conseguir que cierto porcentaje de agentes cercanos se interesen por la iniciativa, se obtiene un movimiento a favor de la generación de conciencia. La conciencia es imprescindible para obtener las condiciones de una organización efectiva, ya que está intrínsecamente ligada a la formación, imprescindible para lograr aglutinar fuerzas que compartan una línea, para disputar cualquier mínimo cambio.

Además, estos actos tienen un claro componente de construcción de identidad, de creación de sinergias y lazos colectivos que van a ser esenciales en el futuro como base para cualquier tipo de confrontación política.

Gramsci nos decía que la conciencia, de hecho, se materializa en el mismo conflicto social. Lenin por su parte nos hablaba de que la clase obrera, hoy para algunos, “la ciudadanía”, debía “hacerse eco de todos los casos de arbitrariedad y de opresión, de todos los abusos y violencias, cualesquiera que sean las clases afectadas” y consideraba las manifestaciones “las formas embrionarias de lo consciente”.

Sin necesidad de perdernos en terminologías marxistas, tenemos claro que la crisis orgánica actual debe tener una respuesta popular canalizada de forma organizada y colectiva.

La ciudad de Vigo ha sido un referente, recientemente superado en lo cuantitativo por Pontevedra, como escenario de conflicto social. Incluso en varios debates, estudiando las cifras, se ha planteado una “sobremovilización” y bromeado con que existen en nuestra ciudad más organizaciones, asociaciones, colectivos, o sindicatos que manifestantes. Uno compara una lista de los mismos con el número de asistentes regulares a las muchísimas convocatorias y no le salen las cuentas. Otro comprueba en una asamblea cómo los portavoces pertenecen a dos o tres grupos diferentes, y por ende día a día, en los actos de la calle, se ven las mismas caras, y muchas otras que pasan de largo, repitiendo hastiados “son los mismos de siempre”.

¿Estamos cayendo en los actos autorreferenciales (“de terapia interna”), que no consiguen más aporte discursivo que el mero efecto estético y puntual?

Sea como fuere, está claro que las huelgas generales, en su día fueron pilares pioneros de transformación política auténtica, y volviendo al presente, que recientes casos de abusos y fraude neoliberal han sido combatidos por medio de la movilización ciudadana con rotundo éxito (tras mucho trabajo, persistencia, tenacidad, paciencia, tolerancia, conciencia de grupo y un esfuerzo titánico por coordinarse). Pensemos por ejemplo en la plataforma de afectados por las participaciones preferentes, los denunciantes de la cláusula suelo, o la evolución de legislación en desahucios: casos en los que la presión popular y el trabajo de los activistas han sido clave respecto a las victorias que hayan podido conseguirse a nivel legal. Nadie duda que estos fraudes habrían tenido muy distinto devenir judicial de no existir ciudadanos organizados que visibilizasen, señalasen, informasen y agitasen socialmente sus entornos para conseguir un grito unánime a favor de sus exigencias.

Mi conclusión es clara: autocrítica, humildad, reflexión, evolución, revisión de métodos, pero desde luego, no hay transformación que no empiece desde abajo, sumando fuerzas y aportando de manera colectiva. Si “el batir de las alas de una mariposa puede provocar un huracán”, los pequeños trabajos de barrio, en suma, pueden crear los lazos necesarios para cimentar las condiciones que nos lleven a una situación muy diferente: la de obtener un consenso mayoritario de que el abuso continuado no va a ser admitido ni un día más, caiga quien caiga.

El miedo se combate con una indignación canalizada hacia una organización fuerte y valiente que remate en fractura total. Son ellos, o nosotros.