Star Wars

Opinión por Óscar González.
Publicado por o día 26/05/2017 na sección de Opinión,Opinión por Oscar González,Vigo

Star Wars

Opinión por Óscar González

Las cuatro primeras películas que recuerdo haber visto en el cine son, no sé si en este orden, E.T., Los Cazafantasmas, Gremlins y El Retorno del Jedi. Por cuestiones de edad, no pude ver Star Wars ni El Imperio Contraataca en pantalla grande, y mi relación con la saga de George Lucas empezó por la tercera y más floja de las películas originales. Eso no fue un problema para que saliese del cine creyéndome una cosa a medio camino entre un caballero Jedi y Han Solo. Poco tiempo después descubriría por las bravas que la fuerza no existe, al romperme la cabeza contra un muro de piedra que intentaba saltar imitando a Luke Skywalker.

La saga de Star Wars me enseñó muchas cosas, tantas que no sería capaz de enumerarlas todas, y plantó en mí una semilla de idealismo que, por suerte, todavía vive. Y, puesto que hoy es el 40 aniversario del estreno de la primera película, me van a permitir que le rinda mi pequeño homenaje hablando de algunas de las cosas que significa para mí. Si no las han visto y tienen previsto hacerlo, no sigan leyendo porque puede que se las destripe (SPOILER ALERT, vamos).

Lo primero que destacaría de mi aprendizaje con Star Wars es que en ella descubrí que el hecho de que algo sea legal no lo convierte en justo, y que no todos los que se enfrentan al sistema establecido son necesariamente delincuentes. Que cuando los gobiernos son ilegítimos y el ejercicio del poder busca someter a las personas, rebelarse es casi un imperativo moral.

También me enseñó que puede haber princesas partidarias de la república, aunque nunca haya visto otra aparte de Leia, y que el hecho de no entender lo que alguien dice no significa que no podamos comunicarnos. Me enamoré de Chewie y de su expresividad. El “felpudo con patas” me hizo entender que los que son diferentes a mí pueden ser los mejores compañeros y que nunca se deja atrás a un amigo caído, aunque sea tan palizas como C3PO.

Lando Calrissian me hizo ver que las decisiones a veces no son fáciles, y que no todo es blanco o negro, que hay una gran gama de grises. Que no siempre quien te traiciona lo hace por dañarte, sino porque a veces operan fuerzas superiores a unos y otros, pero las personas nobles, que algunas quedan, pueden intentar reparar errores y, por el camino, redimirse.

También que los empresarios no deben juntarse con políticos, porque de ahí nunca sale nada bueno y Han Solo acaba enterrado en carbonita (no sin antes regalarnos una de mis escenas preferidas de toda la saga al despedirse de Leia, ya que estamos en modo fanboy).

Y hablando de Leia, a ella le debo haber conocido La Dama de Elche mucho antes de saber siquiera qué era la escultura, pero mucho más importante todavía, que no siempre son las mujeres las que necesitan ser rescatadas por un macho, que también puede pasar al revés.

Que cuando alguien te convierte en un mero adorno por tu belleza y tu condición sexual, puedes servirte de la cadena que te ata para deshacerte del indeseable. Que una mujer fuerte no es menos femenina por ello y que no hacen falta hombres para dirigir una rebelión intergaláctica, que basta con una princesa y una senadora (y algunos colaboradores como el almirante Ackbar) trabajando juntas contra el tirano.

De cada personaje, de cada situación, de cada diálogo, aprendí algo, por ejemplo que las ideas claras no deberían impedir mantener una mentalidad abierta, porque no todo aquello que no se sabe explicar es necesariamente falso. Que la bondad no es una característica intrínseca del ser humano y un número suficiente de golpes pueden convertir al niño más adorable en uno de los seres más aterradores del universo.

Pero, por encima de todo, Star Wars me regaló a Han Solo, el tipo que siempre he querido ser y nunca lo he conseguido. El truhán encantador, preocupado solo por sí mismo, pero incapaz de abandonar a los que sabe que son buenos cuando estos más lo necesitan. El delincuente con buen corazón, inteligente, irónico, duro sin caer en la parodia. Capaz de renunciar a la mujer que ama por no hacer daño a su mejor amigo. Yo mismo sonrío al ver su cara cuando descubre que Luke va a ser su cuñado.

Me dejo atrás un montón de sensaciones y de personajes memorables. A R2, a Vader (y por extensión, a Constantino Romero), a Ben Kenobi, pero también las batallas de Hoth con los espectaculares AT-AT siendo derribados por algo tan mundano como un cable de acero o los dos ataques a la Estrella de la Muerte y la demostración de que incluso el más temible de los enemigos tiene puntos débiles y comete errores. Y me olvido de los cazas TIE, de los X-wing y las lanzaderas, de los impresionantes destructores imperiales y los increíbles uniformes de los soldados de asalto, aunque disparasen como auténticos inútiles.

Es imposible resumir en un par de folios lo que llevo 37 años sintiendo con esta saga, porque querría hablaros de tantas cosas, de tantas escenas, de tantas sensaciones… de cómo me encabroné durante dos días cuando (por fin) vi Star Wars (fue la última) y Darth Vader mató a Ben o las lágrimas que se me cayeron cuando el maestro Yoda se hizo uno con la Fuerza.

Siempre le estaré agradecido a George Lucas por haber creado la trilogía original (y no tanto por la segunda), por acercarnos a Shakespeare y a Edipo en un lenguaje accesible para los que éramos críos por aquel entonces. Por habernos enseñado a soñar a mí y a tantísimos otros a lo largo y ancho de una galaxia no tan lejana, o por hacernos capaces de explicar, de memoria, que el Halcón Milenario (¿puede haber un nombre mejor para una nave?) “hizo la carrera Kessel en menos de 12 parasegundos”, lo que coño quiera que eso signifique.

Feliz cumpleaños, Star Wars. Ojalá sigas haciendo soñar a los niños del mañana, enseñándoles lo que a muchos de mi generación, los mismos que mantenemos todavía vivo, en parte gracias a ti, a ese niño que una vez fuimos.