Un lobo para el hombre

Publicado por o día 19/07/2015 na sección de Opinión,Opinión por Carla Leiras

Un lobo para el hombre

En el mundillo del activismo, cuando las cosas salen mal es muy habitual escuchar la reflexión “yo no sé si compensa”, de algún compañero cansado de invertir tanto esfuerzo, dinero, tiempo, energía, voluntad y trabajo en iniciativas que en ocasiones no llegan a buen puerto, y de recibir además puñados de críticas, o de no sentir el apoyo siquiera de los mismos afectados, que en ocasiones se encuentran tan bloqueados que no tienen fuerza para orquestar su propia reivindicación.

Los colectivos sociales nos encontramos en una época tan dura, tan descarnada, en la que tenemos que ver a diario cómo decenas de objetivos se quedan en la nada, cómo es prácticamente imposible realizar algo a gran escala sin tener una gran estructura subvencionada detrás, cómo cuesta un mundo llegar a la conciencia de la gente; que además desconfía a menudo recelando de las intenciones que pueda tener cualquiera que esté en estas lides; “seguro que algo saca”, “seguro que quiere un cargo” “seguro que es por llamar la atención” o “le debe sobrar el tiempo”.

Cómo entre propios compañeros se producen discusiones épicas que en ocasiones resultan apabullantemente constructivas pero otras sólo han sido ataques de algún resentido que intenta dinamitar desde dentro el frágil equilibrio agitando el avispero.

O cómo hay ciudadanos que asumen que cualquiera que protesta ha de hacerlo por cualquier otra causa justa y de pronto plantea preguntas como “y por qué no habéis ido a denunciar esto otro? es incoherente” como si uno se convirtiese de repente en una suerte de vengador omnipresente con horas ilimitadas para organizar, coordinar reuniones y señalar megáfono en mano cualquier injusticia de la ciudad, obligado a ejemplificar su vida con pureza y a retirarse a una vida asceta para no incurrir en contradicciones con la sociedad que dice querer construir: condenado a ser señalado al mínimo error o al tomarse un refresco importado.

Hartos de este monumental Frankenstein de emociones, muchos válidos tiran la toalla cada día, carbonizados por la intensidad de lo vivido, retirándose para siempre a sus cuevas, enfadados con la raza humana, con lo injustos que somos unos con otros y con la inercia del sistema.

Pero la lectura final, cuando uno hace balance, es que desde luego que compensa. Que compensa mucho más que cualquier otro camino. Es más: es el único a seguir, puesto que sin una sociedad consciente no cabe ningún cambio profundo o real, sólo parches tibios.

Porque pasar de largo no es la solución. Porque no dependemos de resultados para saber que tenemos la razón, igual que uno siembra en el campo aunque puede que el mal tiempo le estropee la cosecha. Porque no hacen falta aplausos ni legitimaciones masificadas, sólo tener claro que el objetivo es necesario y prioritario, que más valen cien asistentes convencidos que mil volubles y confusos. Porque se han conseguido muchas cosas, y desde luego desde un sofá no se van a conseguir más. Porque aunque a veces salga mal, siempre se rema por construir conciencia, y anhelo de una nueva cultura crítica, de suponerle a la vida de las personas más valor que lo que producen o ganan.

Porque por cada persona que aterriza a dinamitar estos grupos hay otras tres que tienen un fondo limpio, transparente, que están dedicando su vida a partirse la cara por un cambio serio, por patear las estructuras agonizantes y crueles. Gente a la que debemos tanto, de quienes lo aprendemos todo cada día. Porque cualquier victoria pasada, aun siendo más las derrotas, ha sido tan importante, satisfactoria, emocionante. Una pieza más.

Porque quedarse en casa no es una opción. Igual que uno no se arrepiente de una amistad longeva cuando el amigo debe irse del país, o de haber tenido una familia estupenda cuando la pierde.

No es una opción el cerrar los ojos ante una realidad que nos golpea a diario, simplemente porque sea difícil, residual o extenuante.

No hay que perder de vista el objetivo: no son la eternidad, la perfección, el triunfo numérico o la suavidad de maneras entre los que forman el telar.

Es vivir acorde con lo que uno es y pelear contra lo que nos oprime a todos, es una forma de convertir el odio venenoso en sinergias y cimientos fuertes, por Dignidad.

OPINIÓN POR CARLA LEIRAS

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