THE IMITATION GAME

Artículo de opinión por Óscar González
Publicado por o día 29/09/2016 na sección de Opinión,Opinión por Oscar González

THE IMITATION GAME

La irrupción de Podemos en el panorama político español a finales de 2013 (por aquel entonces todavía un manifiesto titulado “Mover Ficha”) supuso un revulsivo para unos partidos políticos que se habían instalado en sus particulares zonas de confort: PP y PSOE alternándose en el gobierno, generalmente apoyados en algún partido nacionalista al que se recompensaba generosamente, IU en su papel de entrañable Pepito Grillo al que todo el mundo ignora y, alrededor, unos cuantos diputados de diferentes colores y sensibilidades que, en líneas generales, nos la traían a todos bastante al pairo.

Con esos mimbres, nos habíamos hecho una cesta como aquella en la que Iojebed metió a Moisés en el libro del Éxodo y nos dejábamos llevar por la corriente río abajo. Aunque la teoría decía que mandábamos nosotros, la práctica nos demostraba una vez tras otra que no era el caso y la mayoría, resignada, hacía oídos sordos al grito que había atronado las plazas un par de años antes y miraba con desprecio a los que señalaban que al emperador se le veía el badajo y les llamaban perroflautas. Como la orquesta del Titanic, la ciudadanía española seguía tocando alegremente, asumiendo con cristiana resignación que esa gente que se iba a dormir a la puta calle lo hacía por haber vivido por encima de sus posibilidades. Y como en España nos gusta más señalar con el dedo al de al lado que incluso follar, los que no tenían demasiados problemas seguían con su vida más o menos cómoda y alejada de las miserias de esa gente a la que llamarían lumpen si el término hubiera estado más extendido.

El caso es que aparecieron Iglesias y compañía y, de pronto, todo lo que conocíamos políticamente se quedó anticuado de golpe. Como en una de esas pelis de miedo en las que el protagonista se acuesta tras una noche de excesos etílicos y alcaloides (no va por Rivera) y despierta en medio de un apocalipsis que, encima, le jode una resaca exquisita. Así se encontraron de pronto la gran mayoría de partidos españoles.

Podemos traía un discurso nuevo, fresco, irreverente y, hasta cierto punto, provocador. Monedero y los suyos hablaban claro, ponían la culpa sobre los pastores y no sobre las ovejas, llamaban indignos a los indignos y gentuza a los del IBEX 35, bufón a Sánchez Dragó y delincuente a Rodrigo Rato. Muchos nos dimos cuenta de que pasaba algo importante cuando ese típico amigo que pasa de todo empezaba a hablarnos de política, algo que hasta unos meses antes era casi impensable, pero que ahí estaba, frente a uno, abofeteándonos para intentar hacernos ver que la cosa era verdaderamente seria.

Desde que el grupito de la Complutense obtuviera cinco escaños en el Parlamento Europeo, el resto de partidos fueron poniéndose las pilas para intentar modernizarse. En el PSOE jubilaron a Rubalcaba porque el olor a alcanfor era ya tan fuerte que Ferraz parecía el taller de un taxidermista y pusieron a Pdro Snchz, un tipo al que se creían tan poco que hasta le quitaron las vocales del nombre, porque eso de economizar caracteres es más moderno que el coche de Google. Desaparecieron las corbatas y las americanas, desaparecieron algunos discursos de siempre y cambió hasta el lenguaje: ya no había izquierda y derecha, sino «arriba y abajo». Se extinguieron los burgueses y proletarios y nacieron la «casta» y «el 99%», y así sucesivamente.

Por comparación, todos los demás partidos se veían viejunos, cansados y enfermos, incapaces quizá de conectar ya con una «ciudadanía» que hasta unos días antes aún era pueblo y que ya no creía en nada de lo que sus dirigentes les vendían.

Imagino que durante aquellos meses se sucedieron los gabinetes de crisis en las distintas formaciones. El PP incluso cambió de logo, a algo mucho más circular y nos dijo a todas que tras nosécuántosaños creyendo que el pajarraco de su anagrama era una gaviota, pues estábamos equivocados: había evolucionado y se había convertido en un charrán, un ave de la familia Sterdinae con el píleo negro y pico de punta estrecha que emigra cuando llega el invierno a países más cálidos (como Panamá) y que, a mayores, no se alimenta de carroña, algo muy a valorar si quieres comunicar en positivo, obviamente.

Podemos sacudió completamente el tablero de juego y sí, cambió hasta cierto punto la política. Ilusionó a propios y extraños durante muchos meses, con la fuerza de su discurso y la credibilidad de sus líderes, todos ellos gente con pinta de estar en el asunto ese de la política por convicción y no para ser los guardianes de sus amos. Eran, en resumen, el modelo a imitar, así que a las corbatas y americanas que desaparecen se sumaron las camisas remangadas, los discursos irreverentes e incluso un Pdr Snchz venido arriba que llamaba indecente a Rajoy en la tele, el sueño húmedo de muchos entre los que me incluyo.

Si todos los partidos intentaron ponerse al día para lucir menos vintage, fue el PSOE el que más se aplicó. Modernizar el discurso, rejuvenecer a los líderes, desenfadar su imagen… un montón de ideas cogidas de los de Iglesias y pasadas por el filtro del puño y el capullo para que resultasen digeribles para el votante más moderado y menos «bolche».

Pero, como el aprendiz de peón que no sabe que las brocas se calientan y hay que soltar de vez en cuando el botón del taladro para que no se rompan, en el PSOE han tirado para adelante y han copiado incluso lo peorcito de la nueva formación.

¿O me van a decir a mí que en la dimisión colectiva de 17 barones y baronesas de la ejecutiva federal del PSOE no se intuye un precioso homenaje cainita a aquella dimisión en bloque que descabalgó de la secretaría general de Podemos en Galicia a Breogán Riobóo? Si siguen por ese camino, la próxima jugada será la elección de una nueva ejecutiva con empate técnico entre las corrientes de pensamiento representadas en ella, las espadas en alto y deseando lanzarse al cuello del de enfrente, para deleite de ciertos medios que, más gaviotas que charranes, no tienen reparo alguno en alimentarse de basura, inmundicia y excrecencia.

Y esto no ha hecho más que empezar.