Opinión por Carla Leiras | Nuevos imaginarios: la asistencia sexual

Por o 22/11/2017 | Sección: Opinión,Opinión por Carla Leiras

Me ha dado mucho que pensar la postura de Antonio Centeno, activista del foro de vida independiente, que durante unas interesantes jornadas en Barcelona presentó un concepto polémico, la asistencia sexual, como recurso material para poder resolver cuestiones relativas a la diversidad funcional, construyendo un discurso nuevo sobre qué legitimaría la existencia de esta figura y su visión desde el feminismo.

“El asistente no implicaría su cuerpo ni su sexualidad con la persona asistida, sino que solo serviría de herramienta de acceso, es decir, no estaría entre sus funciones excitar, sino ser un apoyo instrumental para guiar sus manos para ayudar a conocer, explorar su cuerpo, dentro de un terreno centrado en obtener la igualdad respecto a una persona sin condición de diversidad que pueda hacerlo por sí mismo”.

“Hay cuerpos que necesitan la intervención de otra persona para acceder a ellos. Los trabajos sexuales responden a otro tipo de motivaciones, y por lo tanto la justificación es diferente. Ya que esto responde a una necesidad, es un derecho, y ningún trabajo sexual de otro tipo constituye un derecho. Igual que uso las manos de mi asistente para peinarme, necesito las manos de mi asistente, al no tener sensibilidad en las mías, para experimentar esto”.

En Japón ya existe una figura similar basada en el voluntariado donde personas del mundo sanitario se ofrecen a prestar ayuda manual a personas con diversidad para acceder a su sexualidad. No hay remuneración.

La visión de Antonio apela al Convenio de derechos de personas con discapacidad, que reconoce como un derecho la asistencia personal, y le da un tinte novedoso y polémico: considera que habría que equiparar una cosa con la otra porque forman parte de la esfera de la dignidad, de la autonomía real.

Señala a las personas con diversidad funcional constantemente “a cargo” de instituciones privadas y familias, y por lo tanto que las leyes, aunque han cambiado positivamente, no están funcionando como deberían. De este modo ha decidido, además de trabajar por transformar estos valores desde la cultura, ampliar el altavoz de cuáles son las necesidades de personas con cualidades especiales, sin quedarse en las más esenciales para sobrevivir.

Igualmente considera que el relato de la literatura, el cine, las series, sobre personas con diversidad es pobre y estereotipado, y que es necesario explicar su realidad rompiendo estos clichés y aceptando cuál es la situación en todos los ámbitos, incluido el sexual.

Deshecha que haya que convertir la vida de alguien con diversidad en un experimento médico, y por tanto no quiere considerar este servicio como algo terapéutico sino como un derecho básico. No quiere darle el matiz constante de enfermedad a su condición, y para salir de esa espiral cultural considera que hay que permitir que se adquieran plenamente todos los roles que tiene cualquier persona, y por lo tanto quiere dar un paso más allá en cuanto a las conquistas a conseguir al respecto.

Utiliza el ejemplo de superación de Stephen Hawking como meta a conseguir: pero poniendo negro sobre blanco que es una excepción, ya que se trata de una persona de prestigio intelectual mundial, un alto poder adquisitivo, etc. El concepto sería que una persona no tan destacada pueda desarrollar una vida lo más normalizada posible, considerando este hecho la única vía a la igualdad real.

Asimismo considera la diversidad funcional como algo que no se puede sobrellevar solo con apoyos técnicos, con rampas, etc, porque se estaría dejando a los sujetos directos de estas realidades como simples receptores las medidas: pone el ejemplo si las leyes contra la violencia de género fuesen redactadas únicamente por hombres, por muy preparados y feministas que estos fueran. Por lo tanto, propugna la necesidad de un imaginario nuevo sobre las informaciones que hay ahora mismo acerca de la vida íntima de quien tiene un problema de este tipo; lo que se ha intentado plasmar en el documental “Yes we fuck”, que ha tenido una gran acogida en el terreno intelectual dentro de los defensores del postporno como herramienta educacional válida.

Antonio lo plantea como un derecho en positivo: dentro de su reivindicación está que el estado financie esta figura y desde las instituciones se trabaje para lograr como umbral futuro que se equipare a la asistencia personal, partiendo desde su visión que es igual de necesaria y que configura el mismo rol de pensamiento: el asistente es guiado por el asistido para el apoyo en las tareas diarias, igual que lo sería para este otro ámbito. Es decir habría unas personas que se dedicasen a este ramo y serían contratadas por el estado: considera que siendo un derecho no debería depender de la buena voluntad de la gente y por lo tanto sería erróneo limitarlo al voluntariado: considera que ha de profesionalizarse de manera que el acceso sea para todos los que necesiten el servicio, acabando con la exclusión de quien no se lo pueda pagar. Opina que el voluntariado en este caso no sería horizontal del todo ya que la relación sería vertical, al tratarse de una necesidad instintiva básica.

Las preguntas que se vienen a la mente tras escuchar la ponencia son obvias: ¿Es esto prostitución? ¿Cabe contemplar la figura y aceptarla, desde un punto de vista feminista o abolicionista? ¿supone una diferencia grande el hecho de que no haya acceso al cuerpo del asistente, o sigue siendo, al obtenerse una remuneración, un trabajo sexual convencional? ¿cómo enfrentamos el hecho de que, ya que esta figura difícilmente va a ser regulada para llevarse a cabo desde las instituciones, solo va a estar al alcance de quien se lo pueda pagar? ¿cómo nos aseguramos de que quien preste el servicio no lo haga solo por necesidad? ¿lo aceptaríamos si fuese un proyecto voluntario, quitando de la ecuación la remuneración dineraria?

Antonio se considera un hombre feminista y cree que hay que diferenciar la figura de la prostitución de un strep tease, o un masaje terapéutico, o de en este caso, la asistencia sexual y cree que es legítimo desde el punto de vista ético, toda vez no parte de una decisión recreativa o lúdica ni cosificante sino que es de base la única manera que tienen de acceder a estos servicios (que se extienden a asistentes hombres, sin centrarse en la figura de la mujer).

Considera por tanto que hay que darle un matiz de neutralidad y descargarlo de culpa o machismo.

Otras voces lo consideran una banalización ya que piensan que cualquier persona puede tener problemas para explotar plenamente en sus capacidades, porque el marco capitalista siempre va a tender a aislar al individuo de la comunidad y por tanto estas carencias no afectarían solo a afectados por diversidad funcional, sino que habría también personas mayores, etc, que en realidad también podrían sumarse a esta reivindicación o considerarla un derecho, haciendo difícil que se delimiten bien los límites de la propuesta.

¿Solo estaría reservada a quien no tenga forma física de acceder a sus manos? ¿y si la tienen pero desean una experiencia completa, o compartida con la otra persona: una relación normativa? ¿es ese el límite para no caer en problemas éticos? ¿en dónde fijamos la línea? Lo que está claro es que enqusitarse en sentencias absolutas sobre un tematan delicado resta riqueza intelectual al debate y no debemos cegarnos o confrontar a priori por recibir planteamientos polémicos de nuevos imaginarios que choquen en principio con nuestras visiones generales: al menos deberíamos escuchar estas propuestas, meditarlas, analizarlas, y sobre todo, utilizar la empatía para no frivolizar. Pongámonos en su lugar y desarrollemos desde ahí nuestra postura. Es obligado para cualquier persona con conciencia, problematizar los grises.

Portavoz de la asociación foro socioeducativo Os Ninguéns. Licenciada en derecho. Diplomada en mediación educativa y como formadora didáctica. Titulada en prevención- formación sobre VIH-SIDA y detección-tratamiento de patologías adictivas-drogodependencias.

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