Pónmelo para regalo

Publicado por o día 07/01/2016 na sección de Opinión,Opinión por Carla Leiras

Pónmelo para regalo

Ayer por la tarde, la ciudad caminaba nerviosa, congelada, rítmica, aferrando con dedos ateridos paquetes y bolsas de la compra.

Dejando al margen el caso especial de los niños: un puñado de adultos repletos de problemas y con agujeros económicos considerables se agolpaban en las colas de las tiendas esperando obtener el detalle perfecto para su suegra, su primo, su amigo invisible, su compañero de celda en la oficina, rascándose el bolsillo con preocupación, intentando que las fiestas terminen lo más rápido posible para volver a la vida normal. Pero sin cambiar un ápice el comportamiento de otros años.

Sin olvidar que somos víctima de un majestuoso aparato de propaganda, que nos bombardea desde la televisión, radio, internet, periódicos, escupiendo desinformación, asegurando que lo peor ha pasado, que nos impide imaginar un ocio no mercantil, que nos hace extraño pasar el día de hoy sin tener nada inútil bajo el árbol que entregar para recibir algo similar y apilarlo en las repisa… tenemos que asumir nuestra parte de culpa participando en el escarnio.

Hoy, de repente se acaba el mundo si no tenemos envueltos en papel brillante unos calcetines o un pijama para entregar. Y no entendemos que se nos ha programado para ello, que ya somos como esos autómatas de las fábricas que siguen cuidadosos pasos milimetrados, con movimientos de robot , sin reacciones impredecibles. Todo es un gran vals, coreografiado con trasfondo siniestro.

De repente nos importa qué dirán los invitados si en vez de algo “especial” en la comida de hoy se sirve un guiso o patatas y huevos. De repente olvidamos a nuestro vecino (o a nosotros mismos, según el caso) buscando en la basura, agitándose cuando una factura sube unos euros de lo previsto, aterrados cuando el jefe mueve la cabeza con desaprobación mientras repasa los beneficios del mes, por si de pronto, la silla se mueve y volvemos al suelo: a vernos sin trabajo, a pasar sin medicamentos por ahorrar, a mover al abuelo entre dos cuando haría falta la fuerza de cuatro.

De repente nos olvidamos de todas las personas que hacen cola en un comedor social para alimentarse de lo básico, no gente de otro planeta, sino nuestros amigos, compañeros, vecinos, que hace unos años tenían un pequeño negocio y que ahora mismo están bloqueados buscando una nueva oportunidad mientras la presión financiera les hace sentir esclavos y vacíos; un número más.

De repente nos acordamos de cómo nuestros padres cenaban pan mojado pero después, con el tiempo, en unos años pudieron comprarse un piso. Nos olvidamos de la guerra, de que había que reconstruir un país, de que las condiciones fueron distintas, y no podemos disfrutar un día libre sin lavarlo, plancharlo y envolverlo en lazos y tules, y tener algo brillante que entregar a otro para legitimar el encuentro. Porque es tradición.

Vivimos narcotizados saltando de una fecha a otra, sin pararnos a pensar si es una elección libre, pensada, racional, sensata. Nos aferramos a las convenciones impuestas y lo llamamos tradición escogida. Creemos que nos hace felices porque nos lo han enseñado, después nos sorprendemos respirando aliviados cuando todo ha pasado, compartiendo una tarde de parque, paseando un perro en chándal, recalentando la comida para la cena. Sin lentejuelas, sin falsa alegría impostada en un momento tan duro, tan descarnado.

De pronto, un año más, adultos que han visto cómo su nevera se ha ido vaciando, se lamentan de no tener para comprar un jersey de fiesta para la noche que uno ha de vestirse ad hoc.

¿A quién le importa?

No olvidemos, que aquello se acabó. No olvidemos dónde estamos ahora. Ni que va a ir cuesta abajo. Lo peor está por venir: nos lo disfrazan con artificios, con luces, con distracciones. No olvidemos lo importante. No nos dejemos llevar por la corriente que nos grita que lo más esencial de hoy es una caja que desenvolver, porque eso está justo al final de la lista. Es el menor de nuestros problemas.

Llegar a esto ¿fue nuestra culpa? Rotundamente no. Pero sí es la realidad, y ha venido para quedarse. Individualismo, competitividad, neoliberalismo implacable.

Hay que atreverse a romper las convenciones. Condicionados bajo un yugo feroz sí, pero igualmente tenemos que hacer un esfuerzo por sacar la cabeza del agujero, y recordar que el desfile se acabó, y que no es una broma.

OPINIÓN POR CARLA LEIRAS