“La ciudad de los muchachos, luces y sombras”

Publicado por o día 13/09/2015 na sección de Opinión,Opinión por Carla Leiras

“La ciudad de los muchachos, luces y sombras”

Recientemente, la interesante tesis de una profesora universitaria nos ha recordado la existencia del proyecto educacional “La ciudad de los muchachos” en Galicia. El trabajo califica el experimento como “una utopía pedagógica y social”.

Cuando uno visita Benposta se queda impactado al descubrir que a escasos kilómetros de Ourense, se podían encontrar catorce hectáreas de una “república democrática e independiente en plena España franquista, formada por niños huérfanos, hijos de la posguerra y del exilio gallego”.

Entre cristales rotos, pintadas reivindicativas y los restos de la carpa de circo , uno puede trasladarse cincuenta años atrás: la ciudad de los muchachos era una réplica de un pueblo pequeño que seguía un modelo de autogestión y contaba con su propia universidad, talleres formativos, escuela de circo, comedores, enfermería, capilla, biblioteca, casino, teatro, residencia de profesores, oficinas, piscina, gimnasio, residencia de alumnos, banco y ayuntamiento, en el que se celebraban constantes elecciones libres para elegir alcalde entre los mismos niños.

Hasta acuñaron su propia moneda, las Coronas, que se utilizaban para el trueque interno. También tenían su propia televisión.

Llegando a su apogeo durante los años setenta, el proyecto se enterró en 2004 entre acusaciones de malversación, deudas con la seguridad social y varias incógnitas acerca de la figura de su fundador, el padre Silva, que falleció en 2011.

En esta etapa final, en menos de un semestre, la Fundación Benposta pasó de tener cientos de miles de euros (reunidos entre donaciones y beneficios de los espectáculos de circo) en su cuenta a sólo 500. La opaca gestión sucesoria de este patrimonio a la muerte de Silva fue motivo de controversia y acabó como una polémica trama en el juzgado, bajo rumorologías de vasallaje y maltrato. En la época oscura del proyecto, se hablaba de un asfixiante ambiente de grave dominación servil que costó una investigación del Vaticano, que finalmente no salió adelante.

“En octubre de 2004, el Juzgado de primera instancia número 6 de Ourense dicta un auto para que la Xunta adopte “medidas de protección de los menores acogidos en Benposta, al haber tenido conocimiento de que a los mismos no se les proporciona la adecuada alimentación, viven en unas instalaciones que se encuentran en un lamentable estado de abandono y no se hayan escolarizados, circunstancias conocidas por la Administración que ninguna medida ha adoptado al respecto”. El mismo auto acusa al Gobierno de Manuel Fraga Iribarne de “completa dejación de funciones hasta el punto de desconocer incluso el número de niños internados”.

Sin embargo, los treinta años anteriores fueron reconocidos como una experiencia educacional sin precedentes que consiguió convertir a personas muy desarraigadas en verdaderos prodigios, algunos intelectuales, otros del mundo del circo, con una enorme inteligencia emocional y capacidad de trabajo inusual.

Si uno habla con los que fueron sus habitantes todos parecen coincidir en la pureza de intenciones de su mentor, el padre Silva: Hablan de haber vivido a su lado una experiencia revolucionaria que les sacó de la orfandad para aceptarles dentro de un sistema educativo y social adelantado a su tiempo; un reducto de libertad y autarquía donde los muchachos eran educados en valores férreos de solidaridad, respeto y trabajo, que encaminaron al campo creativo de forma asombrosa y les llevó a formar uno de los circos más famosos de Europa:

“Los niños acróbatas, los funambulistas adolescentes y las amazonas infantiles recorrieron todo el mundo propagando su proyecto y su espectáculo. En la España del desarrollismo eran habituales los Nodos en los que se exaltaban nuevos records de las impresionantes torres humanas que los niños erigían en las plazas de pueblos y ciudades”.

Preguntados sobre la apología católica, responden que Silva incluso construyó con sus propias manos mezquitas contrarias a sus creencias para que los chavales pudiesen rezar: respetaba el ramadán y cualquier otra tradición no-católica.

El formato de comunidad libre fue asimilado por más de diez países. Los muchachos sin embargo sí señalaban como responsables del declive a los tres herederos del proyecto, a los que llegaron a tachar de mafiosos; dejando limpia la figura del fundador; pero reconociendo un enorme descontrol en la etapa final, cuando se empezó a dejar de lado el propio sistema matriz, llegaron los intereses económicos y los menores iban perdiendo calidad en sus estudios, condiciones diarias y unos pocos pasaron a asumir el control total, sucediéndose los cortes de suministros, la alimentación precaria y dinámicas de presión en grupos de poder frente a unos menores que simplemente intentaban pasar desapercibidos, sin tener otro sitio al que acudir. Este último grupo de muchachos de la época oscura pasó a llamarse “la resistencia”, y sobrevivían cuidando unos de los otros, escogiendo casas apartadas de las del “feudo” de los herederos y organizándose de manera sorprendentemente eficaz en un grupo independiente sin mayores a su cargo ni ningún tipo de supervisión: incluso sin ella, todo estaba en perfectas condiciones de limpieza y orden; no faltaba un solo libro de la biblioteca, los animales estaban cuidados, la iglesia impoluta, e incluso la antigua “casa del alcalde” donde ya no vivía nadie: todo se guardaba con mimo y uno podía encontrarse a un pequeño alemán rubísimo y a un niño marroquí con diez años de diferencia, paseando tranquilamente de la mano y presentándose como “hermanos”, en aquel reducto atemporal con cierto tinte de entelequia, que no necesitaba ningún adulto para funcionar.

Incluso con este cuestionable desenlace, muchos de ellos señalan la experiencia, en su etapa principal, antes de la muerte de Silva, como la mejor de sus vidas. Curiosamente esta impronta educacional está presente en la personalidad de los benposteños, incluso los llegados en la etapa turbia, aparentan una madurez extraordinaria, que achacan abiertamente a este modelo: un oasis de libertad dentro del control asfixiante del Estado en una época de represión, en la que sus habitantes podían permitirse vivir como una comunidad autogestionada, en la que la sensación de seguridad y progreso era total, además de estimularse la imaginación, el trabajo en grupo y la responsabilidad con los semejantes. El esquema era el de una familia replicada a gran escala donde los mayores cuidaban de los pequeños y entre todos buscaban los recursos para salir adelante, utilizando el deporte y las especialidades del circo como hilo conductor de la parte creativa de un proyecto en el que la autodisciplina era esencial. Mientras la figura del Padre permaneció, mágicamente todos cumplían su papel, sin normas escritas ni necesidad de controles externos. Muchos aún atesoran fotos en pequeños altares en recuerdo a Silva, y recuerdan con nostalgia su lema:

“Somos los muchachos de la tierra, y proclamamos un nuevo orden mundial: Los fuertes abajo, los débiles arriba y el niño en la cumbre siempre debe estar”.

Hasta que el cáncer de la sombra del poder lo corrompió todo.

OPINIÓN POR CARLA LEIRAS