Un ciudadano ejemplar

Opinión por Oscar González.
Publicado por o día 31/03/2017 na sección de Opinión,Opinión por Oscar González

Un ciudadano ejemplar

Opinión por Oscar González

En los primeros compases de la magnífica Novecento, el nacimiento de Alfredo Berlinghieri, primer nieto varón del personaje interpretado por Burt Lancaster, supone una tremenda alegría para la acaudalada familia. Para celebrar la buena nueva, el patrón recorre sus tierras invitando a los campesinos a vino o champán, para hacerlos partícipes de su felicidad. Hasta que se encuentra con el padre de Olmo Dalcò y este se pone digno, aguándole la fiesta, negándose a beber con él y espetándole en la cara la denigrante desigualdad en la que viven.

Desconozco si el donativo para sanidad hecho por Amancio Ortega responde a alguna celebración interna en su empresa o familia, si es una cuestión filantrópica o si se debe a que recuperó del armario una chaqueta vieja y se encontró 320 kilos en el forro con los que no contaba.

Lo que tengo claro es que la fortuna del buen Amancio se ha amasado de formas bastante más que discutibles. Desde sus orígenes, cuando utilizaba a las señoras de su pueblo para que le cosieran en casa la ropa que después vendería, el fundador de Inditex ha sabido brujulear para, en términos empresariales, maximizar su función de beneficios. Las mujeres felices porque ganaban un salario trabajando desde sus casas fueron una magnífica pantalla de humo para la cara b del disco: el increíble ahorro en costes y responsabilidades sociales que esta metodología supuso al amable coruñés, que reinvirtió ese ahorro en poner los cimientos de su actual imperio.

A medida que iban cambiando los tiempos, el espléndido Amancio fue adaptándose a las ventajas que el capitalismo iba ofreciéndole. Cuando las señoras empezaron a salirle demasiado caras, echó la vista al sudeste asiático y se dio cuenta de que allí había un montón de mano de obra casi regalada, así que se montó una fábrica por aquellos lares y empezó a prescindir de las costureras que tan bien le habían servido hasta ese momento, porque estaban mayores y ya se sabe que no hay nada mejor para un taller de costura que el ímpetu de la juventud. Bueno, quizá el de la infancia.

Se da también la casualidad de que, en la zona en cuestión, los salarios son miserables, por lo que había una nueva oportunidad para vender a nuestro hombre en las élites como un santo liberador de los oprimidos: sus sueldos son más altos que el euro al día de media que cobran los y las trabajadoras de esa parte del mundo y sus condiciones de semi esclavitud, las mismas. “El amo es bueno”, decía Gollum cuando su personalidad se desdoblaba.

Y si muchas y variadas son sus obras en el campo de la explotación laboral, la reflexión no quedaría completa sin dedicar unos minutos a su relación con la Agencia Tributaria. Hasta donde sabemos, Inditex no ha hecho nada ilegal en esta materia, pero a finales del pasado año, el grupo parlamentario europeo de Los Verdes presentaba un informe en el que acusaba a la textil de haber evadido alrededor de 600 millones de euros gracias a una “planificación fiscal agresiva”, filiales en terceros países (algunos de ellos paraísos fiscales) y otras herramientas que, por legales, no dejan de ser poco éticas.

Según datos de la propia Inditex, su tasa fiscal entre 2011 y 2015 ha oscilado entre el 22% y el 25%, un dato que aporta bien poco si se tiene en cuenta que una de las ventajas de las grandes multinacionales es que pueden servirse de las operaciones interiores para desplazar grandes volúmenes de negocio a países con sistemas tributarios más ventajosos. De esta forma, cuando la empresa matriz liquida sus impuestos en el estado español, el montante declarado es, en esencia, el que se quiera que sea. Según los mismos datos, Inditex ha pagado en España entre 2011 y 2014 una media de un 25% en el Impuesto de Sociedades. En ese periodo, el tipo nominal del impuesto estaba en un 30%. Esa “pequeña” diferencia puede suponer 200 ó 250 millones anuales. Y hablando de impuestos, no está de más recordar que la donación de esos 320 millones en equipos médicos desgrava.

No creo que las personas que consideramos una burla esta donación seamos miserables desagradecidos devorados por el rencor de clase. Imagino que la mayoría (al menos, es mi caso) critica la doble moral de evadir impuestos mediante Sicavs e ingeniería fiscal y después hacer donativos para sanidad en las portadas de todos los periódicos. Quizá hubiéramos preferido que esos 320 millones llegaran a las arcas públicas por la vía ordinaria y no por un impulso filantrópico o de ajustar la factura fiscal. Tal vez lo que nos cabrea del asunto es esa idea subyacente de que los ricos son fantásticos, porque gracias a ellos sobrevivimos los pobres. No importa cómo hayan hecho sus fortunas mientras sean lo bastante generosos para echarnos las migajas, para invitarnos a esa botella de vino que Sterling Hayden le rechazaba a Burt Lancaster, porque sabía que en el fondo, aquel gesto, en apariencia amable, perpetuaba una desigualdad opresiva.