Opinión por Óscar González | Esta casa (de todos) es una ruina

Por o 31/10/2017 | Sección: Opinión,Opinión por Oscar González
Opinión por Óscar González | Esta casa (de todos) es una ruina

Opinión por Óscar González

Supongamos que los datos de participación del pasado 1-O en Cataluña fueran veraces. Significaría que, aun con las dificultades derivadas de tener antidisturbios hostiando gente que va a votar, una abrumadora mayoría de los participantes expresaron su voluntad de dejar atrás un estado que ya solo se entiende a sí mismo como Leviathan y que otros han convertido en la cueva de Ali Babá, pero con más de cuarenta ladrones.

Significaría también que el total de personas que decidieron jugarse el físico ese día mediante el deporte de riesgo de votar fue de, aproximadamente, el 45% del censo electoral de Cataluña. Por extensión, cabe suponer que la participación habría sido notablemente más elevada de no andar los Looney Tunes a porrazos con las viejas. La idea de que te puedan caer unas leches de gratis por salir a meter un papel en una urna, queramos o no, desincentiva mucho.

Volviendo a los datos, de los más de dos millones doscientos mil catalanes y catalanas que entendieron que votar no es equiparable a entrar con una pipa, un tricornio y varios colegas en el Congreso, el 90% se manifestaron a favor de que Cataluña fuera un Estado independiente. Vienen siendo alrededor de dos millones de almas, equivalentes al 40,5% del total del censo. De nuevo por extensión, cabe razonablemente suponer que de no haberse llevado el pato Lucas y el Coyote algunas urnas, tanto la participación como los favorables a la independencia serían más. La pregunta es: ¿los suficientes?

Y la respuesta, por mucho que me gustaría apoyar sin ambages la proclamación del la República, me temo que es un no. En primer lugar, por una cuestión básica: no creo que se pueda aprobar un acto jurídico de tal trascendencia sin una mayoría, como mínimo, absoluta e, idealmente, cualificada. Ello tiene que ver con la propia naturaleza del acto, con el hecho de que una proclamación de independencia altera de forma sustancial las relaciones del territorio con el resto del Estado e implica la apertura de un proceso constituyente, algo que tiene que hacerse partiendo de amplios consensos.

Hacerlo de otra manera podría significar que la nueva república nacida de ese acto sea un estado fallido antes incluso de nacer, un riesgo que podría dar al traste con la legítima aspiración del pueblo catalán a gobernarse como entienda mejor para buscar la felicidad, en palabras de los redactores de la Declaración de Independencia de EE.UU.

Mención especial merece la cuestión de las garantías del referéndum. Por extensión del argumento anterior, algo tan trascendente como la independencia debe nacer de un procedimiento que asegure las máximas garantías para todos los catalanes. Desde luego, una votación realizada bajo la coacción de las Fuerzas de Seguridad del Estado, sin censo, sin Junta Electoral y, no menor, declarado ilegal por el Constitucional, no puede ser la base para que nazca ningún mandato democrático.

En segundo, porque si la ruptura con el estado español pretende llevarse a cabo de una manera no violenta, la pulcritud en la elaboración de las normas de Desconexión y Transitoriedad hacia la República ha de ser obligatoria. Tan legítimas son las aspiraciones de aquellos catalanes que desean ser independientes como las de aquellos que no, y la forma en que se han sacado adelante las leyes señaladas ha sido un auténtico despropósito. Pretender hacer valer dos leyes ilegalizadas por el Tribunal Constitucional es un error grave que vicia toda norma posterior con fundamento en dichas normas (doctrina del fruto envenenado) . No cabe aquí nadar y guardar la ropa: o la independencia se proclama mediante ruptura o se lleva adelante mediante negociación. No hay términos medios.

Sabemos que el Gobierno ha cerrado todas las puertas a la negociación, por lo que únicamente cabe la vía de la ruptura. En este escenario, juega un papel fundamental la comunidad internacional, puesto que uno de los primeros pasos para que un colectivo tome la entidad de Estado es el reconocimiento de los demás. Pero este ha sido negado a la República de Cataluña, que en el caso hipotético de acabar siendo, se quedaría tan sola o más que la Corea de los Kim.

Podrá argumentarse aquí, no sin razones, que muchos de esos estados no han reconocido a Cataluña para no alentar a sus propios partidos nacionalistas, ya que las tensiones por la llamada cuestión nacional no son un conflicto exclusivo de España y ningún estado va a legitimar algo que le pueda reventar en la cara a corto, medio o largo plazo. Pero es conveniente señalar que los motivos últimos no alteran el hecho jurídico, en este caso la falta de reconocimiento internacional de la nueva República.

Pretender la autodeterminación es legítimo. Lo reconoce el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, transpuesto a la legislación española en 1977. El modo en que se ha pretendido llevar a cabo en Cataluña, en cambio, ha sido un error continuado y de una gravedad que todavía no alcanzamos a comprender. El Partido Popular ha visto en la exaltación de las bajas pasiones de los independentistas y los unionistas la oportunidad perfecta para recuperar buena parte de la fuerza que había perdido en los últimos años a causa de la crisis y del hecho de estar compuesto en buena parte por delincuentes, y la actitud del Govern, voluntaria o involuntariamente, ha legitimado a Rajoy y los suyos, a quienes ha faltado tiempo para insinuar que más les vale a las demás autonomías andarse con ojo, no sea que este sea el inicio de un camino de recentralización.

Por último, conviene recordar que existe un elemento de fondo que acostumbra a obviarse y tiene que ver con las posibles responsabilidades penales por la corrupción salvaje y parásita que se ha convertido en seña de identidad de CiU. La oportunidad de burlar la ley española gracias a la promulgación de una normativa propia, aunque ingenua, puede ser uno de los factores detrás de la idea de agitar este avispero, de lanzarse a una batalla perdida de antemano por el nulo sentido de la oportunidad política de los que han planteado el procés.

Créanme, me encantaría poder decir lo contrario y saludar a la República que el pueblo catalán ha escogido como forma para su futuro. Sin embargo, tengo la sensación de que este “sálvese quien pueda” nos ha condenado a padecer durante mucho tiempo al Gobierno más inútil, corrupto y autoritario que hayamos conocido en este país de países.

Y miren que estaba dura la competencia, ¿eh?

Nacido en Vigo hace 36 años. Marxista, melómano y cinéfilo empedernido. Diplomado en lengua inglesa. Trabajo como agente inmobiliario mientras no consigo ganarme la vida como escritor . Activista social y ex miembro del Consejo Ciudadano de Podemos Vigo

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