Opinión por Carla Leiras | Núremberg abraza a Argentina

Por o 12/12/2017 | Sección: Opinión,Opinión por Carla Leiras
Opinión por Carla Leiras | Núremberg abraza a Argentina
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Opinión por Carla Leiras

En Argentina, el macrojuicio por los crímenes de la dictadura, el más largo de la justicia penal reciente en el país y una esperada reparación de los derechos humanos, ha rematado en 48 condenas, 19 menores y 29 cadenas perpetuas. Había 14 encausados más, que murieron durante el proceso.

Este proceso se dilató cinco años: enjuició 789 delitos de lesa humanidad, y terminó con la lectura de la esperadísima sentencia, que duró cuatro horas.

Ha sido el tercer juicio celebrado por los repugnantes hechos sucedidos en la ESMA (Escuela Mecánica de la Armada, destinada a mecánicos navales, que durante la dictadura funcionó como centro clandestino de detención), y también el más duradero, por acumular más supervivientes y por lo tanto tener que recabar centenares de durísimos testimonios.

ESMA era una simulación de centro de recuperación para los que “abrazaron la violencia política”, pero en realidad conformaba un lugar de trabajo esclavo por el que pasaron 5000 personas: se terminó con la vida de casi todos los detenidos, consiguiendo salvarse 400 supervivientes.

Algunos de ellos relatan cómo hoy aquejan el “síndrome del superviviente”, que les hace sentirse culpables por salir con vida de lo que sucedió, a diferencia de sus compañeros, y que les hizo perder toda alegría, empatía o comprensión por reconocer felicidad en otras personas, por un estrés postraumático perpetuo. Es decir, salieron de aquel infierno pero quedaron encadenados de por vida a un problema psíquico de implicaciones muy profundas. Por ejemplo, una superviviente relata episodios de paranoia cuando iba en metro pensando en quiénes de los presentes serían capaces de torturar: sentir que muchos de ellos sí que podrían, y quedarse paralizada con el miedo.

(Síntesis de estas declaraciones, en el excelente documental de Jon Sistiaga).

El coronel Valdiviezo, conocido torturador condenado, sigue negando su implicación en los hechos y se define como mero participante de una “guerra contra terroristas”. Ante la reflexión “no conozco ningún código militar que obligue a asesinar civiles desarmados”, él contesta “si el superior te lo ordena, lo haces, y el único responsable es el superior”. “En todas las guerras del mundo hay torturas: son operativas. La guerra no es moral ni ética”. “Si yo veo un herido mi obligación es pegarle un tiro, porque uno no puede dejarse a la espalda a alguien que le puede disparar”.

“En mi compañía explotó el odio por ver cómo la guerrilla asesinaba, por lo tanto se mataba por amor a la patria”.

La sentencia que le condena reza “la culpa de las víctimas habría sido pensar distinto que sus secuestradores, torturadores y matadores”. Él responde: “yo nunca estuve de acuerdo con generar desaparecidos, y en su día lo dije, porque eso nos iba a traer a la larga muchos problemas”. Es decir, no lamenta lo sucedido sino que, considera que las cosas no se hicieron suficientemente bien para conseguir su personal impunidad en cuanto a la prescripción de delitos. Por suerte, los de lesa humanidad no prescriben.

Las detenidas cuentan cómo en ocasiones, voluntariamente cedían a las demandas sexuales de los represores, en primer lugar por miedo a ser pasajeras en los “vuelos de la muerte”, en segundo suponiendo que iba a suceder igualmente, y que bajo promesa de que si no se negaban podrían conseguir algún tipo de colaboración del guarda (una noticia de un familiar, agua, un plato de comida, etc). También se enjuiciaron, con dificultad, ya que en este caso ningún afectado pudo sobrevivir, los pilotos de estos vuelos, en los que secuestrados disidentes eran arrojados al río de la Plata.

Los testigos relatan cómo madres justo después de dar a luz eran arrastradas y hacinadas en un sótano para ser después lanzadas en los vuelos, previamente aturdidas con pentotal. Por tanto, el robo de bebés fue uno de los hechos enjuiciados más aberrantes del proceso, junto con las torturas, asesinatos, palizas, etc.

También enviaban a los centros clandestinos de detención, restos humanos y materiales para que los reclusos debiesen “limpiarlos” y librarlos de carne, joyas, etc: nadie sabía a quién pertenecían estos huesos o si eran de conocidos y elucubraban con ello hasta perder la cabeza.

Otra superviviente relata cómo entrando en el ESMA con 19 años, pasó por seis campos y le llevó casi veinte más rehacer su vida. A ella la torturaban simplemente “por obtener gritos de dolor de mujer, para que los compañeros cercanos pensasen que era su madre, su hija, su pareja”, etc.

Reconoce cómo aceptaban las conductas sexuales coactivas a cambio de “favores”: ella podía dejar abierta la puerta del calabozo y aprovechando esto podía salir al patio y recoger agua en su zapato para dársela a su compañero. “La sed te vuelve loco”. Sobre si los guardas eran o no “responsables” de estas intervenciones sexuales o cumplían órdenes coaccionados, la secuestrada afirma ” un hombre no elige si puede o no puede llevar a cabo un acto de este tipo. Si físicamente es capaz, es porque quiere”. ¿Cómo puede sentirse una mujer llevando el peso de este recuerdo en su cabeza para siempre? ¿Cómo sigue adelante y consigue normalizar relaciones, parejas, amigos, un sentido vital y una confianza en que la maldad no lo impregna todo? ¿cómo puede salir de la celda abierta?.

Ahora solo queda que quien pudo huir con vida de esta aberrante experiencia consiga acabar por sacarse del todo esa capucha. Puede que se haya hecho por fin “justicia”, pero la reparación, para quien vuelve de un exterminio, no existe: el odio es una condena irreversible.

Astiz, vil excapitán jactancioso de su papel abyecto, “el ángel rubio”, el ángel de la muerte, que ya no saldrá mientras viva de su jaula de hormigón, sentenció en su alegato final: “nunca voy a pedir perdón por defender a mi patria”.