Opinión por Carla Leiras | La cura del miedo

Publicado por o día 10/10/2019 na sección de Opinión,Opinión por Carla Leiras

Opinión por Carla Leiras | La cura del miedo

El 17 de octubre es el día internacional de lucha contra la pobreza. Pero hay consecuencias de la misma que no están presentes en las estadísticas de los grandes organismos.

Ya está demostrado que vivir en un estado de privación material severa acorta la vida entre seis y doce años. Por lo tanto estamos barajando algo tan serio como que la pobreza llega a matar.

Al margen de esto, las consecuencias de no cubrir necesidades son multifactoriales. La depresión debida a un contexto económico es una enfermedad silenciosa que sigue creciendo en nuestro país. La pobreza nos enferma. Y un estado de agotamiento y bloqueo diario es un lastre que condiciona toda una vida. El consumo de tranquilizantes está disparado desde hace diez años. Necesitamos serenidad artificial porque vivimos repletos de miedo.

¿Cuántos os reconocéis discutiendo con vuestra pareja porque el dinero no llega para las facturas? ¿Cuántos habéis llegado a pensar que, quizás, la vida es más fácil por vuestra cuenta? ¿cuántos os sentís fracasados por no conseguir un trabajo que pueda pagar el techo, la comida, la cesta de la compra?

Nos han hecho creer que el empobrecimiento es una condición personal e intransferible, y no estructural o externa. El concepto de “loser” anglosajón ha calado en la mentalidad española, y el que no sea un triunfador es acusado de vago, poco creativo o menos espabilado que la media. Nos están señalando por no ser Bill Gates, Zuckerberg o Steve Jobs. Insisten en colarnos la idea de que el imperio esclavo de Amancio Ortega lo pudo amasar cualquier ciudadano con un poco de perseverancia y trabajo duro. Nos culpan de no ser como ellos. Nos dicen que Google y Youtube provienen de un garaje. ¿Por qué nosotros no?

¿Cuántos coméis pescado y fruta solo cuando hay un buen mes?

¿Cuántos os echáis a temblar cuando llegan los cumpleaños de los niños porque no hay forma de hacerles una pequeña celebración? ¿cuántos esperáis a que se duerman para sacar la calculadora y “hablar de cosas

serias”? ¿cuántos sentís ansiedad cuando os hablan de una salida escolar de pago? ¿Y el vértigo al inicio de curso?

¿Cuántos recorréis supermercados para conseguir llenar la nevera con lo que os queda en la cartera?

¿Cuántos os pasáis la hora de comer con un bocadillo en un coche o en un banco del parque por no poder tomar un menú del día entre turnos laborales?

¿Cuántos tenéis un trabajo que odiáis, y pese a eso no llegáis a fin de mes nunca?

¿A cuántos os dicen que hay que cambiar una pieza de un coche o una caldera y hacéis caso omiso porque es imposible de pagar?

¿Cuántos vivís asfixiados con deudas crediticias de intereses imposibles, intentando aparentar normalidad y tranquilidad mientras os martiriza la ansiedad cada noche sin que se lo podáis contar a nadie?

¿Cuántos habéis llorado al ser descartados en otra entrevista?

¿Cuántos habéis renunciado a ir al dentista con un dolor inmenso por el pánico a una factura abultada?

¿Cuántos habéis fingido no tener hambre para que otro miembro de la familia o los niños pueda comer más ese día?

¿Cuántos dormís en invierno con tres mantas o franela porque es inviable calentar la casa?

¿Cuántos habéis aguantado actitudes laborales inexcusables por el miedo a perder el empleo?

¿Cuántos dejáis a familiares enfermos al cuidado de otros porque tenéis un horario imposible e incompatible con una vida familiar exigente?

¿A cuántos le da un vuelco el corazón cuando llega una carta con remitente desconocido, por miedo a que sea una multa, una sanción, un embargo o un descubierto?

¿Cuántos tembláis al poneros enfermos por si no podéis hacer vuestro turno dos días y se buscan a otro?

¿Cuántos habéis ido con dolores agudos a trabajar sin decir ni mu?

¿Cuántos os habéis acercado a pedir una ayuda social y vuelto a casa con la promesa de recibir un apoyo de miseria esperando entre cuatro y seis meses?

¿Cuántos habéis pensado en saltar por la ventana porque vuestra vida no se parece a la que os prometieron?

Esa realidad está ahí. La de la precariedad, la del abuso, la del miedo, la del bloqueo permanente, la de la ansiedad, la de la disociación entre lo que nos dicen que debemos lograr y lo que tenemos, la de la cantidad de personas que se ahogan cargando sobre sus hombros el peso de la expectativa social y familiar, la que nos han tatuado a pulso a base de propaganda hiperagresiva que nos enseña que nuestra valía depende de lo que refleje nuestra declaración de la renta. El que la haga.

Vivimos en un país de élite corrupta, hipócrita y rapaz, que juega con nuestras esperanzas a merced de sus intereses espúreos. Nuestra situación desesperada sostiene la suya. Lo saben. ¿Lo entendemos suficientemente nosotros? porque un pueblo desinformado es dócil, adocenado, vive dormido y manipulado.

¿Por qué en una potencia mundial que los economistas glorifican nos hacen sentir como si viviésemos en guerra permanente?

Como decía el monólogo del club de la lucha:

La publicidad nos hace desear coches y ropas, tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos. Somos los hijos malditos de la historia, desarraigados y sin objetivos. No hemos sufrido una gran guerra, ni una depresión. Nuestra guerra es la guerra espiritual, nuestra gran depresión es nuestra vida. Crecimos con la televisión que nos hizo creer que algún día seriamos millonarios, dioses del cine o estrellas del rock, pero no lo seremos y poco a poco lo aceptamos.

No sois vuestro trabajo. No sois vuestra cuenta corriente. No sois el coche que tenéis, ni el contenido de vuestra cartera.

¿La cura? ¿Los partidos políticos? ¿Las clases de alemán de madrugada? ¿Los pisos de veinte metros? ¿Aguar el zumo para tener más? ¿Alquilar nuestro vientre?

Construir comunidad. Fortalecernos en grupo. Tejer redes de apoyo colectivo. La conciencia. Los valores. La información. El afecto. La sonrisa. Desaprender lo que “iba a ser nuestra vida”. Pero no normalizando lo que es. Desaprender que somos perdedores si no llevamos un traje y un maletín. Y que es garantía de algo, el llevarlo. Desmitificar la superioridad de los telepredicadores que parecen tener el secreto de la felicidad. Su mayor aliado es el miedo. Nuestro miedo a despertar sintiéndonos escoria. Escoria es quien vive a costa de hacernos sentir así. Y nuestra percepción de la realidad y sus culpables, sí depende de nuestro esfuerzo. Sí puede salir de un garaje. Sí que está al alcance de cualquiera. Vamos a por ello. Deconstrucción, educación, formación, resiliencia, y fuerza para todos.

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