“SIDA en los cítricos. Hablen de eso.”

Publicado por o día 05/07/2015 na sección de Opinión,Opinión por Carla Leiras

“SIDA en los cítricos. Hablen de eso.”

El absurdo bulo de las naranjas infectadas de SIDA (ya no VIH, no, SIDA directamente) ya ha alcanzado a 800.000 ciudadanos que se lo han comido con patatas, a pesar de ser una patraña bastante obvia y pueril.

En la era de la arroba, del titular, del link, del hastag, del retweet, los poderes financieros y políticos han encontrado un caldo de cultivo perfecto de distracción: la sobreinformación a cucharones.

Está demostrado que una persona bombardeada por cientos de estímulos diarios puede perder la capacidad de análisis y se predispone a limitarse a convertirse en un espectador pasivo; ya que nadie dispone del tiempo y la neurosis para deshojar noticia por noticia; en el filtro cabal se cuelan informaciones falsas, otras sesgadas y tendenciosas, y sobre todo, la costumbre de tomar como cierto lo que uno recibe como tal. Damos por supuesto que algo publicado en un par de periódicos es un dibujo exacto de la realidad. “A ver, no me lo discutas, que lo leí hoy en el faro”.

Nos creamos estas noticias o no, son un nuevo dato del que estaremos dispuestos a discutir, o bien para explicar a otros que son falacia o bien para defender nuestra teoría de que pueden ser ciertas. Esa distracción, multiplicada por todo lo que al día se nos expone para que nos volvamos diabéticos y cambiemos informarse por enfermarse, hace que un rápido vistazo a “temas más buscados” o “tendencias” nos deje claro que en principio, lo más importante que está sucediendo en el país son las naranjas argelinas o quién ha ganado un teleconcurso.

Perdidos en un sobreestímulo constante, ya no distinguimos ficción de realidad. El impacto a las noticias crudas y reales es cada vez menor; un adolescente ve una intervención militar en Libia como podría estar viendo una escena de Junga de Cristal:

la ubicación es lejana y la información es tan contradictoria y plagada de propaganda interesada que se cansa y pasa a la siguiente, a algo más digerible, amable y cercano.

No se le exige rigor alguno al que miente desde según qué púlpito: pero el rasero cambia para medir al ciudadano, que se encuentra con que opinar demasiado sobre algún tema controvertido (como por ejemplo el terrorismo) puede costar penas de cárcel.

Hacerse una idea clara sobre la situación real de Grecia, Venezuela, Corea del Norte, el pentágono; es una suerte de trabajo de investigación faraónico en el que uno ha de contrastar diez fuentes antes de dar por válido un dato, y luego comprueba con horror por quién están pagadas esas fuentes. No nos podemos creer los informes oficiales de las instituciones usureras, ni a veces los de las ONGs que subvenciona algún gobierno, ni los reportajes sensacionalistas que abraza la televisión española, ni los intentos de promoción interna de cualquier país en un sentido u otro. Así, uno termina por rendirse y ponerse a hablar de naranjas virales.

Comparamos la misma noticia en tres periódicos y observamos la sombra de quien lo está financiando. Escuchamos lugares comunes en la calle que reconocemos literales como mensajes que ha enviado algún político en tertulias. Puro argumentario.

La sobreinformación nos desinforma e intoxica. Su falta nos coarta y nos limita.

¿Dónde está el equilibrio? ¿Cómo mantenemos al monstruo en cintura, para que no se nos vuelva en contra pero nos defienda si es menester?

Timsit, posteriormente desarrollado por Chomsky, nos hablaba de los instrumentos de comunicación como manipulación de masas, siendo capaces de fabricar conductas concretas, corrientes sociales o movimientos militares; creando opiniones en un sentido u otro.

“En un estado totalitario no importa lo que la gente piensa, puesto que el gobierno puede controlarla por la fuerza. Pero cuando no se puede controlar a la gente por la fuerza, uno tiene que controlar lo que la gente piensa, y el medio típico para hacerlo es mediante la propaganda (creación de ilusiones necesarias), marginalizando al público en general o reduciéndolo a alguna forma de apatía”.

Y el cineasta Pasolini hablaba así de la fuerza de la televisión:

“Hay una ideología real e inconsciente que unifica a todos, y que es la ideología del consumo. Uno toma una posición ideológica fascista, otro adopta una posición ideológica antifascista, pero ambos, antes de sus ideologías, tienen un terreno común que es la ideología del consumismo. El consumismo es lo que considero el verdadero y el nuevo fascismo. Ahora que puedo hacer una comparación, me he dado cuenta de una cosa que escandalizará a los demás, y que me hubiera escandalizado a mí mismo hace sólo diez años. Que la pobreza no es el peor de los males y ni siquiera la explotación. Es decir, el gran mal del hombre no estriba ni en la pobreza ni en la explotación, sino en la pérdida de singularidad humana bajo el imperio del consumismo. Bajo el fascismo se podría ir a la cárcel. Pero hoy día, hasta esto es estéril.

El fascismo basaba su poder en la Iglesia y el Ejército: no son nada comparados con la televisión”.

OPINIÓN CARLA LEIRAS

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