Opinión por Carla Leiras | Rapiña internacional. Yes, We Defraud!

Por o 28/08/2018 | Sección: Opinión,Opinión por Carla Leiras
Opinión por Carla Leiras | Rapiña internacional. Yes, We Defraud!

El vergonzoso caso de Yes we help, la ONG de moda que por medio de fotos emotivas en las redes, con el apoyo de ciertos personajes conocidos o influencers tuvo un efecto viral, y consiguió que cientos de chavales se apuntasen a un voluntariado para colaborar con proyectos solidarios en Ghana o Sri Lanka, ha tomado los tintes más turbios.

El gancho fueron imágenes de instagram promocionadas en las que aparecían personas necesitadas de países en vías de desarrollo que apelaban a la conciencia social de sus seguidores.

Hoy en día después de ser vilipendiados en los medios como presuntos estafadores, han borrado de su perfil la palabra ONG.

La entidad llamaba la atención de jóvenes con inquietudes humanitarias (o milenials animados por sus padres a tener una experiencia de cooperación internacional como formación para su madurez) a pasar un verano colaborando con proyectos de desarrollo. La edad de los helpers llamaba la atención, rozando los veintipocos como tope, y menos.

Cuando lo normal para articular un dispositivo de este tipo es organizarse sólidamente durante casi dos años, la ONG se puso en marcha en pocos meses, con NIF provisional y sin pasar los filtros normalizados que se piden para esta clase de proyectos (estudios sobre los voluntarios que van a hacer el viaje, sobre su idoneidad académica, profesional, de oficio, historial, entrevistas personales, etc). En este caso todo se solventaba con una rápida entrevista telefónica y enviando por decenas a los voluntarios con una extraña prisa por crear “story” en la web.

Una vez realizado el viaje, los propios voluntarios in situ relataron las inconsistencias con las que se encontraron: llegar a las ubicaciones antes que sus responsables sin saber qué hacer, deambulando por un país desconocido a la espera de instrucciones: un mal reparto de la comida que les hizo pasar necesidades, encontrarse con que los proyectos que se les explicaron todavía no habían empezado… en los casos más sangrantes se relataba cómo los helpers se acababan organizando entre ellos buscando tareas que hacer (sin supervisión alguna), en una suerte de autogestión
muy alejada del flamante proyecto macro que se les había anunciado, con el peligro que conllevaba además intentar con esa edad acometer tamaña tarea en un lugar extraño, idiomáticamente ajeno, y sin red de seguridad de adultos formados en cooperación.

Un afectado relataba su experiencia en Ghana como una tomadura de pelo, cuando se le había prometido que podría colaborar con proyectos educativos, sanitarios, deportivos… pero al llegar, no había posibilidad de impartir ninguna clase, ni de hacer más que de observador en los hospitales que ya funcionaban sin necesidad de su ayuda, eso sí, siempre rodeados de cámaras para poder ir nutriendo de imágenes a las redes, para crear la ilusión de que el sistema funcionaba. Los helpers relataban cómo se les animaba a sacarse fotos “jugando con los chavales”, o asistiendo a clases con ellos, y se subían inmediatamente a la red, creando un feedback de más voluntarios. Una parte de ellos, confiados en la entidad, no denunciaron el caso, presuponiendo que quizás habían
entendido mal su papel, y que la experiencia era más “contemplativa” que de intervención.

Muchos otros se sintieron indignados por dedicar su tiempo y su dinero (una parte del que aportaban, 150 euros, de los 2000 que costaba la experiencia, era supuestamente destinado a sufragar los proyectos a desarrollar) a un sistema fantasma que parecía ser una pantalla decorativa para obtener cuantiosas donaciones.

Su fundador, un joven empresario catalán, se queja de que se le ha expuesto a un juicio público y que para nada las cosas fueron como se relatan. Explica cómo pudo haber falta de experiencia al ser una iniciativa pionera, pero en ningún caso un fraude, y que el dinero recaudado para los proyectos sería invertido “más a medio plazo”, que no se iban a ver esas obras con inmediatez y que los fallos habían sido sin ninguna mala intención o interés oculto, simplemente carencias de primerizos.

Una ex trabajadora relataba a la vanguardia: “Nos decía que lo importante era que estuvieran entretenidos realizando actividades lúdicas. Decía que con cuatro fotos para el Instagram con negritos, los voluntarios ya estarían contentos”.

Los chavales por su parte, contaron cómo este empresario despidió a los responsables que presuntamente velarían por su estancia segura y se vieron obligados, ellos mismos, a organizar todo el voluntariado. Las decenas de chicos nuevos que aparecían en estos países se quedaban petrificados al ver que quienes lideraban la experiencia eran otros jóvenes como ellos sin ninguna solvencia organizativa, aunque hacían lo que buenamente podían por poner en marcha en el tiempo disponible algunas actividades que realmente tuviesen algún sentido.

Desde Winneba contaban cómo a su llegada, no había nadie para recibirles, y que cuando por fin contactaron con sus responsables les dijeron que se fuesen a “dar una vuelta”, sin ningún tipo de
acompañamiento o supervisión. Hablaban de que no había camas para todos y tenían que turnarse, o cómo el comedor no podía atender a la totalidad de voluntarios y algunos debían comer fuera pagándose de su bolsillo la manutención (cuando en el contrato aparecía clausulado que se les alimentaría los siete días de la semana: finalmente resultó ser así solo de lunes a viernes; habiendo chicos que viajaban con el dinero justo y se encontraron con que no tenían qué comer. Igualmente señalaron que depositaron 600 euros para esa alimentación que no veían reflejados en la
calidad de la comida, que era absolutamente frugal y a todas luces barata y poco variada).

También relataban que los presuntos proyectos en hospitales pasaron de la reseña “atender personas que no podían costearse ayuda urgente” a observar el trabajo de otros especialistas o explicar a los niños tareas básicas como aprender a lavarse los dientes, etc.

Este tipo de organizaciones, que se dedican a crear una pantalla, una ilusión de solidaridad para promocionar en las redes un presunto trabajo humanitario que finalmente tiene como intención que unos cuantos jóvenes puedan reunir un puñado de fotos de presunta intervención altruista para presumir ante sus amigos, fomenta un tipo de negocio, la mercantilización y explotación de la figura de la cooperación internacional, que tiene una enorme peligrosidad, además de la que ya conlleva el presunto fraude, que ojalá se investigue cuanto antes y haga caer el pelo a
los responsables de semejante desaguisado: mancha con el desprestigio a los proyectos serios de entidades trabajadoras, legales y honestas que se dejan la piel por sacar adelante cooperación real y ayuda efectiva y a los voluntarios que hacen un esfuerzo económico y dedican un valioso tiempo a frenar sus vidas, en ocasiones vidas de privilegio, pero las más de las veces, todo lo contrario, para intentar aportar lo que pueden por cambiar realidades injustas.

El mercadeo sin escrúpulos de este (y otros) tenderetes no puede sino azorarnos a todos, y ser un toque de atención para que las inspecciones se tornen férreas, para que todo el que intente convertir en negocio las necesidades de otros de manera tan oportunista y flagrante reciba un serio correctivo, ejemplar y disuasorio. Porque mientras en España se encarcelan artistas, raperos, humoristas, por usar palabras “no permitidas”, estos sinvergüenzas campan a sus anchas sacando tajada de la desgracia ajena y de la buena voluntad de una generación ya bastante descreída de por si. Estas conductas refuerzan la deshumanización, el sálvese quien pueda, el no es mi problema, el seguro que esa ayuda no llega. Rastrero.

Porque mientras en el “primer mundo” se juega a los viajes del selfie solidario, hay personas sin iphone que no están de broma, que se mueren de hambre, que deben lidiar cada día con una situación de emergencia de la que todos somos corresponsables ya que a costa de ésta, la nuestra es distinta: y lo más bajo que se puede hacer es enterrar en más intereses espúreos esta consentida desigualdad obscena y monetizarla, práctica que debería ser causa de un señalamiento público y rechazo irreparable.

Y debemos trabajar para que desde la educación se inculquen unos valores de empatía colectiva e inteligencia emocional que impidan de facto a nuestros jóvenes acabarse comportando como aves de rapiña.

Portavoz de la asociación foro socioeducativo Os Ninguéns. Licenciada en derecho. Diplomada en mediación educativa y como formadora didáctica. Titulada en prevención- formación sobre VIH-SIDA y detección-tratamiento de patologías adictivas-drogodependencias.

Comentar noticia

Your email address will not be published.