Muerte en Badalona

Publicado por o día 13/12/2020 na sección de Opinión,Opinión por Carla Leiras

Muerte en Badalona

Esta semana se conmemoró el día mundial de los derechos humanos. Varias organizaciones celebraron las conquistas y mejoras en este ámbito, porque es obvio que se ha ido avanzando en la consecución de algunos de ellos a lo largo de los años, muy sobre todo gracias al esfuerzo sociopolítico de la sociedad civil. Pero se ha soslayado un hecho esencial: hay muchos derechos recogidos legalmente que sistemáticamente se incumplen cada día en nuestro país. Cogiendo uno de los más básicos, el derecho a la libertad y a la igualdad, hace pocos días explotaba para mal el
binomio en el trágico suceso del incendio de Badalona.

No se puede ser libre sin tener la existencia material cubierta, no se puede vivir como un igual cuando las necesidades más básicas como el techo, el alimento o el calor y el agua son solamente accesibles para algunas, cosa que cualquiera dudaría hoy en día pensando en el estado español como la cuarta economía del euro. Pero lo cierto es que en el país siguen pasándose penurias, y esta semana tuvimos la demostración en el penoso episodio de la nave calcinada, que no por presuntamente ser accidental, cosa que aún se está investigando, igualmente tiene importantes raíces y consecuencias sociales, estructurales, y políticas.

En la estructura de Badalona llegaron a vivir doscientas personas. Hay unos ochenta asentamientos más en Barcelona, con un mínimo de cuatrocientas personas sin hogar morando en precario en ellas, sin contar las que viven directamente en la calle: siendo esta realidad conocida por las autoridades políticas y sociales desde hace años y considerándose el mayor avance en el tema el compromiso del gobierno central a intentar “erradicar” el sinhogarismo en el 2030, cuando hayamos tenido que lamentar en otra década centenas de fallecimientos más de personas con una vida más corta por decreto, simplemente por ser empobrecidas.

En esta nave en concreto se llevaba viviendo en precario casi nueve años. La mayor parte de moradores eran personas subsaharianas que habían huído de su tierra en busca de una vida mejor. Muchos previamente asentados en Camerún, Senegal… estaban en territorio español en situación irregular, salvo los afortunados que pudieron arreglar su estatus administrativo, y gran parte se ganaban la vida en la economía informal como manteros o chatarreros. No por su vocación pasional hacia estas actividades sino por no morirse de hambre.

Irónicamente, como señaló algún periodista, este incendio brutal tuvo lugar a menos de un kilómetro de la sede de Open Arms. Pero no fueron brazos abiertos lo que se encontraron estas personas que, a pesar de reconocer la Generalitat que eran de perfil altamente vulnerable, fueron abandonados a su suerte en esta enorme estructura, castigados especialmente por la pandemia, que impidió sus actividades económicas sumergidas, formando un auténtico polvorín de casi cien personas en la actualidad conviviendo sin recursos para salir adelante. Imaginemos esas familias que, con razón, se lamentaban de pasar un confinamiento en un piso de 35 metros con niños pequeños. Pensemos ahora en cómo sería pasarlo en medio de un amasijo de hierros, sin agua corriente y con un centenar de desconocidos sin suficientes recursos para pasar una semana.

Producto de este suceso, lamentamos tres muertes por lo de ahora, decenas de heridos y los relatos trágicos de quienes cuentan cómo rompían las ventanas y se tiraban por ellas a colchones colocados por sus propios compañeros para intentar salvar la vida, viendo cómo dejaban atrás sus pocas pertenencias y el único techo que se les había permitido, así como a sus únicos allegados en esta tierra sin saber si iban a salir. Me llama poderosamente la atención el tratamiento mediático de lo sucedido. Fue recogido por un gran número de periódicos y televisiones, y en su mayor parte casi todos los relatos estaban cargados de una calculada deshumanización. En muy pocos de esos artículos se hablaba de que habían fallecido tres “personas”.

“Migrantes, okupas, usurpadores, vagabundos, indigentes, marginales”, cuando no directamente se les tildaba de delincuentes, traficantes o responsables de reyertas constantes y de causar enorme malestar barrial. Como si cualquiera de estas condiciones, muchas veces exógenas y otras inciertas, fueran a cambiar el hecho y el foco en que hemos perdido tres vidas de compatriotas que estaban a la fuerza fuera del sistema, sin ningún tipo de protección social y que recibieron una muerte cruel y prematura, como dura fue su vida al margen del “estado del bienestar” que se les prometió al jugarse el tipo por llegar a España.

Poco se habló de la falta de alternativas habitacionales en todo el estado, en el problema de vivienda monumental que arrastramos, en los peligros que los moradores en precario cargan sobre sí, convirtiendo un bidón encendido o unas velas para ver o calentarse en un posible desenlace fatal.

Poco se habló de que estas personas migrantes no podían acceder a un alquiler de mercado, en primer lugar por falta de recursos, de los que carecían al no tener trabajo por no estar regulados y les alejaba por tanto de nóminas o avales requeridos, pero tampoco podían alcanzar un contrato en un piso al uso por esas condiciones, entre otras, heredadas de la durísima ley de extranjería que les regula a pesar de las súplicas de los movimientos organizados que piden humanidad en esta cuestión.

Poco se habló de posibles responsabilidades, de cuántos años llevaba la estructura en esa situación, en la cantidad de tiempo que las autoridades políticas habían podido intervenir para buscarles una solución que les pusiese a salvo, de los peligros sanitarios que conllevaba vivir en esas condiciones en medio de una pandemia mundial, poco se habló de a dónde van a ir ahora los supervivientes traumatizados, o de que hoy todos deberíamos sentirnos apelados, emocionados, por estas pérdidas humanas con nombres y apellidos y sin embargo el impacto en el termómetro social (las redes) es más bien tibio y exento de rabia o escándalo.

Celebramos la consecución de los derechos humanos: el suceso terrible de Badalona nos confirma que éstos no son ciertos para todas, que no somos libres ni iguales, y que el sistema sigue llevando como vagón de cola a ciertas personas que una parte de la sociedad se niega a reconocer como ciudadanos de primera, dejando por omisión que se vayan hundiendo en el pozo de la miseria, el olvido y el desprecio de su entorno hasta que un mal día pasa algo como esto y lo más que se llega a escuchar en un bar es “bueno al fin y al cabo eran okupas, y en esos entornos pasan estas cosas. Aunque había negritos, y eso es raro porque los africanos suelen ser muy buenos y no se drogan ni se pelean por lo de su religión”.

A menudo escuchamos que de esta crisis sanitaria saldremos mejores.

Episodios como éste, su cobertura y la reacción popular demuestra que seguimos siendo una sociedad enferma, xenófoba, racista, aporófoba y profundamente clasista y desigual, que abraza sus cimientos anestesiada con el espejismo de un futuro mejor, y mira para otro lado con resignación y el bloqueo del miedo. O del síndrome de estocolmo. O del peso de las cadenas.

Como decía Galeano, ” ojalá sepamos tener el coraje de esrar solos, pero también la valentía de arriesgarnos a estar juntos. Para no ser mudos hay que comenzar por no ser sordos”.

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